Súper Papás

En el departamento de la familia Arbulú reina el silencio. Al menos por unos minutos. Pedro Arbulú está solo en la sala, pero pronto comenzarán a llegar, una por una, sus cinco hijas: Sol, Carolina, Mónica, Macarena y Thais. Han llegado todas, menos Sol, la hermana mayor. La bulla crece cuando se reúnen en la sala. Todas sentadas alrededor de su papá. Las anécdotas llueven entre carcajadas que, según ellas, son cosa de todos los días. Pero la que más llama la atención es la que cuenta el señor Arbulú. «Cuando cumplimos veinticinco años de casados, nos fuimos a un viaje largo, y siempre nos olvidábamos de la menor», confiesa Pedro, entre risas. «¿Qué?», se escucha desde el comedor. Thais ya conoce esta historia, pero se acerca a la sala para escucharla una vez más. Para los veinticinco años de matrimonio de Pedro y su esposa, Marisol, toda la familia viajó a Grecia. Thais, la hija menor de los Arbulú, tenía seis años y se había quedado dormida en el bus. Mientras todos bajaban hacia un tour en motocicleta, una pareja de holandeses preguntó de quién era la niña vestida de amarillo que dormía en uno de los asientos. «¡Thais! Grité, y fui a recogerla al toque», dice Pedro, entre las carcajadas de sus hijas. «Nadie se había dado cuenta, ni mi mamá», dice Carolina, mientras la maquillan. Historias así hay muchas: entre viajes familiares y reuniones diarias de las seis de la tarde. Para el señor Arbulú, criar a cinco hijas nunca fue problema. «Mucho de eso se lo debo a Marisol, ella siempre supo cómo hablarles», dice, sentado en su sala, tomando champan. Según los cinco, nunca hubo peleas ni malos tratos entre las hermanas. «Paramos juntas. Yo casi no tengo amigas», se le escucha decir a Carolina, y las carcajadas estallan en la sala. Para Aurelio, una de las cosas más admirables de su familia es que sus hijas son amigas inseparables. El señor Arbulú es un hombre elegante, que disfruta del orden, la buena comida, las catas de vino y el arte. Todos estos gustos los comparte con sus hijas. El buen champán, por ejemplo, es lo que se disfruta hoy en la casa. Los ratos de ocio son para conversaciones familiares en la sala, riéndose y recordando anécdotas de toda una vida juntos. Eso es lo que prefiere Pedro. Eso es lo que le ha inculcado en sus hijas. —¡Papi!— dice Sol, la hija que faltaba. Acaba de llegar a la casa y se sienta en el extremo del mueble. Ahora las carcajadas se hacen cada vez más fuertes. Sol y Carolina han comenzado a contar esas historias que no llegaron a vivir sus hermanas menores. «¡Mi papi hasta las últimas ha querido un hijo!», dice Sol. «¡Si toda la ropa de Macarena era azul!». Macarena, la penúltima hija, voltea entre risas. Carolina entonces cuenta que Macarena fue la única que nunca tuvo ropa rosada. La penúltima hija se ríe con sus hermanas y pone su brazo sobre los hombros de su padre. «Al final, mi mami terminó poniéndole blondas a toda la ropa azul de Macarena». La bulla está al máximo cuando las chicas se preparan para pasar a tomarse la foto. Según ellas, las blondas de los trajes de bebé de Macarena no fueron tan malas como lo que pasó con Thais. Diciembre, 1993. Marisol entró a la sala de parto mientras Sol se graduaba del colegio. Pedro se quedó con su hija mayor, mientras Marisol y la hermana de Pedro iban al hospital. Cuando la ceremonia terminó, Pedro llamó a la clínica, y habló con su hermana Paloma. «¡Ya nació, Pedro!» le dijo su hermana. Lo único que atinó a decir el señor Arbulú fue: «¿Y, es hombre?». Las risas estallan, pero el señor Arbulú asegura que está feliz con sus cinco chicas. Es la lealtad y la alegría de cinco mujeres reunidas que hace que a Pedro se le dibuje una sonrisa en el rostro cada vez que habla de alguna de ellas

