Darko Cuglievan

Escultor y pintor. Su obra explora el lado femenino que todos —según él— llevamos dentro.

Escribe: Harold Obando / Foto: Marco Garro
Siempre busca nuevas experiencias. La monotonía y la falta de libertad no pueden ser parte de su vida. Hay una palabra que lo describe por completo: cambiante.

Caminar por su departamento es como pasear por su propia galería de arte. La esencia de Darko Cuglievan está presente, paso a paso, en esa estancia de San Isidro. Y es que es un escultor y pintor que emplea diferentes técnicas para obtener lo que desea. Con 24 años –y un intento frustrado por estudiar Comunicaciones–, convirtió un hobby en su trabajo.

Vendió su primer cuadro a una amiga de su madre a los 16 años. Se trataba de la imagen de un cuerpo siendo ajustado por un corset rosado con brillos blancos. El fondo era verde. Tras esto, partió a Philadelphia, Estados Unidos, donde terminó en las aulas de la University of the Arts.

Darko ha creado labios en un trabajo a corta y gran escala, sean delgados, carnosos o voluptuosos. Su mayor pasión es explorar la femme fatale que todos –según él– llevamos dentro. Trata de juntar dos polos. Por un lado, la belleza externa de la mujer y, por otro, un sentido perverso, engañoso. «Yo creo que todas las personas siempre tienen un lado, si bien no peligroso, al menos un lado de conveniencia, un lado seductor», asegura.

Tras cinco años en Philadelphia, y uno como copista –personas que reproducen obras ya hechas– en el Museo de Louvre, París, donde pintaba con camiseta blanquirroja, regresó a Lima para presentar sus trabajos. A finales del 2012, presentó SUCUBO, su mayor exploración a la femme fatale.

El último de sus tres tatuajes —cada uno lo hizo en diferentes ciudades— muestra la palabra «Danger». Es la mayor muestra del lado atractivo pero pecaminoso de Darko Cuglievan. Pronto viajará a Florencia por un diplomado en el Instituto Medici. Nadie puede parar su desbordante talento.