La caña de mi vida

Wayo Willar | Tomas Unger | Salvador Ricci

Escribe: Carlos Fuller / Fotos: Macarena Tabja y Sergio Zúñiga
El divulgador científico Tomás Unger hizo su último roadtrip detrás del volante de su KIA Opirus. El piloto Salvador Ricci iba a su fiesta de promoción con el Toyota Corona que le regaló su padre. Wayo Whilar empujaba el Volkswagen escarabajo en el que se partió de luna de miel. Tres autos inolvidables. Tres personajes. Tres historias alrededor de cuatro ruedas, un volante y una palanca de cambios.

El Volkswagen de Wayo Whilar

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El tenía entonces 35 años. Frente al Volkswagen escarabajo estaban los dos, el fabricante de tablas Wayo Whilar y Giuliana Gambetta, la que desde aquel día podía llamarse su esposa. La fotografía la tomaron frente a la Huaca Pucllana y las pintas las hicieron sus amigos. Venían de casarse en la municipalidad de Barranco y partían a la playa de las Brisas de Villa a celebrar su luna de miel. Ahí donde construirían su casa y vivirían hasta el día de hoy. Wayo antes había tenido otro igual, que le había costado 3 mil soles. El de la foto le costó 7 mil. Era de los primeros que llegaban a Lima con dos carburadores y todos sus amigos en Las Brisas de Villa tenían uno. Por los años ochenta no habían muchas más opciones. Un auto fiel con el que entregaba las tablas que había comenzado a fabricar desde el año 1969. El problema era que, al vivir frente al mar, los Volkswagen se terminaban por oxidar y a veces no cerraban bien las maleteras. En invierno era peor porque la humedad hacía que no arrancasen. Y como todos en Las Brisas tenían el mismo carro, se los veía a todos empujando su carrocería por las mañanas. Si uno llegaba a arrancar, ese terminaba jalando a todos los demás. Pero fuera de aquellos problemas, aquel era un buen auto para recorrer el Perú. Wayo ponía las tablas en su parrilla y se escapaba a las playas del norte. Llegó, incluso, a viajar hasta Pucallpa. Pero con la llegada de su primer hijo y luego de la segunda, el Volkswagen comenzó a hacerse chico. Lo vendieron y luego compraron autos más familiares. Wayo y Giuliana llevan 28 años de casados. El primer día comenzó con esa foto.

El KIA de Tomás Unger

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El KIA Opirus de Tomás Unger está estacionado en la puerta de su casa, al lado del auto de su esposa. En la casa donde, a sus 82 años, dirige el blog de divulgación científica y tecnológica www.tomasenlinea.com. Hace cuatro años, como socio honorario del Club de Autos Antiguos, Tomás fue invitado a participar en el Rally Andino en Cusco, donde se reúnen coleccionistas de varios puntos de Latinoamérica. Aquella vez se le ocurrió ir en su propio auto, como tantas otras veces en las que se había ido de roadtrip por Europa. Su copiloto, un fotógrafo de la revista Automás –de la que él es director–, no tenía brevete, por lo que Tomás, a sus setenta y ocho años, tuvo que manejar. La ida la hicieron en tres etapas: una parada en Nazca, otra en Abancay y luego a Cuzco. A la vuelta solo hicieron dos: trece horas de Cuzco a Nazca, luego a Lima. Pero ese viaje fue una excepción. El KIA Opirus que mantiene en su garaje no llega a los 60 mil kilómetros recorridos. Este es el auto que más tiempo ha tenido, pero definitivamente no ha sido el único. Varios han pasado desde el Packard del año 1939 de su padre en el que aprendió a manejar. Desde el Citroen 11CV del año cincuenta, el primer auto que se compró a catorce mil soles. Siempre han tenido, por lo menos, dos autos. El suyo y el de su esposa, Leonor Salaza. Durante el gobierno de Velasco llegaron a tener tres ya que el general decretó que ciertos autos solo podían circular algunos días de la semana. No tiene planes de cambiar su KIA Opirus. Es agradable para manejar, es potente y grande. Eso sí, consume bastante gasolina. Pero los años pasan, Tomás ya no recorre largas distancias.

El Toyota de Salvador Ricci

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Estuvo detrás del volante desde los catorce años. No de un carro, pero sí de un Kart. En la pista de entrenamiento se descargaba y picaba, así que no sentía la necesidad de correr mucho en la vía pública. Nunca bebió mucho, ni siquiera ahora. Jamás tuvo un accidente importante. Es por todas esas razones que los padres del piloto de autos Salvador Ricci nunca le hicieron demasiados problemas para prestarle el auto. El de la fotografía es un Toyota Corona del 93. Era usado por el chofer de la casa para llevarlo a él y a sus otros dos hermanos. Y antes de cumplir la mayoría de edad tuvo el permiso de usarlo para ir a su fiesta de promoción, para pasear con sus amigos y a alguna enamorada de la época. Cuando Salvador cumplió dieciocho años entró a la universidad y necesitaba un auto. Entonces sus padres le consiguieron otro auto al chofer de la familia, y le regalaron el viejo Toyota. Apenas lo recibió lo pimpeó. Le puso aros, una butaca de carreras, escape, chip, un alerón, timón, palanca, arneses de carrera, lunas polarizadas. No había nada mejor que tener dieciocho y tener un auto con el que irse al sur o a Ancón o a las fiestas con sus amigos. Lo tuvo por cinco años, hasta que lo cambió por un Audi A3 que compró con su propio dinero. Salvador Ricci es hoy piloto oficial de KIA del Campeonato de Circuito Turismo Competición, en la categoría TC2000. Conforme se dedicó a las carreras de autos competitivamente le comenzó a perder interés a los autos de calle. Hasta hace cinco años se preocupaba por tener un super auto. Ha tenido dos Audis S3, un Volkswagen Passat que era el más bello de Lima, una camioneta Infiniti a la que le tomaban fotos en las esquinas. Todos estos comprados con su dinero, todos nuevos. Pero hace falta tener dieciocho años para vivir un auto como ese Toyota Corona.