Felicidad [Sin Libertad]

Por Gonzalo Coloma
coloma176

Estos últimos años he viajado muchísimo. Hace unos meses tuve la suerte de ir a Muscat, la capital del Sultanato de Omán. Para quienes no saben, Omán queda en la península arábiga. Tiene fronteras con los Emiratos Árabes, Arabia Saudita y Yemen. Si bien no era mi primera vez en el Medio Oriente, esta vez estuve más cerca de los locales y pude mezclarme y aprender un poco más sobre ellos que en otras ocasiones y en otros países.

Recién llegados al Festival Muscat, nuestra casa durante los dieciocho días que actuaríamos allá, empezamos a conocer la cultura. El primer shock fue cuando uno de los encargados del festival vino a decirnos que había un problema con el vestuario de uno de mis compañeros: «No lo cubría lo suficiente como para que pueda actuar», dijo. Sus shorts eran muy cortos. ¡Enseñar la rodilla es una falta de respeto!

Al principio la gente que trabajaba en el festival nos miraba de forma rara, como si estuvieran evaluándonos. Nosotros sentíamos que no lo estábamos haciendo bien. Sobre todo en el tema cultural, como si no estuviéramos realmente respetando su cultura.

La segunda mañana cogí un taxi con un colega rumbo al centro de la ciudad. El señor taxista, muy simpático, hizo de guía turístico. Y nos llevó a visitar una mezquita enorme, a conocer el palacio del sultán, a la cima de una montaña para sorprendernos con una increíble vista, y, por último, nos dejó en un suq [mercado árabe]. Nos dio su número de teléfono y nos dijo que lo llamáramos cuando quisiéramos regresar. Nuestro amigo se volvió nuestro chofer, guía, consejero y amigo durante todo el viaje.

En el suq me compré un turbante, me lo pusieron y seguí con el tour. En la noche cuando llegué al festival los encargados me miraron con otra cara. Me sonrieron, me dieron piropos sobre el turbante nuevo y me dijeron que si quería ellos podían ayudarme a ponérmelo luego. Incluso me enseñarían a hacerlo. En ese momento sentí aceptación. Sentí que, de alguna manera, vieron que quería integrarme a su cultura. A partir de ese momento, la visión del país y todas sus reglas empezaron a ser más un motivo de curiosidad mía antes que de crítica. Empecé a mirar alrededor, a ver cómo vivía esa gente.

Les tengo que decir que me la pasé muy bien en Omán. Allá no venden alcohol, a menos que lo compres en el duty free o vayas y pagues una fortuna en el bar de algún hotel de expatriados. La gente cena después de las once de la noche. La comida es deliciosa, los restaurantes están abiertos hasta por lo menos las cuatro de la mañana, y todos son muy fanáticos del fútbol. Nuestro público durante los espectáculos, si bien no eran muy expresivos, al final te hacían sentir que les había gustado el espectáculo. Y hasta querían tomarse una foto contigo.

Mientras más tiempo pasaba, y si bien seguía sin entender las costumbres, sentía que la gente vivía contenta. Yo sabía que Omán era una monarquía absoluta, lo que quiere decir que no hay democracia, que todo pertenece al sultán y que no hay separación de poderes. En otras palabras, los omanis no son libres. ¿Cómo puede ser entonces que yo perciba que son felices?

Un día en el taxi, con nuestro mismo amigo y guía, me atreví a preguntarle sobre cómo funcionaban las cosas. Cómo conocen gente, cómo se casan, cómo viven y, finalmente, si él era feliz y si había algo que cambiaría de su país. No podría en estas pocas líneas contarles todas sus respuestas, pero la que más me sorprendió fue aquella en la que decía que en su país todos tienen acceso a la educación, que todos tienen acceso a la salud, que casi no existe la pobreza, que llevan una buena vida. Luego me llevó a su barrio y me enseñó su casa, que más parecía una mansión. Y después me preguntó: ¿sabes por qué es eso? «Porque mi sultán nos cuida», respondió. Yo le pregunté que si no le molestaba que todo perteneciera al sultán. Me dijo que no, porque el sultán lo repartía bien con el pueblo. «Sé a dónde quieres llegar. La democracia, sí conozco la democracia, ¿pero quién me asegura que cuando elijamos a un gobernante me trate tan bien como me trata el sultán?».

Aún sigo pensando en su respuesta.