Veloces por naturaleza

Veloces por naturaleza
Quizá el clan Di Palma sea el ejemplo más conocido a nivel mundial de una pasión heredada por los fierros. Pero la familia argentina no es la única que lleva en la sangre ese ADN de la velocidad: el automovilismo peruano tiene varios casos de familias para las que las pistas, las máquinas y la competencia son parte de su legado
Jean Paul y Verónica Peyón. Hermanos y rivales

Son los dos menores de cuatro hermanos, hijos de un padre amante de la velocidad y nietos de un abuelo que empezó con la tradición de los autos y las carreras en la familia en los años cuarenta. Jean Paul y Verónica Peyón compiten en el Campeonato de Turismo Competición 2013 en la categoría TC2000, reservada para los autos más potentes y los mejores pilotos. Son hermanos pero, dentro del circuito, rivales. Y hacer el mejor tiempo es lo que importa.

«Hemos nacido en un ambiente automovilístico: desde chica he visto las fotos en blanco y negro de mi abuelo, y he visto correr a mi papá, que además tenía su taller de autos de carrera en la casa», cuenta Verónica sobre su padre, el experimentado piloto Ernesto Peyón. «Los temas de conversación en nuestra casa giraban en torno a los autos. Realmente creo que lo llevamos en la sangre».

La primera vez que Ernesto llevó a su hija a una carrera de karts, ella tenía dieciséis años. Pero fue recién a los diecinueve que Verónica empezó a competir. Jean Paul, dos años mayor, se interesó desde pequeño por la mecánica de la velocidad: investigaba en el taller de su padre, quería descubrir el funcionamiento de las máquinas. A diferencia de su hermana, él no corrió sino hasta hace poco: el campeonato del año pasado fue su debut. Pero no fue su primera experiencia en la cabina de un auto de carrera: Jean Paul fue copiloto de su padre en 1996 y 1997. Siempre estuvo ligado al automovilismo, apoyando a otros pilotos preparando sus autos. Su debut en las pistas fue muy bien recibido: terminó la temporada en el podio.

El año pasado, algunos se preguntaban si los hermanos Peyón corrían en equipo, tapando cada uno a cualquiera que estuviese peleándose con el otro. «Cosa que jamás sucedió», aclara Verónica. «Tan transparente es nuestra relación en las pistas, que incluso lo choqué». La piloto se refiere a aquella fecha en que, por tratar de pasarlo, Verónica topó a toda velocidad a Jean Paul, girando ambos autos y quedando frente a frente. Ese golpe le costó valiosos segundos al hermano mayor, que se estaba peleando el primer lugar de la fecha. «Lo fregué», recuerda Verónica. «Me bajé del auto y me puse a llorar». Pero en la siguiente manga Jean Paul recuperó el tiempo perdido, y ganó la carrera. Por supuesto, perdonó a su hermana. «Verónica es una piloto muy agresiva, y piensa como yo: en la pista todos somos iguales», agrega el hermano. «Lo que pasó fue que ninguno de los dos aflojó, y eso me ha pasado con otros pilotos. En la pista no existen apellidos ni marcas, ni nada. Lo único que existe es el objetivo de ganar».

Y aunque es innegable que la competencia forma parte de cualquier relación de hermanos, en este caso también la define. Para bien. «Competir entre nosotros tiene una influencia positiva, porque Jean Paul es mi sangre. Entonces, cuando él gana la felicidad que yo siento es la misma que sentiría si hubiera ganado yo misma», afirma Verónica. Y Jean Paul, por su lado, encuentra incluso mayores beneficios a la rivalidad profesional: para él poder intercambiar opiniones y puntos de vista con su hermana solo puede fortalecer su relación. Dentro y fuera de las pistas.

Raúl Orlandini y Raúl Orlandini Griswold. Tras las huellas de una leyenda

Hace unas semanas se hizo el anuncio. El Rally Caminos del Inca 2013 se correrá en honor a uno de sus grandes protagonistas: Raúl Orlandini Dibós. Su viuda estuvo presente en el anuncio, sentada en la mesa de honor junto a los dirigentes del Automóvil Club Peruano y del Instituto Peruano de Deportes. Su hijo, quien también lleva su nombre, se encontraba entre los asistentes.

Pero hace tiempo que Raúl Orlandini Griswold, conocido en el medio como Mono, suena por logros propios. Y sin embargo, la presencia de su padre como una de las figuras más destacadas del automovilismo nacional, sigue dirigiendo su timón. Entre 1992 y 2005, Orlandini Dibós ganó cinco veces Caminos del Inca –tres de ellas consecutivas. Un año después de su última participación en el rally, murió de cáncer a los 54 años.

Cuando le avisaron que su padre estaba enfermo, el Mono tenía veinte años. Dejó sus estudios de Administración en la Universidad de Lima y asumió la empresa de su padre y el cuidado de su familia. Pero ya hacía tiempo que había asumido los colores de su padre. Los llevaba en su propio auto de carreras. «He seguido sus pasos desde el comienzo», cuenta el Mono, desde la sala de la casa familiar. «Voy al taller desde que me acuerdo. Los domingos, cuando había carrera, prefería ir con mi papá a quedarme en casa a jugar con mis primos». El Mono dice que todo era carros en su vida. A los diez años empezó a correr karts. Luego pasó a máquinas más grandes. Y nunca paró la marcha.

