Un escarabajo de colección

Por Pablo Panizo / Fotos de Santiago Barco
Lo último que haría el abogado John Sánchez sería vender su viejo Volkswagen Beetle, el carro que recibió de manos de su padre, que lo acompañó alrededor del país, le abrió las puertas a la familia de su esposa y le permitió formar una comunidad de acción social. ¿Qué hace a un hombre amar tanto a un automóvil?
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Aunque resulte sorprendente, el carro que se construyó por encargo del genocida Adolf Hitler, en la Alemania nazi de mediados de la década de los treinta, ocupa tres cuartos de siglo más tarde un lugar único en el corazón de los peruanos. El Führer ordenó diseñar un vehículo para el pueblo: barato, ahorrador y resistente, y consiguió exactamente eso. Con el tiempo, lejos de la oscura sombra de su ideólogo, el Volkswagen Beetle fue durante décadas el vehículo favorito de los hogares de clase media alrededor del globo. Cuando se descontinuó su producción, en el 2003, se habían construido más de veintiún millones de ellos. En nuestro país, como en gran parte de Latinoamérica, tradujimos su nombre para hacerlo más nuestro, y el escarabajo se convirtió en un inolvidable personaje de los retratos familiares. A la casa de John Sánchez llegó uno cuando él tenía apenas seis años. Era 1985, pero el Beetle del 74 estaba intacto. «Fue la primera inversión de mi madre; con el tiempo le agarramos cariño. No podía imaginar un carro más elegante», recuerda. Estaba pintado de un imponente beige. Pese a ser un vehículo de bajo costo, sus curvas aerodinámicas, inspiradas en la naturaleza, le daban un aire de sofisticación que amaba.

John Sánchez creció soñando manejarlo. En su adolescencia acompañó a su padre al mecánico cada vez que el ‘vocho’ necesitó una reparación. Su tarea era asegurarse de que ningún mecánico cambiase piezas que no fuese necesario reemplazar. Era apenas un adolescente, y ya era un experto en el cuidado del viejo escarabajo; pero tuvo que esperar hasta los 18 años para poder ponerse al volante. Ya con la libreta electoral en el bolsillo, su padre lo llevó a las descampadas playas de Ventanilla, el mismo lugar donde su madre y su hermana aprendieron a manejar el mismo carro, y le confió la más preciada de sus herencias.

John Sánchez encontró en el ‘vocho’ un punto para unir gente, un objeto cuyo valor sentimental excedía con creces su valor en el mercado «Un escarabajo es una historia de familia», dice el coleccionista. «La gente se siente orgullosa de su Volkswagen. Te cuentan hace cuánto lo tienen, qué experiencias han pasado»

En adelante su Volkswagen y él se hicieron inseparables. En él enamoró a su esposa, Cristina López Miglo, hace diecisiete años, y en él se presentó en la casa de sus suegros un año después. Esa tarde le abrieron la puerta del garaje, y, mientras apagaba el motor ronroneante, pudo ver a la abuela de Cristina que le sonreía. «Me miraba muy tiernamente; yo me preguntaba qué estaría pasando», recuerda. La abuela había sentido hacia él una simpatía instantánea. El viejo ‘vocho’ que había heredado era exactamente igual al del abuelo de Cristina: modelo 74, beige. «Un escarabajo es una historia de familia», dice John. «La gente se siente orgullosa de su Volkswagen. Te cuentan hace cuánto lo tienen, qué experiencias han pasado, cómo lo obtuvieron». John encontró en el ‘vocho’ un punto para unir gente, un objeto cuyo valor sentimental excedía con creces su valor en el mercado. Eso buscaba exactamente para hacer acción social: gente que pudiese sentir que hay cosas que valen más que el dinero.

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En el 2006, John Sánchez fundó el Club de Aficionados al Vehículo Escarabajo del Perú [Caveperu]. Dejó afiches en cada escarabajo que encontraba en la calle, y, el primer fin de semana, reunió quince. El cariño hacia el escarabajo los unía en una comunidad, y John aprovechó esa fuerza para ayudar a los más necesitados. Al mes de fundado, el club realizó su primera acción social: partieron en una caravana de cincuenta escarabajos hacia el cerro La Milla, en San Martín de Porres, y subieron hasta donde el camino se los permitió. Luego caminaron hasta una comunidad ubicada en lo más alto del cerro cargando juguetes, ollas y comida para sus habitantes. Casi ocho años más tarde, la asociación tiene sedes en Tacna, Arequipa, Ica, Chincha, Huacho, Trujillo, Chiclayo, Piura, Chanchamayo, Huancayo, Huaraz, Ayacucho, Puno, Juliaca, Cajamarca y el Cusco. Más de cinco mil aficionados al Beetle están inscritos en Caveperu, y cerca de trescientos asociados dedican su tiempo a organizar eventos de confraternidad y acciones de apoyo social. La última Navidad se repartieron víveres y juguetes en sedes de provincia, y para este año escolar se prepara la campaña Vocheros Unidos por la Educación, que repartirá libros y útiles escolares en zonas de alta pobreza.

Desde que se prohibió su circulación como taxis, por ser un vehículo de dos puertas, los escarabajos son cada vez menos en las calles de Lima. Muchos se convierten en areneros, otros son dados de baja para siempre. Para John Sánchez, sin embargo, el amor por estos fieles vehículos no se agotará. «La única manera de que mueran los VW es que promulguen una ley que los saque de circulación. Para mí es impensable vender mi carro. Imposible». Para los amantes del escarabajo desprenderse de él es un escenario que nunca se plantearán. El cariño por ellos es un sentimiento que no morirá. No se puede matar a la familia.