La película de mi vida

¿De qué es capaz un cineasta para hacer realidad las historias que habitan en su cabeza?

Escribe: César Ochoa
Con solo veinticuatro años, Adrián Saba es un director de cine que ha configurado su mundo para dedicar la mayor parte de su tiempo a escribir historias bajo una necesidad impostergable y casi compulsiva. Ha cancelado su cuenta de Facebook, usa solo dos pares de zapatillas al año y casi no renueva su clóset. No le importa, dice. Sabe que esa sencillez le ha dado frutos. El Limpiador, su primera película, ha sido seleccionada para representar al Perú en la carrera hacia el Oscar 2014. Pero Adrián no se inmuta. Para él, la película de su vida recién empieza.
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«Vamos al cine», le dijo Adrián Saba a su madre. Ella, Els Vandell, solo atinó a seguirle la corriente. El pequeño la llevó hasta su cuarto, y la invitó a sentarse en la cama. Adrián, de unos tres años, sacó de su clóset el VHS de Dumbo, esa película de Disney que narra la historia de un elefante orejón, y lo colocó sobre una repisa, con la portada a la vista. Una vez sentado se quedó quieto viendo esa imagen por varios minutos, como si se hubiera quedado hipnotizado.

«Me pareció muy raro su comportamiento», dice Els, recordando la anécdota. «Pero lo vi sereno y feliz». El juego pronto se volvió una costumbre: cuando no le gustaba una película, Adrián la volvía a ver en su imaginación, a su modo. El cineasta, que se ha convertido en una de las principales promesas del cine peruano, era un niño que ante todo quería crear sus propias historias.

Aunque ya no recuerda esos días de ‘películas mentales’ de Madrid, donde nació y vivió hasta los cinco años, sabe que su madre suele referirse a ellas cuando habla de él. Desde el otro extremo de su historia personal, Adrián está hoy con los pies descalzos y recogidos sobre un sofá del departamento barranquino donde vive con sus padres. Es una mañana de octubre. El sol de primavera se cuela por las amplias ventanas de la sala mientras Adrián se sirve galletas de soda con paté. Mañana viajará a Brasil a un laboratorio donde consultores internacionales lo ayudarán a aterrizar aspectos del guion y producción de DONDE SUEÑAS LOS SALVAJES, su siguiente proyecto: la historia de un joven que ha ingresado al mundo de las pandillas y que se enamora de la hermana del líder de la banda.

Sucede que desde que estrenó EL LIMPIADOR, su ópera prima, en el Festival de San Sebastián hace poco más de un año, Lima se ha convertido en una ciudad en la que solo se queda como si estuviese de visita. Lejos parecen haber quedado esos días en que casi se encerraba en su cuarto durante dos meses para escribir el guion de su primer largometraje: la historia de un limpiador forense ermitaño que, en medio de una epidemia mortal que asuela Lima, encuentra a un niño huérfano al que acoge y da refugio.

A sus veinticuatro años, además de cineasta prematuro, Adrián es un curioso de la realidad, que, bajo una coraza de chico parco, coge retazos de su entorno con los cuales arma sus ficciones. «El guion de una película es como una constelación», ensaya. «Una conversación, ideas de un libro, una situación determinada. Esas son las estrellas que la conforman». Un documental sobre limpiadores forenses lo sobrecogió, y, a partir de allí, empezó a imaginar una epidemia feroz y las situaciones que se podrían generar.

En un mundo donde es fácil coger un smartphone y aislarse de la realidad, Adrián Saba es un fabulador que no quiere que se le escapen las historias. En cuanto tiene una, ya sea un diálogo o una escena, la escribe con una necesidad impostergable. «Me encanta escribir, me llena de vida». Lo dice con la determinación de alguien que ha encontrado una verdad científica.

Hace poco llegó a Lima luego de pasar cinco meses en París gracias a que obtuvo un cupo en La Residencia de la Cinéfondation del Festival de Cannes, la beca soñada de todo director joven que quiere desarrollar su siguiente guion, privilegio al que solo acceden doce cineastas de todo el mundo cada año. La idea de la residencia es que los participantes tengan la mayor tranquilidad e inspiración para trabajar un guion. Ingreso libre a las salas de cine, tours por museos, charlas con cineastas reconocidos, pero cero control sobre lo que se está escribiendo. Saba salió de allí con el primer borrador de su siguiente película. Si para algunos la mejor etapa de su vida fue el colegio o la universidad, para él fue esa residencia.

«Una vez que me conecto con lo que escribo, no hay otra cosa que quiera hacer: nada de salir, ni ver a los amigos ni nada». En el universo de Adrián Saba escribir no es solo un verbo; es una meta de cada día.

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Adrián Saba es un fabulador que no deja que se le escapen las historias. En cuanto tiene una, ya sea un diálogo o una escena para una película, la escribe con una necesidad impostergable. «Cuando me conecto con lo que escribo, no quiero hacer otra cosa. Escribir me llena de vida»

Los últimos meses, Adrián Saba ha viajado tanto como un rockstar en gira mundial, pues ha participado en una docena de festivales tan importantes como los de Palm Springs [donde ganó el premio a Mejor Director Joven], Friburgo o Mar del Plata. En esa constelación de éxitos, una de las últimas sorpresas que EL LIMPIADOR le ha da dado es haber sido seleccionada para representar al Perú en la carrera hacia el Óscar 2014 en la categoría de Mejor Película Extranjera. Nada mal para una película filmada por un director a sus veintidós años, con un presupuesto mínimo y tan artesanal que hasta él mismo llevaba a los actores y los equipos a cada una de las locaciones en el carro que se prestaba de su mamá.

