Las ventajas de ser Franco

Por Gabriela Ramos /Fotos de Javier Falcón
Luego de haber alcanzado la cima como top model internacional y el puesto de director creativo en una de las tiendas por departamentos más grandes de Estados Unidos, Franco Noriega nos cuenta por qué la moda ya no es una de sus prioridades.
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La inquietud rebasa los ojos de Franco Noriega, y él me lo advierte. «Puedo estar hablando contigo, escuchar la conversación vecina y recordar lo que pasó ayer: todo al mismo tiempo», confiesa. El ADHI o trastorno de déficit de atención es una condición que ha marcado su vida, pero de una manera positiva.

A Franco le cuesta quedarse quieto. De niño –me cuenta– la imposibilidad de concentrarse le impedía tener muchos amigos. «Era superpavo», revela. «Los chicos de mi edad no podían ir a la par de alguien que tenía diez cosas en la mente. Era exhausting para ellos. Por eso siempre estaba solo».

Hoy las cosas han cambiado. Ser un modelo internacional lo ha llevado a rodearse de gente y codearse con personalidades importantes, pero Franco mantiene los pies en la tierra. Su núcleo de amigos está compuesto por su familia. De hecho su hermana Andrea y su papá Rino son sus mejores amigos.

Con su familia puede expresarse libremente. Si antes le resultaba complicado intentar agradar a todo el mundo, con el paso del tiempo fue percatándose de que eso no era lo que buscaba. «Con los años te das cuenta de que ser diferente, en lugar de encajar, es increíble. A mí me gusta ser completamente único. Franco es uno solo, no hay veinte. Conforme creces los amigos llegan a tu vida de una manera más orgánica. Cuando eres chico, en cambio, influye mucho el deseo de aceptación», dice en tono reflexivo.

—¿Es fácil para los que te rodean seguir tu ritmo de vida?
—No sé si es fácil o si tienen que aguantar, pero si están a mi alrededor, es porque siguen mi ritmo.
—¿Nunca has tenido que decir adiós a alguien por no saber llevarte el paso?
—No… igual, y nunca me ha costado decir adiós. La gente entra a tu vida por una razón, y si luego se va, solo queda agradecer los momentos vividos. No soy de las personas que se aferran a alguien.
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MÁS ALLÁ DE UNA CARA BONITA
Hasta hace algunos años, Franco era un chico guapo que estudiaba Administración y Negocios Internacionales en la UPC. En el medio destacaba como modelo y anfitrión, y le inquietaba la actuación. Por eso decidió dejar la carrera para aventurarse sobre las tablas, pero, a puertas de partir hacia The American Academy Dramatic Arts en Nueva York, conoció a Mario Testino.

Durante el encuentro, el fotógrafo le comentó que podría convertirse en un modelo destacado si así lo deseaba; tan solo era cuestión de mandarle algunas fotos cuando estuviera en Nueva York. Y casi un año y medio después fue Mario el que contactó a Franco con un anuncio sorpresivo: Dolce & Gabbana lo contrataba para su campaña otoño/invierno 2011 [él apenas acababa de cumplir diecinueve años].

A partir de ese momento, su carrera en la industria de la moda inició un ascenso meteórico. Burberry, Hugo Boss, Calvin Klein y Roberto Cavalli fueron algunas de las marcas que decidieron llamarlo para protagonizar sus campañas. «Nunca tuve ningún reparo en exhibirme», reconoce Franco. «Siempre me encantó ser el centro de atención, así que estaba feliz».

«Con los años te das cuenta de que ser diferente es increíble. A mí me gusta ser completamente único. Cuando eres chico, en cambio, influye mucho el deseo de aceptación».

Su paso por el modelaje fue frenético durante cuatro años. «Conocía a gente interesante, estaba expuesto a distintas culturas, la chamba era divertida, trabajaba con personas que amaban lo que hacían… Un día modelaba, luego descansaba tres días, viajaba a París, regresaba a Londres y volvía a Nueva York. Todo era muy intenso».

Pero Franco no se contentaba con posar para las cámaras. Para dar una vuelta de tuerca a las pasarelas, su espíritu inquieto lo llevó a estudiar Fashion Merchandising en el Fashion Institute of Technology [FIT], y, para aplicar lo aprendido, creó una línea de ropa que se comercializó en Lima. Pero una vez acabado el curso, decidió abocarse a algo que le rindiera frutos en Nueva York. Fue entonces que la prestigiosa cadena por departamentos Macy’s lo contrató como director creativo de su línea masculina: el más joven en la historia de la firma.

