Barbas de señor [y medias a todo color]

Santiago Roncagliolo

Escribe: Carlos Fuller / Fotos: Macarena Tabja
Ya no usa polos, ahora viste camisas y, por primera vez, lleva la barba crecida. El escritor Santiago Roncagliolo ya tiene 37 años. La madurez finalmente llegó, pero no la seriedad. Pues luego de publicar novelas de ciencia ficción y crónicas históricas, se animó a lanzar la primera comedia de su carrera: Óscar y las mujeres. La historia de un guionista de telenovelas que es dejado por su novia y que no puede escribir si no está enamorado. Quizá la novela en la que el autor se toma menos en serio. ¿Es necesario estar en los treinta para aprender a reír?
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A sí son sus medias: a rayas verticales. Una amarilla, otra roja, otra naranja y otra azul. Luego se repiten los colores. Parecen las de un payaso. Solo se pueden ver cuando Santiago Roncagliolo está sentado y con una pierna cruzada sobre la otra. Porque, si no se sentase, solo se vería a un tipo formal: camisa blanca, pantalón negro, lentes de montura también negra. No es la tenida de alguien del que se esperarían chistes. Roncagliolo está sentado frente a una mesita de la Librería El Virrey. Aquí mismo, dentro de unas horas, será la presentación de su última novela Óscar y las mujeres, la primera comedia propiamente dicha que ha escrito en su carrera. Es la historia de un guionista de telenovelas que sufre un bloqueo creativo luego de que la mujer con la que convive se va de la casa. Un hombre obsesivo, maniático, que vive en el mundo de su imaginación y que espera que los demás hagan las cosas reales por él.

Sobre la mesa en la que conversamos hay un libro que Roncagliolo ha comprado: El arte de tratar a las mujeres, del filósofo alemán Arthur Schopenhauer. Lo eligió con la esperanza de aprender algo. Óscar Colifatto, el protagonista de su novela, no sabe tratar a las mujeres y es un fracaso en el amor, pero es capaz de escribir los guiones de las telenovelas más sintonizadas que se han transmitido en Miami.

Como Óscar, Santiago Roncagliolo también ha sido guionista. Formó parte del equipo que trabajó con el dramaturgo Eduardo Adrianzén para la producción de novelas como Amor Serrano o Girasoles para Lucía. Pero eso ocurrió en sus veintes. Hoy, Santiago Roncagliolo tiene 37 años, dos hijos, una esposa y una casa en Barcelona, donde vive. Tiene también –contando libros para niños y obras de teatro– quince títulos publicados. Es decir, ya es un veterano en esto de la promoción de sus obras. Ya no tiene colapsos nerviosos como ocurrió cuando presentaba su novela más famosa, Abril Rojo. Entonces, llegó a tal punto de estrés que se echaba a llorar si es que veía a mucha gente junta. Eso ya no ocurre. Ahora dice incluso disfrutar de los lanzamientos. Al buscar por internet fotografías de Santiago Roncagliolo en las presentaciones de sus libros, su rostro se ve siempre igual, con el pelo recortado y el semblante despejado.

Esta vez hay algo diferente: la barba crecida.

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¿Te dejaste la barba para pasar desapercibido?
Se la debo a una conjuntivitis. Toda mi vida pensé que no tenía barba. Hasta que me enfermé y pasé dos semanas sin poder afeitarme y sin poder mirar. Cuando finalmente abrí los ojos, ahí estaba. Y me la quedé, quizá no volviese a salir nunca. Al principio era buenísimo, nadie me reconocía. En las fiestas, varios de mis amigos pasaban delante de mí y me veían con cara de yo a este lo conozco. También podía sentarme en una mesa y decir: «¿qué les parece Roncagliolo?». Buen método para saber qué piensan de ti realmente.

Pensé que era algún tipo de cábala para la presentación de Óscar y las mujeres.
Siempre cambio un poco. Cuando publiqué Abril Rojo usaba polos diferentes y llamativos, de la Naranja Mecánica o de la Unión Soviética. Pero cuando lancé El Amante Uruguayo hablaba de Neruda, de Picasso y de Borges. Yo no podía hablar de esa gente vestido con un polo. Con camisa y corbata me veía mejor. Llega una edad en la que ya no te ves muy bien con polo. Puedes parecer ridículo.

