El arte no tiene patria

Escribe: Rebeca Vaisman

En setiembre de 2010, Thais Kouri dejó Perú y llegó a Barcelona para quedarse. No era su primera visita: en realidad, le tomó seis años después de conocerla «encontrar el motivo para partir». Kouri se inscribió en un curso de especialización de fotografía de autor en el Instituto Superior de Diseño y Escuela de la Imagen. Desde entonces, dice, su vida en la ciudad catalana es una constante búsqueda. «Ha sido un tiempo para descubrirme», arma. Estos tres años los ha dedicado a estudiar. Luego de ese primer curso, postuló y ganó una beca en esa misma institución. Tras completar el segundo curso, se inscribió en otro, uno de Fotografía Aplicada, que acaba de concluir. A la vez, Kouri ha trabajado como fotógrafa freelance cubriendo bodas y todo tipo de eventos, haciendo fotos de bebés y de moda, y asistiendo a otros fotógrafos. Pero sus proyectos personales están dedicados al autorretrato. Kouri arma que su proceso de creación ha pasado de ser «inconsciente a ser consciente. De ser disperso a ser directo». Ahora, su fotografía tiene una forma de ser. Y es ella misma la que puebla sus imágenes. «Mi vida en Perú era como una masa en un molde, a punto de entrar al horno», reexiona la artista de veintinueve años desde su casa en el Barrio Gótico, uno de los más vitales y bohemios de la ciudad. Muchas veces trabaja en su departamento. Otras, en los estudios de la escuela. Y no pocas veces ha aprovechado algún café o restaurante como espacio de trabajo. «Aquí, están mi profesión y mi pasión. Pero en Lima está lo que más quiero: mi casa, mi infancia».

El año pasado, cuando hizo su primera muestra en Lima, David ink Yi contó a la revista Cosas que fue debido a la soledad, la necesidad, la nostalgia y la lejanía a las que se enfrentó en Alemania, muy joven, que empezó a cuestionarse sobre su identidad. De abuelo paterno alemán y madre china, y habiendo nacido y crecido en Perú, decidió probar suerte en Europa a los dieciséis años cuando sus padres se mudaron a Kenia. A pesar de que su intención era estudiar Cocina, fue el arte lo que le permitió explorar mejor sus preguntas. «Creo que todo cuestionamiento de este tipo encuentra una manera de expresarse», dice ahora ink Yi, desde Berlín. En su caso, empezó a pintar sin pensar mucho sobre lo que hacía. «Nunca lo vi directamente relacionado a mis re exiones, sino como algo paralelo», comenta. Fue mucho más tarde, cuando hizo su primer trabajo de video [LA SALSA, en 1998], que descubrió que todo su cuestionamiento ya había comenzado desde aquella época, y que aquel proceso era el mismo. La experiencia de haber crecido entre familiares de lugares tan distintos fue un descubrimiento importante durante sus primeros años en Alemania. Para ink Yi, la historia de generaciones peruanas «está llena de este gran ujo de in uencias». «No considero que sea algo únicamente peruano, y mucho menos algo mío, pero en Alemania sí contrastaba mucho con la gente que conocía», cuenta el artista. Ha expuesto en Los Ángeles, Berlín, Colonia, úrich y Nueva York. Ha hecho escultura, instalación, fotografía y video. Y quizá este paso por distintos formatos sea otra forma de manifestar sus re exiones sobre su identidad. «Creo que puede interpretarse así», re exiona. «Si bien yo no me considero un artista conceptual, creo que los proyectos demandan cada uno su forma y el material necesario. Esto se da en una manera intuitiva, pero me cuesta mucho recurrir a los mismos materiales o ideas». Sus padres regresaron a Perú a nes de los noventa. Y aunque su carrera se inició y desarrolló en Alemania, ink Yi vuelve constantemente para realizar proyectos en el país. «Es muy importante mantener una actividad artística en todo momento, y sería imposible no hacerlo en el lugar donde nací y me crié», asegura. David ink Yi escribe desde Berlín, adonde ha vuelto tras un breve viaje a Basilea, en Suiza. Desde ahí ensaya una última re exión: «El arte no tiene nación. El arte siempre es la búsqueda, la necesidad de borrar fronteras, de deconstruir límites», naliza. «Un concepto de nación o de marca, como se da en una estrategia de mercado, es lo menos indicado para de nir un trabajo artístico», a rma el artista ¿peruano? ¿alemán? Artista, a secas.

Su padre era italiano y su madre es peruana. Lina Buso nació en 1982, en Lima. Cuando era niña pensaba estudiar Derecho. Pero una vez que empezó a pintar a los once años, no dejó de hacerlo. Y después de la muerte de su padre, lo hizo «de manera obsesiva». No había terminado la secundaria, pero Lina ya se había convertido en la alumna más joven —y la asistente del profesor, el artista Lucho García-Zapatero— en la Escuela Corriente Alterna. Al terminar el colegio, Santiago de Chile se le presentó como una oportunidad irresistible: «Sentía que para desarrollarme mejor como profesional tenía que salir», recuerda Lina. «No solo porque en ese momento me pareció que el círculo del arte era aún muy pequeño en Lima, sino por un tema emocional. Necesitaba conocer otros lugares, aunque fuese aquí, al lado». Con solo diecisiete años, Buso llegó a Chile y empezó sola su vida de artista.

«Santiago es una capital individualista, llena de gente transitando metida en sí misma. Me costó mucho hacer amigos», explica la artista de treinta años. Hoy, el medio chileno la reconoce por su re exión antropológica y visual del mestizaje cultural: partiendo de una pintura muy clásica, Lina Buso va agregando pequeños símbolos a manera de mensajes secretos que establecen una relación temporal y cultural con el imaginario peruano. Una de sus series más conocidas es la reinterpretación de las fotografías de Martín Chambi. «Chile no tiene nuestro anclaje histórico; el santiaguino cree que indigenismo es retroceso», asegura Lina. «En Perú, nosotros convivimos con nuestra cultura mestiza. Es un pop-religioso, medio pachamánico, alegre, fuerte y barroco. Ahora lo veo claramente en mi proceso creativo. Y aquí me caracterizo por eso, pero desde una perspectiva muy contemporánea». Trece años han pasado desde que se fue de Perú. Estudió la carrera, hizo un diplomado en teoría del arte y es magister en artes visuales. La prensa cultural chilena suele presentarla como una artista ítalo-peruana. A Buso esto le sorprende y le da risa. También la hace re exionar. «De alguna manera tiene más sentido para la gente acá si hacen esa precisión. Se entiende mejor mi obra», dice Lina. «Pero a mí me encanta ser peruana y no cambiaría mi nacionalidad por nada: es un plus para mi arte, me da el bagaje histórico que necesito». La artista planea una visita de trabajo a Lima para fines de 2013 donde espera concretar, por fin, alguna exposición en su ciudad natal. «Mi papá hablaba italiano, pero yo me sentía peruanísima, aunque de alguna manera compartida. Quizá esa dualidad temprana hizo que cuestionara mi propia sociedad», finaliza Lina. Ahora que está lejos, dice, ve todo con más claridad.