Carolina Denegri, la productora de la película, cuenta que Adrián es ante todo un chico reservado, que no cuenta tanto sus cosas, pero que es hábil sometiendo a las personas que recién conoce a insospechados cuestionarios que van desde cuántas horas duermen hasta cuáles son sus medidas corporales. Es un cazador de detalles.

Ella, que ha llegado a conocerlo bien, sabe que a él no le gustan las complicaciones que podrían interferir en su proceso creativo diario. «Ha cancelado su Facebook», dice. «Es algo que lo distraía, y él prefiere estar calmado». Denegri cuenta que, durante los viajes a festivales o talleres, cuando están en medio de una noche entre amigos, si una idea lo asalta y quiere escribirla, no habrá quien lo haga desistir de abandonar el lugar y correr al hotel para escribir. «Y si no ha llevado laptop, se presta la mía», se ríe la productora, en un café de Miraflores.

La ropa también puede ser una preocupación más para alguien que prefiere enfocarse solo en su modo de vida. «Solo me compro un par de zapatillas al año», dice Adrián. «En general busco la sencillez». Carolina habla de una chompa gris que Adrián la usa a menudo y que la tiene desde la época de colegio. «Hay un montón de ropa en mi clóset que no se quiere ir», ríe Adrián.

En su libro EL ELEMENTO, el famoso educador inglés Ken Robinson habla sobre lo exitosos que llegan a ser los hombres que han encontrado esa actividad que pueden hacer sin cansancio y con gran creatividad: aquellos han encontrado su elemento, su vocación. Adrián es uno de ellos.

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Es verano del 2004, y Adrián Saba ha llegado desenfundando su guitarra al Interlochen Arts Academy, donde pasará dos meses en medio de un bosque del noroeste de Michigan, Estados Unidos, hasta donde quinientos estudiantes de todo el mundo llegan cada año para perfeccionarse en el mundo de la música y de las artes. Adrián, a sus dieciséis años, se imagina tocando la guitarra en un grupo o tal vez viviendo de la música.

En esa suerte de campamento había una formación clásica, con mucha disciplina. Entre ellos Adrián se dio cuenta de que la música no era su talento natural, que no era tan bueno como los demás y que tampoco estaba dispuesto a hacer el esfuerzo. «No era el área donde podía dar todo de mí».

«Solo se pueden unir puntos hacia atrás», dijo Steve Jobs, el revolucionario de la tecnología, en su famoso discurso en Stanford. Se refería a esas circunstancias pasadas que de pronto se conectan con el presente para dar sentido a ciertas cosas. Visto desde hoy, ese supuesto fracaso en el Interlochen Arts Academy sirvió a Adrián para dejar atrás lo que no era parte de sí y empezó a buscar otras opciones. ¿Qué había estado siempre alrededor de él? La música, los actores, los guiones, una mamá actriz, un papá director de teatro, los libros [Cortázar, sobre todo], varios juegos florales ganados en cuento y poesía.

El cine, se dio cuenta, era la suma de todas esas artes y había estado cerca de él desde que tenía uso de razón, sin que se percatara del todo. Fue una decisión casi súbita, pues cuando llegó de aquel taller de verano dijo a su mamá que estudiaría cine fuera del país, que buscaría una beca.

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Su madre recuerda que Adrián le clavó los mismos ojos como cuando la miró segundos después de que naciera, apoyado sobre su regazo. «Vi una determinación tremenda», recuerda Els. Al terminar el colegio, Adrián cumplió su palabra: recibió una beca Fulbright para estudiar cine en la Universidad Hofstra de Nueva York, donde se graduó con EL RÍO [2010], un cortometraje basado en un cuento de Julio Cortázar.

Pero todo esto no es más que la bitácora de su primera experiencia cinematográfica. Más allá de los logros que ha alcanzado, de los viajes, su momento pleno, su catarsis, es cuando filma. Y filmar, en el cine, es sinónimo de dinero.

La primera semana de diciembre, el Ministerio de Cultura dará a conocer cuál es el proyecto cinematográfico que recibirá, de parte del Estado, medio millón de soles para su realización. Adrián sabe que, por el momento, esa es la única posibilidad de hacer realidad DONDE SUEÑAS LOS SALVAJES. De ese resultado podría depender sus siguientes dos años de trabajo. Pero para tomar distancia de esa tensa espera, aquello que complica su mundo, tiene un plan. Hasta ese entonces Adrián Saba escribirá. Mucho más.

Dirección de Arte: Youth Experimental Studio
Producción: Micaela Payet
Maquillaje y peinado: Natalia Nuñez
Fotos Making of: César Campos
Video Making Of: Sensorial Films
Agradecimientos: Joaquim Miró