¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Tres palabras. Intercambiaron exactamente tres palabras antes de que Jason invitara a Valeria a su primera cita. Fueron novios durante un año, pero ellos siempre sintieron que estaban casados.

Se conocieron el 29 de febrero de 2008. Ese día, nada pasó. Dos semanas después, se encontraron en un bar. A través del bar, no se podían dejar de mirar. Literalmente. Los 1.84 de altura de ella y 1.95 de él solo divisaban el rostro del otro, entre el mar de cueros cabelludos que oleaba a unos 20 centímetros bajo el nivel de sus vistas. Ella se le acercó y posó su botella de cerveza en la mesa de él. Ella esperaba un hola. Él, en cambio, la invitó al cine. «Vimos Petróleo Sangriento», dice entre carcajadas la fotógrafa peruana Valeria Chávez, sobre la primera cita con su ahora esposo de tres años, el también fotógrafo Joshua Day.

Ninguno de los dos practicaba la fotografía cuando se conocieron. Ella trabajaba como diseñadora gráfica y él en una productora. Pero la fotografía siempre había sido la pasión de ambos. «Los dos nos alimentamos de ese sueño que habíamos dejado de lado», me explica Jason. Si no hubiese sido por ese encuentro, dicen ambos, tal vez nunca habrían dado el salto para dedicarse a lo que de verdad querían hacer.

Hoy, la pareja tiene una hija de un año, Amélie; una perra de casi tres años, Lulú; y un estudio de fotografía, Amarcord Estudio.

Pero incluso con sus tantas responsabilidades, la pareja siempre se da tiempo para disfrutar. Hoy, Valeria y Joshua parten a Puerto Viejo, una playa al sur de Lima. Se quedarán allá todo el día corriendo olas, algo que hacían juntos todo el tiempo cuando eran novios. «Tenemos que planear este tiempo juntos cada vez que se pueda», explica Valeria.

«Nosotros estamos viviendo nuestro sueño», comenta Joshua. Su brazo larguísimo se posa alrededor de los hombros de su esposa, y un beso en la mejilla lo sigue. «Encontrar a alguien que comparte tu visión de la vida y que te impulsa a realizarte como persona es simplemente increíble».

Su primera cita fue en la boda de un amigo que tienen en común. La segunda y la tercera también. Desde un comienzo, dicen, era obvio que el destino de ambos era el matrimonio. No tiene duda de eso.

Jaime Pesaque es uno de los chefs más reconocidos y ocupados del país. Trabaja unas dieciocho horas diarias, pero reserva los domingos para su esposa, la psicóloga Francesca de Orbegoso, y para Michella, su pequeña de tres años.
Jaime y Francesca crecieron en el mismo barrio de La Molina. Jaime es seis años mayor que Francesca, así que, mientras vivían en el barrio, el cocinero nunca la vio como nada más que una de las niñas de la cuadra. Pero, años después, cuando ambos estaban en sus veintes, la atracción surgió. Y con eso comenzaron las salidas. «Concordamos en el matrimonio de un amigo, y nos divertimos mucho», recuerda Jaime. «Después de eso, la invité a otro matrimonio». En total, Jaime y Francesca fueron a diez matrimonios juntos, en un lapso de dos meses. «No la notaba muy convencida al principio, así que tenía que conquistarla», dice Jaime, mientras su esposa lo contempla con una sonrisa en los labios.

Hoy en día, la pareja ahorra tiempo y energía para disfrutar juntos. Si bien los domingos son familiares, los momentos especiales para la pareja llegan usualmente en tierras lejanas. Jaime y Francesca no se toman días libres muy seguido. Prefieren juntar días y viajar a lugares que aún no conocen o que conocen y saben que disfrutan. A fines del año pasado, fueron a Disney World para que la pequeña Michella conozca a Mickey Mouse. Después de ello, la pareja partió para la ciudad de Nueva York a pasar algunas veladas románticas en la Gran Manzana. «Hace poco también fuimos a la selva, nos encanta andar de un lado a otro», dice Francesca.

Jaime y Francesca hacen todo lo posible por estar juntos. «He adelantado mi día para poder llegar temprano a casa y estar con ella», explica Jaime. Francesca lo contempla, y recuerda la propuesta de matrimonio mientras ambos ven a Michella jugar en el jardín. «Fue una sorpresa, me metí al baño a llamar a una amiga para contarle lo que había pasado, porque no sabía si era broma o verdad». Se comprometieron ocho meses después de aquel reencuentro. Y de repente, entre tantas invitaciones a matrimonios de amigos, la última boda a la que Jaime invitó a Francesca fue a la de ellos.