El chico intrépido del polo

Por Allison Valladolid / Fotos de Alonso Molina
Santiago Casartelli tiene veintiséis años y lleva la mitad de su vida jugando polo. Aunque tiene múltiples lesiones, se rehúsa a abandonar lo que él llama ‘su estilo de vida’. Para Santiago, el polo no es solo un juego.
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El verano del 2012, Santiago Casartelli fue confundido con un asesino en serie. Sucedió en el aeropuerto de Guadalajara, ciudad a la que había llegado para un torneo de polo. «¿Qué trae en esa maleta?», le había preguntado un policía de migraciones, extrañado por el tamaño de su equipaje.

— En la primera, oficial, todo lo que un polista necesita: un par de botas, casco y varias camisetas estilo pique, esas que tienen un caballito bordado en el pecho, respondió Santiago.

No habría pasado de una anécdota de rutina, si no fuera porque frente a la segunda pregunta del oficial «¿Y qué lleva en la más grande?», Santiago respondió, riéndose:

—Un cuerpo sin vida.

Al policía no le gustó la broma, así que sacó su walkie-talkie para gritar un extraño código en inglés. Santiago cuenta que después tres hombres fornidos lo llevaron hasta un cuarto oscuro, donde lo interrogaron hasta que no quedara la menor duda de que aquel chico de veinticuatro años no tenía nada fuera de la ley. Aunque aquella respuesta solo había sido una broma, Santiago aprendió algo de esa incómoda experiencia: con el polo no se juega, siempre hay que tomarlo en serio.


El polo y el fútbol se parecen en que los jugadores de ambos deportes van detrás de una pelota. Pero lo que hace al primero un deporte extremo, es la fuerte dosis de adrenalina y el grado de dificultad con la que se realiza. Tiene un aura de deporte sofisticado, pero también es uno muy complejo: seis jugadores por equipo se enfrentan en un ambiente que es seis veces más grande que una cancha de fútbol, tratando de meter goles con un taco similar al del golf, montados en un caballo de 500 kilos que trota a 65 kilómetros por hora.

Santiago Casartelli creció viendo cómo sus amigos más cercanos se enamoraban de este deporte tan peligroso como elegante. Después de varios años como polista, siente que lo que empezó por pura curiosidad, terminó convirtiéndose en una forma de vida. Recuerda con nostalgia sus épocas de principiante, cuando la única ventaja que tenía era haber practicado equitación desde pequeño.

Con el tiempo, aprendió que para ser un buen jugador de polo, no solo se requiere de gran habilidad para controlar al caballo, sino también saber controlar las emociones. «Hay que ser intenso en el juego, pero estar calmado mentalmente», dice Santiago. «Al ser un deporte riesgoso, la gente pierde los papeles fácilmente y abandona la carrera».

A pesar de llevar una vida muy activa, Santiago se considera un chico bastante tranquilo. Su rutina diaria consiste en cumplir con diez horas de trabajo en una granja, preocuparse por comer sano y mantenerse en forma. A simple vista, la manera en que Santiago vive sus días podría resultar monótona, pero a él parece importarle poco. No quiere ser el típico chico que juega un deporte de élite y que cuida su imagen a cada milímetro. Por el contrario, es un rebelde que se corre de los estereotipos. Para él lo que importa es ganar.

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El polo exige paciencia. A Santiago le demoró dos años ganar su primer partido. Con el tiempo, aprendió a odiar la derrota. Gracias a esa filosofía, ahora lo reconoce, pudo ganar el campeonato Abierto de Polo Peruano por tres años consecutivos desde el 2010. También ha sido coronado campeón nacional de polo y ha ganado varios torneos abiertos. Hace unos años, cuando convirtió en líder, sintió orgullo, pero también le sobrevino una fuerte carga de responsabilidades. «Era un chiquillo dando instrucciones o regañando a señores de que me duplicaban la edad y la experiencia».

Santiago intenta contar con los dedos todas las veces que un caballo le ha tumbado de la silla de montar o ha quedado inconsciente debido a un fuerte golpe en la mano. Pronto se da cuenta de que no le queda ni un solo dedo alineado debido a las lesiones. «Toda pasión es excluyente- dice- hay que estar dispuesto a los sacrificios».