Lo más importante es el camino

Escribe: Ralph Zapata / Foto: Álvaro Franco
Treinta pasajeros extranjeros viajan en un tren de lujo desde la ciudad del Cusco hasta el Lago Titicaca. Pero, a pesar de las comodidades del Andean Explorer, una de las atracciones más importantes de este recorrido es su duración: diez horas donde los turistas, acostumbrados a una vida agitada, pueden simplemente sentarse y disfrutar del recorrido

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Viajar es –decía el escritor Martín Caparrós– la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares. A todos nos falta algo y lo compruebo ahora que viajo en el tren más lujoso de Sudamérica, a más de 4 mil metros de altura, acompañado de turistas adinerados, ex trabajólicos que ahora destinan parte de su fortuna a viajar, tal vez intentando ser felices.

La felicidad en este caso cuesta cuatrocientos dólares, y te da derecho a viajar diez horas –ida y vuelta– en un tren confortable intentando seguir la ruta que, se supone, caminaron Manco Cápac y Mama Ocllo, aquellos Hijos del Sol de la mitología andina que fundaron el Imperio Incaico viajando desde el Lago Titicaca hasta el Cusco, el famoso ombligo del mundo.

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La aventura comienza a las ocho de la mañana en la estación ferroviaria de Wanchaq, a diez minutos del Centro Histórico de Cusco. El tren Andean Explorer ha llegado con sus vagones, que más parecen las salas de un hotel lujoso: dos filas indias de lámparas colgantes y luces tenues recorren todo el salón. Los sillones son amplios y alfombrados y están delante de una mesa alargada, adornada con una rosa roja natural y la carta de comidas y bebidas. Lo más valioso es, sin embargo, la vista panorámica desde los ventanales del ferrocarril.

«Esto es el paraíso: solo asómate y mira esos colores, esa belleza natural, ese cielo azul», comenta Cheri Kammrad, una señora de 88 años bien llevados, mientras observa por la ventana el Valle Sur, con sus chacras de maíz, sus tonos verdeamarillos, sus cerros marrones y sus casitas en medio de la puna. ¿Eso los motiva a viajar en tren en tiempos en que la velocidad marca nuestras vidas? Ella dice que está harta de andar en avión, de vivir deprisa, quiere darse un respiro, disfrutar de los paisajes y del viaje mismo.

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Ana Smith, una portorriqueña residente en Estados Unidos, piensa igual. Hastiada de la monotonía de Florida, Ana dice que ha pagado 5 mil dólares por un tour de doce días en el Perú. Visitó el Valle Sagrado, con sus colores de acuarela, y la ciudadela de Machu Picchu, esa que Ana califica de fascinante. «Tan impresionante que me gustaría quedarme a vivir allí», explica la turista. Una azafata de la tripulación la acompaña hasta su asiento, amplio y alfombrado, que está delante de una mesita larga, adornada con una rosa roja natural y la carta de las comidas y tragos que se sirven en este ferrocarril que, según el concurso World Travel Awards, es el más lujoso de Sudamérica.


Viajamos y escapamos, como nos recuerda Caparrós. Pero lo hacemos despacio, con pausa, sin apuros, en este tren de lujo, una excelente opción para derrotar la fugacidad del tiempo.

A las diez de la mañana el sol de los Andes resplandece con másfuerza, y en el tercer vagón Williams Guevara, un cusqueño con terno negro y corbata michi, habla por el micro y da la bienvenida –en inglés y español– a los pasajeros. Dos azafatas reparten copas de pisco sour a los asistentes. Andreas Witzani, un austriaco de 47 años, cabello rubio y ojos verdes, ha llegado para explorar el Perú. «Me habían hablado mucho de aquí, de su cultura, de Machu Picchu, de su belleza arquitectónica. Por eso vine: para relajarme, para hacer cosas diferentes. Nada de trabajo y mucho de placer», dice, mientras fotografía a un grupo de músicos cusqueños que tocan quenas, tambores, guitarras y charangos mientras danzan intentando armar una fiesta a bordo del tren.

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Y así, de pronto, por la ventana asoma, a lo lejos, el nevado Chimboya, una montaña de más de 5 mil metros de altura que anuncia nuestra llegada a la Raya, la línea divisoria entre Cusco y Madre de Dios. El tren realiza la primera parada oficial del día, cerca de una capilla colonial y un puesto ambulante de artesanos, quienes ofrecen a los turistas chompas, chullos y guantes de lana. La parada dura solo

diez minutos.

A las tres de la tarde, ya en Puno –de los colores verdes hemos pasado a los tonos amarillos del maíz– el show vuelve al tercer vagón, donde el grupo deleita a los asistentes con danzas típicas como la morenada y la diablada, que hacen zapatear a los viajeros. Williams hace de barman y prepara pisco sour. Cuando termina, invita al bar a un voluntario que desee aprender. Chery, que parece ser la más extrovertida del grupo, se ofrece. En medio de aplausos y gritos de sus amigos, la señora de lentes logra tener un pisco sour hecho por ella misma en su mano llena de joyas finas.

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Atrás se ha quedado Ayaviri con su iglesia colonial y una escultura de oveja en una de sus plazoletas; Pucara, la tierra de los fabricantes de toritos; y Juliaca, un enorme mercado donde abundan los artefactos domésticos y artículos falsificados. Y ahora iniciamos el descenso hacia el Lago Titicaca, de donde emergieron Manco Capac y Mama Ocllo. El crepúsculo es una postal: cielo de tonos azules y morados y un brillo que refulge en el horizonte, y que Williams asegura es el Titicaca.

A medida que el tren avanza, el lago parece alejarse más, hasta que el horizonte muestra un juego de luces de Navidad: es la ciudad de Puno y las aguas del Titicaca parecen mojar nuestros pies. Un cartel de madera anuncia que estamos en la isla de los Uros y sus caballitos de Totora, amarrados en la orilla, confirman el arribo.

En medio de los místicos Andes Sureños, el lago se ve inmenso, cristalino, apacible, listo para ser explorado por un grupo de turistas, para quienes el recorrido es tan o más importante que el destino al que buscan llegar.