El último de los apóstoles

Escribe: Luis Felipe Gamarra
Don Mario Brescia, el monarca de una generación de empresarios que logró superar decenas de adversidades hasta consolidar uno de los grupos económicos más importantes del país, se retira. El Grupo Brescia ahora está a la espera de nombrar a los líderes que continúen el legado de los hermanos Mario y Pedro al frente de las empresas. ¿Habrá alguien que pueda calzar sus zapatos?

Una tarde, Mario Brescia Cafferata se paró frente a quinientos ejecutivos de todo el país para recordar a su padre. Para ser uno de los cinco empresarios más importantes del Perú, que en sus ochenta años de trayectoria solo aceptó una entrevista, en la que no dudó en proteger su intimidad con un hermetismo casi de monasterio, era algo sumamente extraño. Recordarlo allí, parado frente al estrado, con un terno de color negro que contrastaba con una corbata verde fosforescente, era como conocer por fin al director de una orquesta que durante décadas ha definido parte importante de la historia empresarial del país. Aquel otoño, en CADE Ejecutivos 2009, donde se congregó la crema y nata de la clase empresarial en Arequipa, Mario Brescia caminó hasta el micrófono con una firmeza desenfadada para un hombre de su edad. A diferencia de Alberto Benavides de la Quintana [Grupo Buenaventura] y Dionisio Romero Seminario [Grupo Romero], que charlaron sobre su pasado con una lucidez atrevida desde sus butacas, Mario Brescia sacó un papel que seguramente había corregido decenas de veces hasta obtener el retrato más convincente de su progenitor. Conforme lo iba leyendo, el texto se transformó en el prólogo perfecto para la biografía de un hombre cuya vida comenzó con su padre, se complementó con su hermano, y se prolongó con sus hijos. Un testimonio escrito con pulso, en el que no faltaron el éxito, los errores inesperados y las oportunidades inteligentemente aprovechadas.

«Sin mucho más que su férrea determinación, el joven trabajó de aprendiz en un negocio de abarrotes, al tiempo que “estudiaba el mercado” –como diríamos ahora–, porque su objetivo era emprender un negocio propio. Este joven era consciente de que cualquier proyecto debía analizarse detenidamente para ejecutarlo de forma responsable y prudente. Sabía que la toma de decisiones era tan importante como su espíritu emprendedor. Decidió invertir sus ahorros en actividades agrícolas, para capitalizar recursos en busca de nuevas inversiones. Ese joven emprendedor se llamó Fortunato Brescia Tassano, mi padre», dijo Mario Brescia aquella tarde, mientras decenas de ejecutivos lo aplaudían como si acabara de meter un gol en un campo abarrotado por hinchas de fútbol. Al acabar de leer el texto, Mario Brescia dobló el papel, lo colocó en uno de sus bolsillos, y se dirigió hasta su silla. Los asistentes, por algún motivo, no podían dejar de aplaudir.


Nació en 1929, en pleno crack internacional, mientras decenas de banqueros se quitaban la vida saltando de edificios como los que él poseería años más tarde. Descendiente de un migrante que bajó de un barco con unas pocas monedas, Don Mario, como llaman al tripulante del único barco en el que mandan dos capitanes, encarna aquel modelo de dinástico que comenzó con el arribo de un hombre humilde pero con un instinto animal para hacer dinero. Fortunato Brescia Tassano llegó al Perú en 1898. Natural de Cogorno, Génova, huyó de la crisis laboral en Europa, que se desató tras la revolución industrial, en busca de oportunidades en una América Latina que acababa de descubrir el poder de la manufactura. Comenzó como ayudante en una casa comercial en el Callao. Trabajador, prudente y disciplinado, se interesó por la agricultura, comprando terrenos en lo que entonces eran los extramuros de la ciudad. Para la década de 1930 Fortunato Brescia, padre ya de cuatro niños [Pedro, Mario, Ana María y Rosa], había adquirido fundos en el Callao, Lima, San Borja y San Isidro, que empezaron a urbanizarse a partir de 1940. Desde entonces, Fortunato le inculcó al pequeño Mario el amor por la tierra, no solo por la gratitud que sentía por el país que lo cobijó al llegar al puerto, sino por su valor intrínseco: para el patriarca, la propiedad agrícola se transformó en la semilla de sus primeros negocios. Más tarde, el potencial urbanístico de los terrenos se transformó en el origen de una fortuna que le permitiría al clan invertir en otros sectores económicos. Mario nunca olvidó la lección.

Hoy, sesenta años más tarde, los hermanos Pedro [92] y Mario [84] como los timoneles de esta nave, transformaron sus apellidos en sinónimo del conglomerado más poderoso del Perú, con más de cuarenta empresas en diversos sectores estratégicos, como banca, pesca, petroquímica, retail, bienes raíces, seguros, minería, turismo, agroindustria y salud, con ventas al año por encima de los 4.500 millones de dólares. A pesar de que existen analistas que dicen que los Brescia son extremadamente prudentes para hacer inversiones, son capaces de asumir peligros si el sector representa valor a largo plazo: el día que el general Velasco Alvarado les arrebató gran parte de sus terrenos, en plena dictadura militar, compraron la participación de la empresa Grace en la mina Minsur; cuando Marriott desistió de un proyecto hotelero en el Cusco, los Brescia lo compraron para construir la cadena Libertador; compraron Lafarge Chile en plena recesión de la construcción; se montaron encima del BBVA Banco Continental durante la crisis de 1995; sumaron a su portafolio la empresa Sipesa en plena veda de la anchoveta; y no dudaron en construir el hotel más alto del Perú durante la crisis del turismo del año 2008.

Los que los conocen coinciden en su meticulosidad para leer las comas y las letras chicas en los contratos, recordar al detalle problemas legales de sus empresas, o tomar notas en papelitos pequeños a la hora de los directorios. Tantas veces el grupo se negó a declarar sobre el protocolo familiar que definiría a qué personas de su entorno íntimo les heredarían los sillones que poseen en sus empresas, que en un momento algunos creímos que estos monarcas eran inmortales. Pero no fue así.

Tras décadas al frente de los negocios que fundó con su hermano menor, Pedro Brescia renunció a todas las empresas que presidía como cabeza de varios directorios. Más de sesenta años al frente de las empresas habrían sido suficientes para un hombre que se resistía a delegar el destino del holding. Según votación de los directores, entre los que figuran Fortunato, Mario y Pedro Brescia Moreyra [hijos de don Mario], así como Alex Fort Brescia [hijo de Rosa], se acordó que las empresas quedaran en manos de don Mario Brescia. Sin embargo, su salud, que se ha resquebrajado en los últimos días, no le permitirá cumplir con el legado que le dejó el hermano mayor. Ahora, entre los hijos y los primos, se estaría configurando un modelo similar de gestión en el que no será un líder sino dos los que velarán por sostener la expansión del grupo en el Perú y el resto de América Latina. Mientras que algunos analistas afirman que Alex Fort Brescia sería una pieza fija en esta ecuación, aún se estaría por definir cuál de los hijos de don Mario asumiría sus responsabilidades. Ni los más conocidos, ni los más poderosos, ni los más influyentes. Ningún rótulo será suficiente para definir la importancia que tendrá esta familia –y sobre todo, don Mario Brescia– en la historia del empresariado peruano.