Especial: Diez promesas

Danitse

Lima, 1985

Músico

Cuando tenía quince años, Danitse ganó un concurso musical y conoció a Toño Jáuregui, bajista de Libido, que quedó prendado de su voz y le propuso sacar un disco. Así de sencillo y natural fue su primer acercamiento a la industria musical. «No era algo que me tomase demasiado en serio. Yo tenía algunas canciones, Toño otras, así que acepté. Pero ni se me cruzó por la cabeza que podía dedicarme a esto». El disco tardó cinco años en publicarse, y cuando apareció Danitse ya no era la quinceañera que había compuesto y grabado esas letras. La idea de tener que defender el disco ante la prensa o en un escenario le daba entre vértigo y vergüenza. «Lo sentía ajeno, no me sentía sincera». No lo hizo, así que ese disco pasó sin pena ni gloria. Lejos de estudiar música, Danitse estudió Historia. Pero tras el fiasco de ese primer álbum, la música quedó pendiente. «Fue entonces que me decidí a sacar otro disco, pero uno que sintiera mío. Sin apuro, tardara lo que tardara». Y esta vez tardó siete años. En el 2013, Danitse publicó Viaje. Agotó la primera edición en dos meses, y Gastón Acurio escogió el tema que daba título al álbum como banda sonora de su más ambicioso menú degustación. Ahora, por fin, Danitse se dedica por completo a la música. Trabaja como freelance para varias productoras y se encuentra en el proceso de repensar su estilo, su carrera, todo. «Este disco aún no tiene ni un año pero siento que ha pasado mucho, debe ser por lo acelerado que ha sido todo desde que salió. Y yo nunca me he sentido músico porque no estudié música. Pero sigo aprendiendo». Hace diez años, Danitse ingresó a la universidad para ser arqueóloga pero pronto cambió a Historia. En diez años confía en sentirse ya músico, haber viajado y conocido otras culturas musicales para luego haber vuelto y contribuir a crear una ver

Elizabeth Añaños

Cusco, 1984

Arquitecta

Cuando estaba en el colegio, Elizabeth Añaños soñaba con ser artista. Desde niña adoraba dibujar, y muchas veces transformaba sus tareas escolares en ilustraciones. Sus padres, ingenieros ambos, la convencieron de que la arquitectura era una salida más apropiada. «Te gusta el arte, tu padre es ingeniero, tu madre es ingeniera, tu hermana también. ¿Arte más ingeniería? Arquitecta». Pero Elizabeth descubrió su pasión más cerca, en el urbanismo, aunque para eso debió primero mudarse de país. Cuando Añaños se acercaba al final de su carrera en la Universidad Católica, asistió a unas conferencias del entonces alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, quien relataba la experiencia de regeneración urbana de la capital colombiana. Añaños decidió que tenía que ir a verlo in situ. Durante un verano realizó prácticas en el estudio de Daniel Bonilla, uno de los más importantes arquitectos de Bogotá, y cuando regresó a Lima lo hizo a sabiendas de que su futuro inmediato estaba en Colombia. «Volví, hice la tesis a toda velocidad, saqué sobresaliente y me volví a trabajar con Daniel». Vivió dos años en Bogotá y se enamoró de lo que el planeamiento urbano había hecho por esa ciudad. Hoy Elizabeth Añaños forma parte de una iniciativa de la Municipalidad de Lima, el PLAM: Plan de Desarrollo Urbano de Lima y el Callo. Un grupo de trabajo interdisciplinar de cuarenta profesionales que busca dotar a la ciudad de unas directrices básicas para su crecimiento, replicando la experiencia de ciudades como Bogotá, Medellín o Barcelona. Además construye una escuela rural en Talara, luego de ganar el concurso de la organización Architecture for Humanity, del famoso arquitecto británico Cameron Sinclair. En diez años, Añaños espera contar con un taller propio que funcione como una plataforma interdisciplinar para realizar proyectos relacionados con temas urbanos y de paisaje.

