Backstage de un milagro económico

Escribe: Luis Felipe Gamarra / Fotos: Marco Garro
Tras el World Economic Forum que se desarrolló en Lima, el economista Juan José Garrido Koechlin, conductor del programa Rumbo económico, analiza con desenfado el milagro peruano, aquella bonanza que vive el país y que se explica más por la fe que por la teoría económica. ¿Será cierta tanta belleza?

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Pese a que su currículo parece el de un atleta profesional, Juan José Garrido Koechlin podría ser para algunos un economista aburrido. Golf, paracaidismo, surf, fútbol, tenis, hockey, natación y ciclismo son solo algunos de sus pasatiempos, [inimaginables a esta hora de la mañana, al verlo con un terno impecable hecho a la medida]. Con grados académicos que podrían convertirlo en el director de una trasnacional o en ministro de Economía, Garrido Koechlin se considera más un académico, defensor del libre mercado, pero un duro crítico del mercantilismo que primó hasta antes de los años noventa. Enemigo del candidato Humala, pero sorprendido por las políticas públicas que lidera el Presidente Humala, Garrido Koechlin celebra que el Perú haya sido elegido como sede del Foro Económico Mundial, en el que se tocó un tema que él protagoniza, como ex director de Soluciones Empresariales contra la Pobreza [SEP]: ¿Deben las empresas participar activamente en la reducción de la pobreza? Según Garrido Koechlin, la teoría le dice que no. Pero, ¿qué le dice la práctica?

¿Por qué la gran empresa que cumple con pagar impuestos y generar trabajo, así como soluciones innovadoras para el mercado, debe además ocuparse ahora de la inclusión social, tal como le exige este gobierno?
En principio, los empresarios contribuyen contra la pobreza sin necesidad de sumarse a ningún programa del Estado de lucha contra la pobreza. Según un estudio del economista Gustavo Yamada, el 75% de la reducción de pobreza [que cayó en la última década de 54% a 27%] se explica por el crecimiento económico, mientras que el 25% se debe a las políticas redistributivas. Ese 75% de crecimiento se debe a la inversión privada. Pedirles que asuman responsabilidades, más allá de pagar impuestos que han multiplicado el presupuesto público por cuatro en una década y generado puestos de trabajo, para que se pongan a pensar en cómo reducir la pobreza, es absurdo. Eso me dice la teoría. Sin embargo, la coyuntura política determina que si la clase empresarial no se involucra con el objetivo de la inclusión social, esta va a perder legitimidad, colocando en peligro el conjunto de ventajas y beneficios que han creado.

¿Por qué se podrían ver perjudicados si no lo hacen?
Es una respuesta que, en teoría, escapa a mi entendimiento. Pero, por el lado práctico, si el empresariado no se involucra en la inclusión social, personas a las que no les interesa el Perú podrían ocupar un espacio protagónico, criticando a las empresas. Existen grupos de personas que han descubierto que pueden obtener beneficios políticos y económicos teniendo al empresariado en permanente estado de jaque. Gente que no produce dinero, sino que lo extrae de quienes lo producen. Lamentablemente, la política peruana posee una cultura acostumbrada a eso. Organizaciones o movimientos que ganan capital político generando inestabilidad o desgobierno. No creo que el empresario deba ocuparse de la pobreza, sino de lo que mejor hace, así contribuye en mayor medida a reducir la pobreza. Pero, en este contexto, los empresarios deben asumir más responsabilidades.

¿Qué pueden hacer los empresarios por la inclusión social?
Existen cada vez más formas de integrar al sector público y privado en busca de un mejor ambiente de inversión. Las asociaciones público-privadas, los programas de responsabilidad social, ocupan un rol que el Estado dejó de lado. La Sociedad Nacional de Industrias [SNI] con la Confiep forman parte de Soluciones Empresariales contra la Pobreza [SEP], organismo que busca acercar al Estado las mejores prácticas para luchar contra la pobreza.Se firmaron convenios con el Laboratorio contra la pobreza del Massachusetts Institute of Technology [MIT], la institución más reconocida en el mundo en estudios de reducción de la pobreza, así como con Innovations for Poverty Action [IPA]. Se formó la Comisión Quipu, con el ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, para que los privados aporten conocimiento a los programas sociales, porque estos se deben desarrollar con altos estándares de rigurosidad y no con populismo como
en Venezuela.