Leí en una entrevista que recientemente has aprendido a manejar. Que ahora vistes camisa y corbata. ¿Será que a los 37 años ya te estás convirtiendo en un adulto funcional?
No solo he aprendido a manejar, también he comenzado a hacer terapia y he aprendido catalán. Es la lengua de mi hijo así que era bueno que me entendiese. A conducir aprendí el año pasado. Fue una tortura, me demoró más de un año. Siempre andaba de viaje así que volvía a empezar el curso desde cero. Pero sí, creo que estoy en camino a ser un poco más funcional. Lo importante de este proceso de madurez es que ahora paso más tiempo con mis dos hijos y mi esposa. Aún viajo mucho, pero la mayor parte del mes estoy en casa, así que puedo acompañar a mi hijo al colegio.

¿Y antes de este proceso eras un poco más como Óscar? ¿Vivías en un mundo imaginario?
Sigo siendo un poco como Óscar. Pero el Óscar que hay en mí se queda encerrado en el estudio donde escribo. Tener un estudio fuera de casa ha sido la mejor decisión de toda mi carrera. Ahí está Óscar, encadenado. El lugar está lleno de juguetitos que traigo de mis viajes y que mi esposa no aceptaría en casa de ninguna manera. Hay dos cabezas de maniquíes con máscaras de luchadores mexicanos, un muñeco de Edgar Allan Poe, unos muñecos vudú con alfileres, afiches de Iosif Stalin y de la película de Tim Burton, Pesadilla antes de navidad. Ahora que lo pienso, mi estudio no es para nada el de un adulto funcional. Es un cuarto de juego. Soy como un bebé gigante que se encierra un rato con sus juguetes.

¿Tienes algún tipo de rutina?
Por las mañanas salgo a correr o, en verano, a nadar al mar. Luego llevo a mi hijo al colegio caminando y me voy al estudio a través del zoológico. Es una bonita manera de empezar el día, ir a trabajar entre los monos y las avestruces. Y me encierro ahí. Fuera de las salidas a almorzar, estoy metido todo el día. De vez en cuando preparo té. Cuando estás tanto tiempo concentrado, hacer una actividad manual te despeja.

La rutina debe funcionar. Haciendo sumas y restas, contando obras de teatro y cuentos para niños, llevas quince libros publicados.
No tengo idea, ni los he contado. Me da miedo. Una vez, en Colombia, un presentador me dijo «mira, he hecho mi tarea, me he leído todos tus libros» y sacó una torre de libros. ¡Y eran míos! Me dije a mí mismo «no he tenido vida». La gente vivía mientras yo estaba internado escribiendo.

¿Qué ha cambiado luego de esos quince libros, con 37 años encima?
Creo que ahora soy más libre. Al principio de mi carrera no me habría atrevido a escribir una comedia, por ejemplo. A un joven escritor le importa mucho que lo tomen en serio. Ahora hago una comedia porque me da la gana. Esa seguridad y esa libertad son cuestión de recorrido, de tener un tiempo en esto y de saber qué cosas puedes hacer o no.

Tu anterior novela, Tan cerca de la vida, fue una historia de ciencia ficción e inteligencia artificial. Ahora haces una comedia. ¿Hay algo más en el mundo de la literatura a lo que te falte atreverte?
He hecho comedia, ciencia ficción, thriller, crónica periodística. No lo sé. Todo depende del momento por el que esté pasando. Cuando publiqué Tan cerca de la vida venía de hacer cosas muy políticas, de meterme en muchos líos y enfrentarme a mucha gente. Lo único que quería era escribir algo de otro planeta. El libro fue eso. Y, justamente, Óscar y las mujeres es la historia de un tipo que se reconcilia con el mundo real, con la vida que tiene. Que vuelve del mundo de la imaginación y aprende que el lugar en el que vive no es perfecto, pero es el mundo donde tiene que vivir. Tus novelas siempre narran tu biografía, lo que pasa es que nadie se da cuenta. Pero para mí sí es evidente cómo todos mis libros corresponden a momentos distintos de mi vida y a sensibilidades distintas. Óscar y las mujeres es la foto del momento. Un tipo con buen humor.

Santiago Roncagliolo sonríe amablemente cuando le digo que la entrevista ha terminado. Se levanta del asiento y se lleva su ejemplar de El arte de tratar a las mujeres. Cuando está parado, el pantalón negro cubre sus medias y nadie podría imaginar que, debajo, existen unas así. Antes de irse se lo pregunto.

¿Esas medias son las únicas que tienes así?
Sí, son las únicas, pero me encantan. Las compré en Francia. De hecho tendría que ir a comprarme más. Mucho más ahora que presento una comedia. Es el detalle que dice «has madurado, pero no tanto».