Afirma que no fue complicado llevar el nombre de su padre. Aunque no faltaban las comparaciones. «En mi primer Caminos del Inca del 2010, por ejemplo, algunos decían que yo era un loco, que no iba a llegar. Pero ganamos ese año, y luego ganamos una segunda vez al año siguiente. Y entonces se acabaron las comparaciones», cuenta Raúl. A pesar de que sus autos de carrera llevan la misma pintura naranja, reconocible en medio de cualquier ruta, admite que son dos tipos de piloto muy distintos: «Mi viejo pensaba mucho, era muy inteligente, cuidaba el auto», dice. «Yo me divierto, voy a fondo».

En 2008 se creó una copa que lleva el nombre de Orlandini padre. Si bien cada año el ganador de Caminos del Inca se lleva la copa a casa, debe devolverla para la siguiente edición. Solo aquel que iguale la marca de Orlandini Dibós, es decir, que gane tres veces consecutivas o cinco veces en total el rally, se hará definitivamente de la copa. Aunque el Mono confía en su propio camino como piloto, hacerse de este trofeo tiene un significado personal. «Es mi motivación extra», admite. Ya se está preparado para el rally 2013, en setiembre.

«Creo que la muerte de mi padre no ha influido en mi forma de ser como piloto», reflexiona Raúl. «Mi agresividad en las pistas hubiera sido la misma. Solo ha bajado con la edad: ya no quieres malograr el auto, ni golpearte», admite el piloto de veintiocho años. Recuerda que su padre siempre le pedía que se calme. «¿Para qué vas tan rápido? Los más lentos son los que van a ganar», le decía. Recién ahora lo está escuchando.

Kike Pérez y Kike Pérez Matos. En el nombre del padre

Cuando él era niño, las carreras se escuchaban por la radio: Kike Pérez se imaginaba a los pilotos como superhéroes y a los autos como monstruos sobre las pistas. Quizá por eso, y porque su propio padre murió cuando él tenía trece años, es que Pérez admiraba al padre de uno de sus amigos del colegio: el piloto Henry Bradley Barnett, cuyo hijo, el también llamado Henry Bradley, crecería para ser una de las leyendas del Rally Caminos del Inca. Pero por aquellos años, Pérez también pasaba horas en el taller de autos de carrera que funcionaba a espaldas de su casa en la calle Chiclayo, en Miraflores.

Su debut en las pistas se dio debido a otro tipo de admiración. Tenía veinte años y un auto deportivo convertible marca Morris Garage. En unas vacaciones de julio viajó hasta Piura. Si aceleró en el camino fue solo porque se movía persiguiendo a una enamorada. Entonces estaban por inaugurar el Golf de Piura con una carrera. «Y yo quería impresionar a la chica, así que me inscribí», cuenta. Pero fueron las carreras las que terminaron por enamorarlo aquellas vacaciones. Dos años después tuvo lugar la primera gran competencia internacional en Lima, las seis horas Peruanas en el Campo de Marte. Pérez la ganó. Y su trofeo, el Timón de Oro, puede verse en la recepción de las oficinas de Auto2013, programa automovilístico que se transmite por CMD y que él dirige y conduce.

Sin embargo, Kike Pérez Matos, su hijo, no recuerda a su padre como piloto. Nunca lo llevó a las carreras ni a los karts, ni le hizo probar un auto. Y el padre dejó de correr para dedicarse por completo al programa, que se estrenó hace 32 años. Curiosamente, el automovilismo no era un tema de conversación en la casa de los Pérez, y ni Kike ni su hermana mayor [la cineasta Enrica Pérez] o su hermano [Aníbal, psicólogo] se interesaban por la pasión de su padre. Él, por su lado, tampoco quiso incentivarlos a que corrieran: «yo sabía el riesgo que implica correr, y tenía miedo por ellos», admite Pérez padre.

Los grandes intereses de Kike hijo eran la publicidad y la pintura. Al salir del colegio, optó por estudiar lo primero, y posteriormente trabajó en algunas agencias. Pero no estaba contento. Buscando otros medios, inició una productora audiovisual con un socio. Entonces se acercó al programa de su padre. Realizó algunos trabajos para él, e incluso viajó en el que sería su primer Caminos del Inca para apoyar en la cobertura. A medida que pasaba más tiempo en las oficinas del programa, Kike entendió la fascinación de su padre por los autos.

En 2012, Pérez Matos asumió la co-conducción del programa. Y un año después, hizo su debut en las 6 Horas Peruanas del 2013. Actualmente, compite en el Campeonato de Turismo Competición en la categoría TC1600. Su primera fecha la cerró con un triunfo. «Desde que era chico me preguntaban si era algo de Kike Pérez… La decisión de correr también se dio para que los pilotos no piensen que solo soy el hijo», reflexiona Pérez Matos, a punto de entrar a narrar el programa que saldría al aire ese fin de semana. «Quería que vean que yo también agarro carro. Así mis opiniones tienen más peso. Pero además, ya me gustó». Y su padre, que hace algunos años había dejado que otros cubrieran los eventos del Circuito, ahora ha vuelto. Todos los fines de semana que Kike corre, llega desde su casa en Chosica hasta La Chutana, en la Panamericana Sur, para estar con él en el pit.