Casa Sousa

Los encantos de un viejo palacete

Escribe: David Gavidia / Foto: Fernando Criollo
La décima octava edición de Casa Cor Perú se propuso un reto: restaurar la Casa Sousa de Barranco. La tarea demoró cinco meses. Ahora el conocido palacete luce su antigua elegancia y recibirá la visita de 30 mil personas para la feria de arquitectura, decoración y paisajismo más importante del país, derribando los mitos que habitan detrás de sus paredes. ¿Cómo se reconstruye un palacio abandonado por temor a sus fantasmas?
casa1

De pie frente a la casona, cinco restauradores comentan algo. Casi no se les entiende, hablan susurrando. Sus miradas, sin embargo, llevan el brillo propio de los padres orgullosos. «Quedó linda», murmura uno de ellos, mientras observan la fachada de la Casa Sousa de Barranco, el viejo palacete donde se realizará –del 24 de setiembre al 3 de noviembre– la décima octava edición de Casa Cor, la exposición de arquitectura, decoración, diseño y paisajismo más importante del Perú. Los trabajadores sonríen frente a la casa, se dan la mano y palmean sus hombros, felicitándose. Es un día especial: después de cinco meses, los trabajos de restauración de la antigua vivienda han terminado. La casona ha recuperado su antigua elegancia. Aunque la tarea no fue sencilla.

Un palacete olvidado, un castillo sin rey, Versalles en desgracia. Así era la Casa Sousa cuando comenzó la restauración a mediados de marzo. «Tenía las cornisas apolilladas, los pisos agujereados, las paredes manchadas de humo negro y las pilastras descascaradas», recuerda Agustín Poma, uno de los restauradores que contempla la casa. «Todo estaba caído, fue complicado pero levantamos la casa». Poma, quien trabaja hace doce años para Casa Cor Perú, se encargó de devolverle el brillo al frontis de la casona junto a su equipo. Suturaron los desperfectos en paredes, columnas y balcones causados por el tiempo y el abandono. «Mirar la fachada me hace feliz», dice, frotándose las manos salpicadas de pintura.

Dentro de la casa, algunos trabajadores cargan sobre sus hombros retazos de madera. Otros pintan las paredes de blanco o reciben las instrucciones de los arquitectos y diseñadores que preparan sus exhibiciones. «El trabajo es en equipo. Si no, no funciona», explica Poma. Sabe que una pared mal hecha, una viga debilitada o un peldaño defectuoso pueden ser desastrosos para los estándares de calidad de la franquicia Casa Cor. El equipo debe funcionar como un ejército entrenado, sin importar el cansancio, el estrés o los nervios que pueda generar esta casa. Sobre todo si alrededor suyo se tejen leyendas que despiertan la intriga, los nervios y que hablan de fantasmas de otro tiempo.

Casa embrujada, palacete olvidado. Así le decían a la Casa Sousa antes de que empezara la restauración. El equipo de Casa Cor funcionó como un ejército entrenado, sin importar el cansancio que generó devolverle la vida a esta casona

casa2

MITOS DEL PASADO

A lo largo de los años, la Casa Sousa fue bella para los residentes de la cuadra dos del jirón Cajamarca. Pero sobre todo misteriosa. Que estaba encantada, decían algunos; que albergaba espíritus y se oían gritos nocturnos, decían otros. Las historias de terror eran sus nuevos inquilinos. «Es la casa Matusita de Barranco», dice Grecia Delta, vecina del lugar quien no exagera al comparar la Casa Sousa con la famosa «casona embrujada» del centro de Lima. Delta cuenta que de niña, sus padres le prohibían ingresar al palacete construido en 1917. Su estilo neoclásico era una constante tentación para los juegos infantiles donde los protagonistas eran héroes, dragones y princesas. Más tarde, no faltarían quienes aprovecharon esa imagen tétrica: un grupo de teatro montó una obra no apta para cardíacos ni claustrofóbicos que incluía un recorrido nocturno por los sótanos de la casona. Un reality show rompió en el rating cuando sus concursantes cumplieron el reto de dormir en la casa, con gritos y espasmos frente a cámaras.

