Cómo convertir emociones en joyas

Por David Gavidia / Fotos de Alonso Molina
Roxana Pardo y Carolina Yagi son dos diseñadoras de joyas que coinciden en algo: el valor de una pieza no solo está en lo suntuoso que es el oro, la plata o una piedra preciosa, sino también en el esfuerzo que significa diseñarla, en las emociones y los recuerdos que queremos comunicar con ellas.
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No lleva lujos, tampoco habla de diseños ostentosos. Más bien mira con admiración a aquellos artesanos que fabrican shakiras, pulseras playeras y aretes de concha de nácar que tienden sus tapetes sobre la arena en los balnearios. Roxana Pardo es una joyera que se define como una hippie chic, una mujer que vive de los brillos y las luces de las piedras que acompañan los vestidos de las novias, pero que prefiere llevar sobre sus brazos las soguillas y los cueros de una bisutería artesanal.

«No es mi estilo andar todo el día enjoyada. Prefiero usar objetos que me traen recuerdos», dice. Lleva una pulsera que le regaló su madre, otra que compró en Argentina, en la feria de antigüedades de San Telmo. «Uso cosas que tienen buena carga sobre mí», insiste mostrando sus adornos. Junto con ella aparecen sus trabajos en cristales o circones, en piedras semipreciosas bañadas en plata o en oro. Además de sus obras que rozan lo rústico a base de lana, soga y cuero.

Roxana Pardo es una de las joyeras más destacadas de la ciudad. Desde hace dieciséis años ingresó a este oficio, aunque es ingeniera industrial. Ejerció, pero no por mucho tiempo. Como suele ocurrir con los grandes sucesos, la casualidad jugó a su favor. Para el matrimonio de su hermana, Roxana, como si fuese una experta, creó la corona que la novia usó en el día de su boda. «Quedó hermosa», dice.

Y así comenzó la historia.

Ella tenía 32 años y ostentaba una tesis sobre la manzana clarificada con la que obtuvo su título universitario. Pero contenida llevaba una extraña curiosidad por la creación de las piezas hechas a mano, por el detalle de los orfebres, por el diseño que viene de una inspiración que asoma a diario. Pronto creó aretes, collares, luego vino el taller propio. Aunque comenzó en su casa, junto con sus hijos, luego pasó al tercer piso de una céntrica avenida en San Isidro.

En este espacio dice que la creatividad no siempre es tan común y hay que apreciarla. Roxana Pardo, joyera curtida en el oficio de la minuciosidad, habla mientras alrededor suyo doce personas se encargan de fabricar collares, botones o aretes. «Desde que comprendí el esfuerzo que significa diseñar una joya jamás regateé un precio», dice. Pero además cuestiona que algunas personas se ocupen más por el material que llevará la obra y no tanto por el diseño que la acompaña. «Se trata de piezas únicas, que demoran entre dos días y una semana en ser fabricadas», cuenta, y acaricia un juego de aretes, una de esas piezas que deben encajar y combinar con el peinado de la novia, el vestido que lleva, la pedrería que irá incrustada y hasta con el cuello de la dama. «La joyería es como ver un cuadro de Da Vinci. Para admirarla hay que saber qué tipo de sensación quiere transmitir. Ahí radica el valor de lo creativo».

Con ella coincide Carolina Yagi, joyera de 32 años con la que comparte espacio en el taller de San Isidro. Ella habla de la «teoría del dolor» y del sacrificio que significa trabajar con piedras preciosas. «Pocas personas entienden este trabajo», comenta, y cruza los brazos. Dice que este oficio es muy duro, que se emplea mucha fuerza, que te quemas las manos en fabricar algunas piezas o simplemente te las cortas cuando diseñas. «Debes ser muy minuciosa», cuenta quien tiene una línea de oro y otra de joyas personalizadas.
¿Por qué es tan especial una joya como regalo? «Porque hay mucho trabajo puesto en ella. Es una muestra de amor. Desde el orfebre hasta la persona que escogió la joya. Esta proyecta sentimientos, puede decir mucho de uno mismo. Soy de las que piensan que hay una joya
para cada quien».

Carolina –la niña que creció observando el arte: su padre y su abuela también fueron joyeros– ahora se prepara para intensificar sus estudios en gemología, esa ciencia que analiza, identifica y evalúa las piedras preciosas. Pero también habla sobre la importancia de un aro de matrimonio y de lo especial que los novios lo fabriquen junto con ella. «Es una pieza para toda la vida», recuerda, y se sonroja. Cuenta que debido a su ojo crítico ahora le resulta difícil a su esposo regalarle algo. «Me doy cuenta de detalles que pocos ven», dice, y sonríe al recordar que transformó su anillo de compromiso, que jugó, que ideó algo nuevo. «Es que así es este trabajo. Somos una constante fábrica de ideas. La creatividad nunca se acaba», asegura, y junto con Roxana continúa en ese duro trabajo de convertir piedras preciosas en recuerdos para toda la vida.