Acá ahorita sale un Harlem Shake buenazo», dice Andrea, la sexta hija de Aurelio Gonzales-Vigil, mientras acomodan a todos para el retrato en el jardín de la casa de una de las gemelas mayores, que acaba de dar a luz al décimo primero nieto de la familia –el décimo segundo nació la semana después a esta entrevista. Los Gonzales-Vigil son una familia numerosa por definición. Aurelio es el mayor de más de cuarenta primos hermanos, hermano mayor de una familia de siete, hijo mayor de un padre con doce hermanos y esposo de Pili Bentín, parte de una familia también de siete hermanos. «Siempre quise una familia grande, ya estoy acostumbrado, desde chico, a estar con gente alrededor». Aurelio vive desde hace cuarenta años en Lurín, al sur de Lima. Para él nunca fue una alternativa vivir en la ciudad. Habiéndose dedicado a la cría de animales como gallos de pelea y caballos toda su vida, el campo y la tranquilidad que ofrecía este lugar eran la mejor opción para vivir, y también para criar a una familia. Todos están en diferentes partes de la casa. Las gemelas, Pamela y Ariana, están adentro, cuidando de sus hijos. Carolina, la tercera hija, y Daniela, la quinta, no pudieron llegar por emergencias familiares y viajes. Pero el resto de la familia está aquí: Juan Diego, el cuarto de los hijos, futbolista profesional y fanático de los autos como su padre, conversa con sus hermanas Andrea y Alexia, las dos últimas mujeres antes de José Aurelio, el hijo menor de la familia. «Yo quiero tener cuatro hijos», me dice Andrea, economista de veintitrés años y orgullo de Aurelio. «Esto viene de familia, mis padres me lo inculcaron a mí y yo se lo he inculcado a mis hijos. Este amor por la vida en familia es lo más importante». Aurelio es un padre activo, campeón nacional de piques, un deporte que practica con sus hijos, especialmente con Juan Diego. En día de carrera, Juan Diego es su primer ayudante. Cuando tenía diez años, Juan Diego y Pipo, su mejor amigo del colegio, le hicieron un dibujo del Studebaker Commander del 53 que manejaba su padre. Era un dibujo pensado en un carro que iba a correr una categoría de diez segundos. «Los escapes, las ruedas, todo estaba diseñado para eso. Me reí, y lo guardé». Al pasar los años, padre e hijo se mentalizaron en hacer el carro más rápido del Perú. Y en 2010, que debutaron, Aurelio ganó en la categoría diez segundos, la más rápida del certamen. Un día, rebuscando entre sus papeles, Aurelio encontró ese dibujo y ahora es parte de la decoración de la casa. Para Aurelio, ninguno de sus hobbies sería tan divertido si no tuviera a sus hijos involucrados. La relación familiar siempre fue algo que encandeció a Aurelio. «Cuando conocí a Pili, lo primero que me fijé fue en la relación que ella tenía con sus padres y sus hermanos. Era el complemento exacto para formar una familia donde el amor de familia fuera el pilar de lo que tú vas a formar». Aunque la logística de tener ocho hijos nunca ha sido fácil. «He tenido cuatro casas rodantes, estos cámpers, en el tiempo de mis hijos. No entraban en un carro», dice Aurelio, mientras caminamos por el jardín. El cámper de la familia Gonzales-Vigil ya era conocido en el vecindario. Era la única manera de llevar a toda la familia a cualquier lugar. Aurelio recuerda el cumpleaños del hijo de un buen amigo de la familia. Hacia el final de la fiesta, el cámper estaba al fondo de la casa, el jardín ya estaba oscuro, y Aurelio reunió a todos sus hijos para regresar a su casa. «Comencé a subir chibolos al cámper. Y cuando ya estábamos como a tres cuadras, uno de mis hijos me dice: «¡Papá! ¡Fernandito está acá!». Paré, abrí la puerta y el hijo de mi amigo estaba en el carro». Aurelio carcajea cuando se acuerda. Estas pequeñas anécdotas, para Aurelio, añaden alegría a su pasado y al presente que vive siendo el padre y protector de la familia que siempre quiso tener.