¿Pero cuánto de cierto hay en todo esto? «Nada. Yo duermo acá algunas noches y no escucho ruidos. Más miedo le tengo a los vivos», cuenta Máximo Ibarra, agente de seguridad de Casa Cor desde hace doce años, mientras hace una de sus acostumbradas rondas de vigilancia. «Acá no penan, lo único que se siente es frío», ironiza y hace reír a su compañero, Gerónimo Ochoa, encargado de restauración desde 1996. «A esta casa le decían la embrujada, pero yo no he sentido nada durante los cinco meses que trabajamos acá. Por el contrario, después de la reconstrucción la casona vuelve a la vida, tiene más luz. Quizá cuando reconstruimos el año pasado la Casa Mujica en el jirón de la Unión, en el Cercado de Lima, sentí la presencia de algo. Una vidente nos dijo que estaba cargadita. Pero la Casa Sousa no está embrujada, está encantada», dijo Ochoa sobre este pequeño palacio construido en 4 mil metros cuadrados y que hasta el inicio de su restauración permaneció en abandono por quince años: fue vivienda familiar, colegio particular y luego permaneció desocupada. El abandono hizo que alrededor suyo se tejieran mitos, ahora derribados. «Los únicos ruidos que escucho por la noche suceden cuando entran los gatos para protegerse del frío», dice Ibarra, el agente de seguridad de Casa Cor, y se ríe.

Los trabajos en la Casa Sousa tomaron cinco meses: de todas las ediciones de Casa Cor es la vivienda que más tiempo ha tomado restaurar hasta ahora. Los trabajadores suturaron los desperfectos en paredes, columnas y balcones causados durante los quince años que estuvo abandonada

casa3

EL ARTE DE RESTAURAR

Los trabajadores del palacete ahora descansan, tirados entre los jardines. Es hora del almuerzo y aprovechan que el sol ha salido de pronto en pleno invierno. El trabajo es intenso. Su jornada inicia a las nueve de la mañana y culmina a las seis de la tarde. Los días previos a la inauguración de la feria de arquitectura, extenderán su horario para afinar detalles. Saben que valdrá la pena.

Los trabajos en la Casa Sousa tomaron cinco meses: es la casa que más tiempo ha tomado restaurar hasta ahora. La recuperación del Puericultorio Pérez Aranibar, declarado inhabitable pero recuperado para Casa Cor 2005, tomó cuatro meses. Hoy es alquilado a la PNUD. La Casa Rosell de la avenida Grau en Barranco, en 2009, fue una de las más complicadas y se hizo en dieciséis semanas. «Esta fue una de mis favoritas», recuerda el ebanista Luis Alfaro Vásquez, recogiendo aquellos años, pero hoy lamenta el deterioro en el que se encuentra la cúpula de la vivienda que con tanto esfuerzo él trabajó. «Es una pena. Se supone que ahí funcionaría un hotel. Ahora está abandonada».

Junto a él, Carmen Vera, encargada de limpieza, recuerda con orgullo esos años de esfuerzo. «Me enamoré del antiguo local del Ministerio de Transportes que está en el Cercado de Lima. Ahí se hizo Casa Cor 2006 y cuando nos fuimos dejamos el lugar precioso, como para poner un museo allí».

«Cuando encontramos una casona, la revaloramos para que luego se convierta en un centro cultural, un restaurante o un hotel boutique», dice Verónica Torres de Hacker, una de las directoras de Casa Cor, que este año espera recibir la visita de 30 mil personas

casa4

El palacete Sousa es la sexta vivienda que Casa Cor recupera en Barranco. El arquitecto Aldo Lertora, experto en restauración de monumentos históricos, sigue de cerca cada detalle. Estudia la historia de la vivienda, se reúne con la familia Sousa, y anda preocupado por la iluminación artística del palacete. «Vamos a resaltar los valores arquitectónicos de la fachada. Será con una iluminación que tendrá estándares internacionales», explica Lertora mientras recorre los pasadizos del segundo piso, donde hay salones pequeños y una escalera de fierro en forma de caracol. A través de su balcón se puede ver cada paso de la reconstrucción.

Lertora trabaja en Casa Cor desde sus inicios y es parte del equipo que encabeza Verónica Torres de Hacker y Elena Benavides. Ambas son directoras y fundadoras de Casa Cor Perú. Una se encarga de la parte artística y la otra de la parte administrativa. Desde hace dieciocho años son las responsables de que todo salga adelante. Miran al milímetro los defectos que encuentran y lo perfeccionan. «Este año la edición está dirigida al arte de vivir con elegancia», cuenta Elena Benavides, quien espera recibir la visita de 30 mil personas. Sabe que la restauración de esta vivienda fue un éxito.

«Cuando nosotras encontramos una casona como esta, le devolvemos la vida, la revalorizamos para que cuando nos vayamos las compren y se puedan convertir en centros culturales, restaurantes u hoteles boutique», explica Verónica Torres de Hacker, quien hace un año reconoció que cuando comenzaron los trabajos de remodelación de la Casa Mujica del Cercado de Lima, hallaron en una habitación huesos humanos. Lejos del miedo que pueden generar las ánimas, dice, tomó su presencia como amuleto de la buena suerte. «Son mis fieles compañeros», contó en aquella ocasión y hoy en la Casa Sousa sonríe convencida de que recuperar la belleza de este monumento histórico ha valido la pena. Los fantasmas ahora han sido expulsados, dice. La Casa Sousa tiene una nueva leyenda.