—Cuando eso ocurrió, comentaste que era la máxima meta en tu carrera. ¿En qué momento llegó el desencanto?
—El trabajo era espectacular, pero sentía que me habían cortado las alas. Era mi primer trabajo ‘encapsulado’. Dentro de ese mundo corporativo, tenía libertad para crear y me encantó llegar a otro nivel, pero también tenía que adaptarme a ciertos patrones que no eran los míos.

—Aun así duraste dos años en la firma, que no es poco tiempo…
—Es que no soy una persona que salta de una cosa a otra sin terminarla. Si comienzo algo, me retiro cuando estoy al máximo nivel. Por ejemplo, el ciclo en Macy’s lo terminé luego de ver tres colecciones mías entre las más exitosas que ha tenido la compañía.

El mundo de la moda le atrajo por ser «banal y estar lleno de poses», pero luego empezó a hastiarse de sus rutinas. «Cambio constantemente. Odio lo que antes amaba. Y a la moda ya no la soporto», confiesa, aunque, entre risas, admite que tal vez de aquí a tres años el panorama podría cambiar a favor del modelaje.

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LA RECETA PERFECTA
En diciembre pasado, Franco terminó un curso de Culinary Arts en The French Culinary Institute, uno de los centros especializados más prestigiosos de Nueva York. Sus ojos adquieren un brillo especial y el tono de su voz se eleva cuando habla de este logro. «¿Cómo pasaste de la moda a la cocina?», le pregunto luego de ver que se desenvuelve como pez en el agua aprobando nuevos platos en la carta de Loreta, el restaurante que tiene en San Isidro junto con su hermana Andrea.

La respuesta empieza con una explicación que se remonta bastantes años atrás. La protagonista, sin duda, es Delfina, la mujer que cuidó a Franco durante su infancia. Su ‘segunda mamá’, como él la llama. «Desde chiquito me gustaba cocinar; en parte, gracias a las delicias que ella preparaba», comenta. «Lo más importante que aprendí con ella fue a apasionarme por lo que cocinaba. Siempre nos remarcó que finalmente comíamos la energía que invertíamos».

«Nunca me ha costado decir adiós. La gente entra a tu vida por una razón, y si luego se va, solo queda agradecer los momentos vividos. No soy de las personas que se aferran a alguien».

Al dejar Macy’s escapó del invierno neoyorquino y fue a pasar un mes a las playas de Río de Janeiro. Allí, en medio del sol y de la arena, llegó a la conclusión de que la cocina podía ser la mejor vía de escape de un trabajo rutinario. Pero tenía algo claro: no podía estar metido en una cocina 24 horas al día, pero sí podía abrir 24 restaurantes. La cocina, además, le ofrecía otra ventaja: era el único lugar en el que su déficit de atención podía representarle más beneficios que dificultades.
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SUS GRANDES AMORES
Cuando Franco pisó Nueva York, supo de inmediato que ese era el lugar donde tenía que estar. Fue para estudiar actuación, pero una vez allí hizo hasta lo imposible por convertirlo en su hogar. «Ni bien llegué, me di cuenta de que la ciudad iba a una velocidad incluso mayor a la de mi cabeza», cuenta mientras recuerda que sus amigos le decían que él siempre estaba en rush hour por lo acelerado que iba.

—Definitivamente es tu lugar favorito…
—¡El único! Es mi única relación estable y fiel. Estoy absolutamente enamorado de esa ciudad. Soy de extremos, al igual que Nueva York. Por eso me gusta tanto.
—¿No extrañas Lima?
—¡Es que no tengo tiempo de extrañarla! Vengo cinco o cuatro veces al año. Lo que más echo de menos es a mi familia, pero ellos van muy seguido a Nueva York.

Franco está a punto de combinar su pasión por Nueva York con su afición por la gastronomía. Hacia finales de abril iniciará un nuevo reto: inaugurará un novedoso formato gastronómico en Williamsburg, uno de los barrios más representativos de Brooklyn. «Es lo que llamo comida new peruvian. Tiraditos, cebiches… pero todo en versión tapas», dice emocionado.

—Estuviste en la industria de la moda y ahora en la gastronómica. ¿Hay alguna pasión que estemos dejando de lado?
—¡Los negocios! Si te das cuenta, esa es la pasión que ha conducido todas mis otras aficiones. Sé que he pasado por varias carreras y quién sabe si esta sea mi última parada… Probablemente no lo sea, pero, de momento, la estoy disfrutando a morir.