Los caballeros del punk tocan con dinamita

Escribe: María Jesús Zevallos
Son la mejor banda en vivo porque se atreven a serlo. Así les cueste contusiones y golpes en la cara, los suecos de The Hives harán todo lo posible para que cualquier público se convierta en suyo. Juran que nadie saldrá ileso después de sus conciertos

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Nicholaus Arson [O Nicholaus, el Pirómano] se para en el escenario: smoking negro, corbata michi blanca, rizos dorados sobre su cabeza y bigote del mismo color bajo su nariz. Separa sus piernas y monta sobre sus hombros el strap de The Arsonette, la guitarra inspirada en él que fabricó a mano la compañía Sundberg Guitars. Chris Dangerous, o Mr. Dangerous, el baterista, marca el ritmo de la canción y los cinco integrantes de la banda sueca The Hives, uniformados en sus atuendos de gala, comienzan a tocar el garage punk con el que se hicieron conocidos hace más de una década. Si aquella música se pudiese ver, sería lo mismo que ver tocar a The Hives. Literalmente: estético y enérgico; uniforme y explosivo a la vez. The Hives es a un escenario como el fuego es a un cartucho de dinamita.

Por eso la revista Spin los nombró la mejor banda en vivo del mundo; por eso los subieron a las tarimas de los MTV Video Music Awards para hacer una batalla de las bandas, en la que destrozaron a sus oponentes, los australianos de The Vines. «Es interesante cuando cinco suecos muy guapos y talentosos del campo pueden venir a Nueva York y enseñarles sobre rock n’ roll, ¿cierto?», dijo Howlin’ Pelle Aqumvist, vocalista de la banda, domador de audiencias, aullador por definición, en un concierto en la Gran Manzana. ¿La respuesta del público? La ovación y el griterío al que The Hives ya está acostumbrado.
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¿Pero qué de bueno tiene gastar tanta energía en hacer ruiditos con el punteo de una guitarra? Algo así se preguntaba el famoso psicólogo experimental Steven Pinker al referirse a la utilidad que tiene la música en la vida de uno. Los ‘ruiditos’ de Nicholaus Arson tal vez tengan una respuesta a la curiosidad de Pinker. «La energía con la que tocamos, la potencia que tenemos en el escenario sale porque nos gusta nuestra música y nos divierte mucho tocarla», explica el guitarrista, desde su hotel en Estados Unidos, donde se encuentran de gira promocionando su último disco Lex Hives.

Nicholaus dice que la banda siempre fue un derroche de energía «Lo que hacemos en nuestros shows no es algo que vino con el tiempo. Es lo que hacemos siempre y lo que disfrutamos hacer». Y empezaron a hacerlo en su nativa Fagersta, un pueblo pequeño donde escasean los bares y donde hacer un tour supone tocar en iglesias y asilos. En ese entonces The Hives tocaba en cualquier lugar donde le dejaran tocar. Pero siempre intensos como si fuera el último show de sus vidas. Como en agosto de 2011, cuando Howlin’ Pelle se cayó de más de tres metros de altura al treparse de un puente de luces durante un concierto en Suiza. «Sin coreógrafos, sin redes de seguridad, todas mis propias acrobacias», publicó el vocalista en su página web, junto a una foto de él en su cama de hospital, impecablemente peinado, con su casaca de cuero y una sonrisa en los labios.

«Escuchamos música con nuestros músculos», dijo alguna vez Friedrich Nietzsche, el filosofo alemán que también fue compositor clásico. No sería descabellado imaginar que Nietzsche dijera algo así luego de ir a un concierto de The Hives. Tal vez por eso la banda sueca sigue enloqueciendo audiencias con su sonido y puesta en escena tan explosivos. «A nosotros nos encanta ver caras frescas en el público, sabes que están por presenciar algo nunca antes visto», dice Nicholaus, con la altanería que carga cada uno de estos cinco suecos y que ya se espera de ellos cada que hablan.

En unas semanas The Hives tocará por primera vez en Lima. Nicholaus y sus secuaces saben que eso es un reto: dejar a sus fans pidiendo más, hacer que salgan con los pies adoloridos por saltar tanto y con la idea de que cualquier otro concierto visto antes fue un vil engaño. «Nosotros tratamos de impresionar a nuestro público. Y si no se impresionan, ¡tocamos más fuerte!», dice Nicholaus y lanza una carcajada. Es una promesa que siempre cumplen.