Para conocer el mundo hay que viajar ligero

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Javier Ampuero

Un cocinero y las mujeres prohibidas

Yo siempre he viajado a ciudades cosmopolitas, muchas veces como chef, otras como turista. Fui a Qatar el año pasado para un festival gastronómico. Luego de diez días de trabajo, tuve la posibilidad de ir a Dubai, en los Emiratos Árabes Unidos, de vacaciones y tomé un vuelo barato ya que estaba cerca. Es otro planeta: sus edificios son impresionantes, gigantes y de arquitectura alucinante. Dubai es una ciudad carísima pero el peruano nunca se muere de hambre, esté donde esté. Yo llegué a Dubai con ganacias que tuve en Qatar y pude alojarme en Jumeirah Beach Club Resort & Spa, que es uno de los mejores hoteles del lugar, pero igual era difícil mantenerse. Afortunadamente no gasté tanto, a mucha gente que conocí en Doha los encontré en Dubai y me invitaban a salir, a bailar, siempre entre extranjeros. Igual había lugares a los que no podías acceder porque, solo con mirarte, ya intuían que no podías comprar nada. Ahí solo llegaban jeques y sus esposas que, al quitarse la burka, vestían lo mejor de la moda mundial.

En Dubai, lo que me tuvo en shock fue el tema cultural. No podía mirar, ni saludar a una mujer. Fue muy raro para mí ir a una discoteca y ver que los hombres bailaban solos por un lado y las mujeres entre ellas en otro ambiente. No pude conocer a ninguna chica. La mujer en Dubai tiene prohibido hablar con un occidental. No podía vestir de una forma que significara una falta de respeto a las formas musulmanas. Incluso no podía visitar mujeres solteras, así sean extranjeras: quise visitar a dos chicas peruanas que trabajaban en una aerolínea y tuvieron que solicitar un permiso especial para que yo pueda ir al hotel a almorzar con ellas. Hay muchos peruanos que viven ahí, con costumbres peruanas, pero en privado: en los lugares públicos debes acatar las reglas.

Si todas las mujeres usaban burka para cubrirse, las mayores usaban por debajo, a la altura de la boca, una mascarilla de acero para que ni siquiera pudieras sentir su aliento. En una ocasión, me presentaron a una pareja de musulmanes y, luego de saludarlos con cierta distancia, me fijé en los ojos de la mujer y me impactaron. Me advirtieron: deja de estar mirándola porque si se incomoda y se queja, el lomo saltado que quieres preparar estará hecho de tu carne.

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Manongo Mujica

El músico que buscaba silencio

Yo buscaba encontrar mi naturaleza y descubrí Cahuachi, en pleno desierto de Nazca. En la década del setenta, Ana María Cogorno me habló del lugar. Cuando llegué no había nada. Ahora han logrado restaurar una pirámide, pero en ese entonces solo era un largo desierto. Me interné ahí por un mes, yo solo, con mi carpa, mis instrumentos musicales, frutas y mucha agua. Existió una sensación que se produce al estar en la más completa soledad, en la nada y sin depender de nadie: debes ingeniártelas para sobrevivir. Se genera una especie de conexión con el vacío. Eso es fascinante cuando debes silenciarte y afinarte a la vibración de otro espacio. El reto es mantenerte en silencio contigo mismo y hacer la música que corresponde a ese sitio. Eso me convirtió en un apasionado de la zona, me di cuenta de que mi verdadera esencia era este paisaje. De niño mi padre me llevaba al desierto y yo tenía impresiones de estar solo y sentirme maravilloso frente a lo desconocido. Esa idea me persiguió toda la vida.

Para mí, la belleza está en los desiertos. El año pasado hice un viaje a Marruecos junto a mis hijos. Nos quedamos cinco días en las dunas del Sahara, paseando a camello. Es espectacular, pero yo me quedo con Nazca. Durante años tuve un creciente interés en el concepto del paisaje sonoro, siento que la gente de la ciudad no se abre a eso porque estamos tomados por nuestras preocupaciones; pero cuando tienes una vivencia en el desierto, de pronto te silencias. Como músico, aprendí a escuchar el paisaje y tocar lo que me daba. Sentía que el lugar perfecto para mostrar este concepto era Cahuachi. Entonces, fui con un equipo de filmación de diez personas y un arqueólogo, nos quedamos quince días bajo el fuerte sol y con horarios que comenzaban a las cuatro de la mañana para captar las primeras luces del amanecer. Llegamos a una duna de quinientos metros, instalamos luces, sonidos e instrumentos; y cuando ya estábamos para filmar, una ráfaga de viento se lleva todas las luces y mis instrumentos al abismo. Eso es Cahuachi. Ese lado que muy poca gente conoce, es lo que me interesa porque es la parte más extrema del sonido. Esa experiencia me dejó como resultado una película, Autorretrato Sonoro, que se estrenó en el festival BAFICI, en Buenos Aires, hace dos años.

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María Luisa del Río

La mochilera incomunicada

Era 1991 y había llegado a Europa con un grupo de amigos, todos entre veintidós y veinticuatro años. Mi intención era visitar a una amiga en España y luego viajar con ella, mi prima y tres amigos. Salimos de Madrid y durante cinco semanas pasamos por Barcelona, Toledo, París, Ámsterdam, Bruselas, Roma, Venecia, Nápoles y una isla griega llamada Sifnos. Partimos de Brindisi con el boleto más barato y casi nos morimos del frío, ya que tuvimos que dormir en la cubierta. Como era verano, la isla estaba repleta de gente y no encontrábamos alojamiento por ningún lado, hasta que un griego barrigón con una casa linda nos dijo que tenía espacio en su huerta. Ahí metió camas y colchones, y ahí estuvimos no más de tres días. Súper precario. Pero estábamos en Europa, que era lo que queríamos.

Así anduvimos, comiendo pan con jamón y queso de las tiendas, aguantando el día, comprando los boletos más baratos de todos. Nos trataron mal alguna vez en algunos museos a los que fuimos en Ámsterdam o París. En París sentí un poco de discriminación: al entrar a una tienda, la dependienta nos dijo que si tocábamos alguno de sus productos en venta lo comprábamos. Me resultó un poco hostil, pero entendí que hay ciudades en las que es mejor tener plata, como en Madrid, París, Manhattan o Tokio. A diferencia del campo, donde la gente es cálida, en una ciudad todo es más duro.

Inicialmente, pensé el viaje por seis semanas. Ya tenía comprado el vuelo de regreso. En esa época no existían las ventajas para comunicarse que hay ahora. Intenté llamar a casa y no podíamos llamar a Perú por collect call, no confiaban en que pagaríamos, debíamos hacerlo con plata en mano. Pude llamar recién después de tres semanas y me enteré de que el papá de mi novio, con quien ya tenía muchos años, había fallecido cuando recién tenía días en Madrid. Y recuerdo esto porque eso no pasaría en estas épocas, donde no existe la incomunicación radical. Fue duro enterarme de esa forma porque no solo estuve ausente sino desaparecida del todo. Eso me hizo volver una semana antes de lo esperado. Recuerdo haber regresado en un vuelo de Iberia, echada en una línea de tres asientos en el avión, durmiendo todo el viaje. Eso es algo que tampoco pasaría ahora.