Misil bajo control

Por Pablo Panizo / Fotos de Santiago Barco
Gonzalo Brandon se desliza sobre su longboard, un skate diseñado para viajar a más de 90 km/h. Pero no es ningún temerario. El tercer mejor junior del mundo ha aprendido a combinar el coraje con la cabeza, y se ha ganado el respeto de la comunidad internacional de downhill.
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Parado en la pequeña rotonda del punto más alto de la urbanización Las Casuarinas, con la ciudad como fondo, Gonzalo Brandon parece una especie de fumigador espacial. Está forrado en un traje verde fosforescente, sus manos están cubiertas por guantes y detrás del casco aerodinámico lo único que puede verse son dos ojos fríos, sin expresión. Sus zapatillas le han durado cinco meses, pero la suela ya no aguanta más la lija del skate. Su traje, en cambio, lo estrena hoy. Este año buscará superar su tercer lugar en el circuito internacional júnior y quedarse con el título de campeón mundial, así que bien vale la pena invertir tres mil soles en lo más seguro para las pistas más exigentes. Nunca antes tuvo uno igual: cuero por fuera, por dentro kevlar –el mismo material con el que se fabrican los chalecos antibalas– y rodilleras BMW. Gonzalo baja cerros a la misma velocidad con que los carros viajan por la carretera Panamericana, y la diferencia entre usar protección diseñada para el motociclismo y protección especialmente pensada para el downhill –ese deporte que consiste en ir cuesta abajo sobre un skate más largo que el convencional– puede ser la diferencia entre darse un duro golpe o morir. Eso lo saben bien Gonzalo y los riders de Lima, una comunidad que el año pasado quedó profundamente conmocionada por la muerte de un joven de apenas veinte años en La Nuclear, una exigente bajada de Lima Norte, y el alejamiento de las pistas –posiblemente para siempre– del mejor rider nacional, Felipe Málaga, tras un grave accidente en Sudáfrica, cuando competía en una fecha del circuito mundial.

La sensación que quedó en todos es que, de haber usado cascos certificados, como el que hoy usa Gonzalo, las tragedias habrían sido accidentes menores. En las pistas, algo se quebró para siempre y se instaló un ambiente de duelo tácito. Algunos riders no volvieron a montar y el circuito nacional 2013 se redujo a solo dos etapas. El deporte que, en la capital, nació con jóvenes avezados deslizándose por el cerro de La Molina sin casco ha muerto. Hoy en la comunidad del downhill limeño se valoran tanto los huevos como la responsabilidad. Si algo así puede pasar al mejor de todos, es mejor cuidarse de la mejor manera. La reciente caída de dos adolescentes cuando bajaban la Costa Verde sin ninguna protección reavivó el malestar: ya nadie está dispuesto a aceptar más accidentes. «Si estoy en una bajada y veo que alguien se tira sin casco, agarro su skate y lo guardo, porque eso puede manchar el deporte», dice Gonzalo. Así son las cosas ahora. Junto con Felipe y más amigos, Gonzalo impulsa también lo que llaman ‘montada segura’, que son sesiones en las que se comunica por radio si hay carros en la vía y se intenta conseguir ambulancias por si algo saliese mal.

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A sus cortos dieciséis años, a Gonzalo Brandon los sucesos del año pasado lo afectaron en carne propia. Estuvo en La Nuclear el día en que se perdió una vida y compitió por dos años en el circuito mundial junto con Felipe Málaga, su mejor consejero y modelo a seguir, pero nada de ello impidió que su adicción a la velocidad lo mantenga empujando sus límites. Monta skate desde que tenía cinco años, poco después ya corría olas y a los doce hizo downhill por primera vez, así que no conoce realmente otra forma de divertirse. Le han puesto veintiséis puntos en todo el cuerpo, se destruyó los cartílagos de la rodilla contra una reja y partió su casco en una caída que pudo costarle caro en la bajada de la playa La Tiza, la más rápida de Lima; aun así su pasión por el downhill solo aumenta.

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Gonzalo Brandon tiene lo que se necesita para ser un rider de verdad: respeto por la vida y el talento suficiente para aspirar al primer lugar en cualquier pista. Esa combinación le ha valido, en un ambiente golpeado por las tragedias, conseguir los auspicios con que viajará este año, por cuarta vez, a pelear el título mundial júnior, un logro que ningún peruano ha alcanzado antes, y que él siente cerca. «Es mi último año en la categoría y sé que voy a poder cumplir mi meta», dice. Lo logre o no, va a disfrutarlo: mientras perder no lo frustra, ganar es una sensación que lo desborda. En sus primeras competencias se emocionaba tanto cuando pasaba al primer lugar que le daba náuseas. Llegaba a la meta y se sacaba el casco para vomitar. Puede que ya se haya acostumbrado a llegar primero, pero ser campeón mundial va más allá de todo. Puede que a fin de año lo veamos cruzando la meta en algún lugar del mundo para sacarse el casco al lado del camino y botar lo que tenga que botar.