¿El Perú podría convertirse en Venezuela o ya cruzó el Rubicón, camino a lo que los analistas económicos denominan el piloto automático?
El caso peruano es curioso porque si analizas las variables de crecimiento,como el desarrollo de capital humano, la solidez de las instituciones públicas, infraestructura, estabilidad económica y trabas a la inversión, factores que son claves para predecir crecimiento, el Perú debería estar más en el orden de una economía estancada, pero sucede lo contrario. De cinco variables, solo nos salvamos de una. ¿La estabilidad macroeconómica es suficiente para explicar el crecimiento? Me sorprende. Creo que la clase política no comprende las razones que existen detrás del crecimiento. Somos un país con una educación nefasta, en el puesto 138 de 144 países, una de las calidades más bajas en institucionalidad: infraestructura, con una brecha de 88 mil millones de dólares y mucha regulación. Por eso dicen que somos un milagro.

Los políticos afirman que eso se debe en parte a que estamos en democracia.
No es verdad que exista una relación entre democracia y crecimiento. La mejor prueba son los países del sudeste asiático, que no son ejemplo de democracia, pero sí de crecimiento. Si el Perú no crece por su democracia, por sus instituciones ni por su capital humano [que es pobre], ¿qué está detrás? Mi hipótesis es que la Constitución de 1993 le quitó al Estado la capacidad de seguir extrayendo recursos para hacer tonterías. Para 1990 existían 226 empresas públicas que entre 1968 y 1995 generaron pérdidas por 45 mil millones de dólares. Ese dinero ahora se va en infraestructura pública y privada, que integra al sector rural, ese que no conocíamos hasta el año 2000. Según un análisis de Richard Webb, el Perú rural creció entre 1900 y 1994 a una tasa de 1,5 por año. Pero a partir de 1994 este creció en promedio a 7%. ¿Cómo hacemos para que el interior del país siga creciendo? Invertir en educación en vez de gastar plata en Petroperú.

En ese sentido, ¿cuál es su lectura de este gobierno?
El gobierno es un Frankenstein. Tiene la cabeza de una modelo, con las piernas de un fisicoculturista, con los brazos de un drogadicto, con los pulmones de una persona con tuberculosis, con el cuerpo de una persona con lepra. Existen organismos como el Banco Central de Reserva que se desempeñan con un alto nivel de calidad o funcionarios como el ministro de Economía que, para ser de un gobierno de izquierda, trabaja bastante bien. Pero tenemos además otros organismos, otros funcionarios, que están en un nivel bastante pobre, como el ministerio de Educación, que ha dejado a la masa de escolares en manos de un sindicato con un ideario maoísta.

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En este contexto, ¿qué significó que el Perú haya sido elegido por primera vez sede del Foro Económico Mundial?
Es extremadamente grato que el Perú haya sido elegido para ser sede de un debate interesante, donde se discutieron las razones por las que el crecimiento ha sido sostenido en una región históricamente regresiva. América Latina estuvo estancada por cuarenta años, pero de pronto esta región, donde abundaban las dictaduras o el socialismo, se transformó en el epicentro de economías con alta responsabilidad fiscal, como Colombia, Chile, Perú, México y Uruguay, que crecieron hasta hace poco entre 6% y 8%. Pero existe un doble estándar, donde Ecuador, Venezuela, Bolivia y Argentina son la contraparte. Es un premio, mérito del empresario Carlos Rodríguez-Pastor [Grupo Interbank] y del mismo Presidente Humala, que supo responder a las preguntas del foro de Davos y transmitió la confianza necesaria. Fue un espaldarazo a su gestión.

¿Ser parte de este círculo significa que Humala no se volverá a poner el polo rojo de la campaña?
A Humala no le gustan los candados. El Presidente está cómodo con la incertidumbre que transmite, con esa nube que no termina de disipar sobre si su esposa será candidata o no. Le acomoda la incomodidad de todos, en parte porque el Perú fue duro con él durante la campaña. Pero resulta interesante que gran parte de la sociedad y la clase empresarial haya respondido positivamente a su pragmatismo, apoyándolo en lo que necesita. Esperamos que su visión de izquierda sea, como dicen los Vargas Llosa, una izquierda vegetariana y no una carnívora, como la chavista. Cree en el crecimiento con inclusión social. Pero le falta ese mismo pragmatismo para eliminar esa maraña en la que se ha transformado la burocracia estatal.

En su programa, Rumbo Económico, ha conversado con casi todos los políticos importantes. ¿Qué impresión le dejan?
Me vas a hacer decir cosas desagradables… Si tú me pides que rescate cinco congresistas que tengan claras las necesidades de los inversionistas para apostar por el país, no los tengo. Y, si sales del Congreso, no consigues ni diez. La política es vista como un mecanismo de ascenso social y económico. Los partidos no cumplen su rol canalizador de las expectativas de la población. Cuando una persona tiene una diferencia, sale a la calle, prende una llanta: una forma no institucional de expresarse, a falta de partidos que canalicen esa furia. Los políticos peruanos están contentos cantando música de cuna, cuando deberían estar tocando una pieza de jazz.