Partera por instinto

Andrea Bettocchi

Por Ornella Palumbo / Fotos de Augusto Escribens
Hace cinco años, la periodista y conductora del programa de televisión 3G decidió convertirse en doula o partera. Desde entonces ha acompañado más de veinticinco partos naturales, que –asegura– le han causado más gratificación que cualquier trabajo. Ni su paso por canal N, El Comercio y la BBC de Londres fue tan intenso como ver nacer a un niño. Con 36 años y tres hijos, Andrea Bettocchi apuesta por dar la voz al instinto maternal que la sociedad moderna se empeña en acallar. Para cumplir con esta vocación son necesarias las mismas habilidades que exige el periodismo: curiosidad, maña y tenacidad.
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Si el teléfono sonara a las tres de la mañana, Andrea Bettocchi besaría a sus hijos Kira, Zuri, Amaru y a su esposo, y saldría corriendo de la casa rumbo a una habitación donde encontraría a una mujer jadeante antes de dar a luz en un parto natural. De su boca saldrían palabras que la parturienta necesita oír: tranquila, todo va a estar bien, respira. Luego repetiría el procedimiento con el padre nervioso. Cuando la escala del dolor llegara a siete de dilatación y la jefa de enfermeras se acercara a preguntar la dirección a la madre o algún otro dato de rutina, Andrea sugerirá con astucia que quizás ese no sea el mejor momento, que esperen juntos a que pase la contracción. Ella está ahí para recordar a la madre –y a todos los que allí están– que las mujeres tienen un instinto sabio que es suficiente para ser mamá y que es bueno respetarlo, porque un parto natural y sin violencia puede definir la vida del bebe.

La manera como uno entra en esta vida puede definir cómo va a terminarla. Según los estudios del doctor Michelle Odent, un obstetra francés que ha dedicado su existencia a defender los partos respetados –es decir, sin cesáreas innecesarias ni recibimiento hostiles entre luces, ruidos y condiciones a los que el bebé no está acostumbrado-, los traumas del alumbramiento y los minutos posteriores pueden devenir en toxicomanía, anorexia, autismo y hasta en suicidio en la adultez.

La presencia de Andrea Bettocchi en aquella estancia para el alumbramiento sería casi etérea y silenciosa. En su cabeza recordaría toda la información que ha recabado sobre un parto bueno, sin embargo hablaría solo si se lo piden. Jamás pelearía con el personal médico. Caminaría, cantaría por horas, o haría masajes únicamente si la mamá lo solicita. «No existo hasta que quieras que exista», dice ella, mientras sostiene en brazos al pequeño Amaru, que tiene tres meses de edad y nació naturalmente de tres pujadas. Una semana antes de que su segunda hija Kira naciera, Andrea decidió convertirse en doula. Esta palabra que proviene del griego estuvo asignada a las esclavas que atendían partos, y en la actualidad nombra a las mujeres que acompañan a las parturientas dándoles apoyo emocional.

«Es dejar a tus hijos por una mujer que no conoces y tratarla con amor. Vas a formar parte de su historia para siempre», dice Andrea Bettocchi, quien se aventuró en esto para no repetir la experiencia de su primer alumbramiento. Por aquel entonces, la primeriza Andrea de veintisiete años estaba en Londres, donde los obstetras conectan un catéter desde la médula hasta el cuello y dan la potestad a la madre para que ella misma se administre dosis de anestesia epidural. A cada dolor, un disparo. Andrea, tras veinte horas de trabajo de parto, entre el pánico y el dolor, disparó cada vez con mayor frecuencia, y, aparentemente, sus músculos se adormecieron al punto que le fue imposible pujar, y tuvieron que practicarle una cesárea de emergencia que desmoronó su sueño del parto natural y le causó mucho dolor en la recuperación. «Quería apoyar para que la gente no viviera lo que viví yo», recuerda Andrea. Ella comenzó a investigar. Hasta que conoció a Angela.

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Pakarii, casa de nacimiento

Angela Brocker es una doctora alemana que estudió medicina entre el Perú y México. Después de trabajar en las áreas de maternidad de hospitales peruanos, donde las directivas del cuerpo materno eran las menos tomadas en cuenta y donde los niños nacían en la hostilidad de una fábrica, decidió abrir la casa de nacimiento Pakarii en 1995. Tanto ella como Andrea explican que un parto violento no significa que habrá una agresión adrede de por medio, sino que hay que imaginarse la siguiente escena: un bebe que se preparaba para salir tranquilamente por el conducto de su mamá es de pronto atajado por un corte de bisturí y arrebatado de su silenciosa, cálida y oscura placenta para ser colocado frente a una luz intensa en medio de gritos, manos extrañas, trapos que rozan la piel ignota. El niño apenas recibirá un beso de su mamá antes de que lo coloquen en una cuna plástica, lo pesen, lo midan, le hinquen un tobillo para sacarle sangre y lo depositen en un cuarto lleno de otros bebes que berrean. En Pakarii se promueven partos diferentes, respetados.

En sus instalaciones, la sala de partos es tal como una habitación conyugal. Hay una cama con sábanas de rayas, un velador, una radio, una mecedora. También hay una viga de madera con un manto andino colgado, por si la mamá prefiere tomarse de él para dar a luz de pie favorecida por la gravedad. El siguiente ambiente es un baño con una amplia tina donde papá y mamá pueden estar juntos para alumbrar a un bebe bajo el agua. Cada parto será atendido por la doctora Angela Brocker y una doula, en Pakarii o en la casa de la pareja. Las doulas o parteras también acompañan a mujeres en clínicas u hospitales.

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Cuando Andrea Bettocchi –con nueve meses de embarazo– decidió seguir el curso intensivo de un fin de semana para convertirse en doula, Angela le advirtió que en cualquier momento podría entrar en trabajo de parto no por la fecha sino por el efecto psicológico o el instinto. Efectivamente el domingo a las dos de la tarde, de tanto hablar de partos felices, Andrea se fue a parir y su compañera Marlene la acompañó. «Tuve un parto vaginal porque estaba la doula ahí, porque los doctores ya estaban con cuchillo en mano», dice Andrea, después de asegurar que una de las cosas que el desarrollo de la civilización ha acallado en las mujeres es, precisamente, el instinto. «Una cree que tiene que aprenderlo. Tanto te han dicho que tienes que leer, instruirte, que te olvidaste de escuchar a tu cuerpo», remata la triple mamá.

El primer parto que ella acompañó fue uno en casa y bajo el agua, especial y bonito. Al principio no sabía qué hacer hasta que decidió confiar la misión a su intuición. Observó que la embarazada se calmaba cuando la tocaban, así que la masajeó durante tres horas. Cuando el niño salió, la emoción concibió varias lágrimas en los ojos de Andrea. Y ahí –dice– supo, como a través de una epifanía, que eso era lo que quería hacer en el futuro: ayudar a más gente a nacer así.