Especial Mujeres

Especial Mujeres

Es una de las mujeres más fuertes del país. Puede levantar 400 kilos con ambas piernas. Competir y derrotar a hombres musculosos es su pasatiempo.

A los 54 años, las piernas de Isabel Vicetti tienen la fascinante fortaleza para levantar 400 kilos. La potencia de sus piernas, producto de la masa muscular acumulada en dos décadas como fisicoculturista, se debe a una rutina casi eclesiástica: despertarse a las dos de la mañana, llegar al gimnasio a las cuatro y media e iniciar su entrenamiento diario. «Me gusta retar a los hombres. Siempre les gano». Sus palabras son un reflejo de la confianza que le han dado los años en este trajinado oficio de las pesas y las mancuernas.

Como los grandes hallazgos, su gusto por este deporte llegó por un tándem de casualidades. Su proyecto de vida se dirigía a comunicar, tras un escritorio, los encargos de un jefe. El puesto de secretaria ejecutiva le iba bien. Pronto cayó el incontrolable estrés, las ganas de arrojar ese uniforme de trabajo acartonado y, siguiendo los consejos de un compañero, ingresó al gimnasio para arrancarse de un tajo la tensión laboral. «Solo quería distraerme», explica rodeada de fierros, prensas y poleas.

Al inició fue un hobby, una diversión que luego se transformó en profesión. Ganó por ocho años consecutivos el título de Míster y Miss Perú en fisicoculturismo, luego otros torneos en categoría amateur y pequeños torneos locales. Su 1.60 de estatura y 67 kilos son contraste de la fortaleza física que exhibe.

Hace un tiempo, un carro golpeó su pierna derecha. La tumbó, de hecho, la atropelló. «Me llevaron al hospital y el médico que me examinó se dio con que no había fracturas. Me protegió mi musculatura», cuenta con esa rara mezcla de satisfacción y nostalgia. Isabel Vicetti ahora trabaja en el gimnasio Enzos, en San Borja Sur. Ofrece servicios a grupos privados en Breña y Surco. Su vida se divide entre su pareja y el deporte. Para ella, ser una de las mujeres más fuerte del Perú, no es una carga pesada.

María Soledad Abarca mira el reloj. Es la una de la tarde y en Zapallal, al norte de Lima y el sol parece querer derretirlo todo. Ella lleva un casco, chaleco, guantes y elementos de seguridad que no le quitan, un gramo de feminidad. Por el contrario, se le ve ruda e interesante frente a la retroexcavadora que manejará en unos instantes.

Rodeada de ingenieros y obreros de construcción, el trabajo de María Soledad consiste es maniobrar estos aparatos cuyo peso supera los 7 mil kilos y sirven para abrir pozos o ganar terrenos en obras inmobiliarias. «Es como manejar un carro», dice esta madre de dos niñas, quien motivada por la curiosidad se inscribió en el instituto Praxitec y durante nueves meses siguió el curso de maquinaria pesada junto a hombres que, en un principio, la miraban con sorpresa: «No entendían cómo me gustaba este mundo», cuenta, delicada, sonriente y haciendo alarde de un cuidadoso manicure y brilloso cabello, sutil coquetería. Inevitables detalles que no se pueden dejar de lado cuando, como en su caso, se está inmiscuida en un campo donde reina la testosterona.

El último año ha trabajado en dos obras de construcción, incluso alguna promovida por la Municipalidad de Lima. El boom inmobiliario no dos hijas. «Estudié y trabajo por ellas. Quiero demostrarles que puedo hacer lo que me proponga», cuenta, colocándose unos lentes protectores que la cuidan del polvo y las piedras que le saltan en el camino. Su rutina la describe como una mezcla de riesgo y adrenalina. No teme a los accidentes pues confía en su trabajo, tampoco a las fallas mecánicas que puedan surgir en el día a día. sobrecogedor. Es una domadora de gigantes.

Es sábado, casi medianoche, y la detective Liz Rodríguez resolvió el útimo caso de la semana. Resultado: Infiel. El reglaje esta vez fue sencillo y el trabajo no le duró más de cuatro días. Fotos, videos y un detallado informe servirán para documentar su labor. Como ordena el protocolo de los espías más ranqueados, el material deberá ser entregado en un sobre manila, sellado y con rostro de inobjetable circunspección. Las reacciones de los clientes son diversas. Esta vez no sabe qué le tocará. Están quienes sonríen con triste resignación y los que ríen con extraña malicia. «Tengo que usar mucha psicología», dice en su oficina de La Molina.

Para la absolución del caso, la madre de Liz se camufló en la rutina de la persona a seguir. En cuestion de horas ya tenían algunas certezas. Fue pieza clave para la resolución: “Ella no es detective, pero le encanta mi trabajo”, cuenta quiem encabeza un grupo de cinco espías profesionales, todas mujeres.

En estos siete días atendió diez casos. La cantidad de problemas se mezclan entre los temas policiales, judiciales y hasta la ubicación de personas. A su favor tiene una gran arma, la tecnología: celulares, cámaras de un tamaño casi microscópico, pero sobre todo su camaleónico talento para ser muchas mujeres a la vez sin ser reconocida. Valor agregado que la ha convertido en una de las detectives más solicitadas del mercado.

Sin que se lo propusiera, poner al descubierto la infidelidad de las personas se ha convertido en una especialidad aprendida por el rigor de la rutina. Son los hombres quienes más solicitan los servicios de esta mujer de veinticinco años, lentes oscuros, lupa en mano, casaca oscura, credencial de detective y obvia seguidora de James bond, el famoso agente 007. Durante la conversación se jacta de su bien entrenada técnica de disparo, su probado olfato para hallar a supuestos culpables y la mirada acuciosa para la balística y la defensa personal. Para mañana tiene una agenda recargada. Por obvias razones se niega a dar detalles del caso. “Solo tengo la certeza de que será resuelto”.