Yahel Waisman

Lima, 1984

Diseñadora de moda

Cuando Yahel Waisman veía que el colegio se iba a terminar y no sabía qué estudiar, pensó que su afición a cantar podía convertirse en una carrera. Hizo un rápido research por escuelas de música, descubrió la prestigiosa Berklee en Boston y se plantó ante su padre. La respuesta no se hizo esperar. De ninguna manera, dijo el señor Waisman, y la discusión quedó zanjada. La señorita Waisman terminó estudiando Administración en la Universidad de Lima, quién sabe por qué, y terminó la carrera de la misma forma. Gracias a una amiga consiguió trabajo en el área de desarrollo de producto de un bróker textil que confeccionaba prendas para marcas extranjeras, como Kenneth Cole, Ralph Lauren, Juicy Couture o Vera Wang. Y entonces, recordando que si algo le había gustado a ella en esta vida era comprar ropa, empezó a ver un camino. Estudió diseño de moda durante un ciclo en la escuela MAD antes de saltar a Barcelona, a la escuela Felicidad Duce, donde hizo un máster en seis meses. De ahí unos cursos extras en Londres y de regreso a Lima.En febrero de este año abrió atelier en Magdalena y lanzó la que por el momento es su única colección: Primavera-Verano 2014. Con eso le ha bastado. Se ha convertido en la diseñadora consentida de las influyentes fashion-bloggers locales y una de las más requeridas por las novias en busca de vestido para ese día. Hace diez años, Yahel Waisman acababa de ingresar a la universidad y no sabía ni siquiera por qué había elegido Administración. Hoy regenta un negocio por sí sola, comanda un atelier de diseño y aspira a convertirse en una de las referencias de la moda nacional. En diez años lo quiere todo, desfiles internacionales y una marca consolidada. No vemos por qué no.

Tomás Matsufuji

Lima, 1980

Cocinero

Hacerse un nombre en una ciudad repleta de cocineros no es nada fácil. Y menos aún desde un local diminuto, sin mesas, con ocho banquitos y una decena de platos escritos en una pizarra, ninguno de los cuales cuesta más de dieciocho soles. Pero en los dos años que lleva abierto su local Al Toke Pez, Tomás Matsufuji ha conseguido llamar la atención de la exigente comunidad de foodies locales, además del respeto de sus colegas de oficio. Escribe sobre él Mitsuharu Tsumura, el chef de Maido, en su libro Nikkeiesperú: «Tomás es uno de los cocineros más espectaculares que existen en Lima». Tomás Matsufuji nunca pensó en convertirse en cocinero. Primero se graduó en Ingeniería Agrícola y luego viajó a Inglaterra para conseguir un doctorado en Química. Mientras tanto, su padre, Darío Matsufuji, que en los setenta abrió el primer restaurante japonés de Lima, Matsuei, manejaba los fogones en otro local mítico, La Cocina de Darío. Cuando regresó a Lima, Tomás no encontró trabajo, así que empezó a ayudar en el negocio familiar. Al poco tiempo, su padre enfermó y él debió tomar el mando. Cuando casi un año después su padre falleció, Tomás ya se había convertido en cocinero. A finales de 2011, en un desvencijado local de Surquillo, nació Al Toke Pez con una consigna simple: platos tradicionales, buena sazón, precios baratos. En un inicio, ceviche, chicharrón, arroz con mariscos y poco más. Pero Matsufuji no sabe estarse quieto y durante unos meses, los domingos, Al Toke Pez se transformaba en Hagane, una mesa exclusiva para unos pocos elegidos donde el cocinero conjugaba los sabores nikkei de su padre con la tradición hogareña japonesa de su madre. Hace diez años, Tomás estudiaba en la Universidad Agraria. En diez años le gustaría no seguir en Al Toke Pez, contar con una picantería marina y otro local chico donde repetir a diario la experiencia de Hagane.

Andrés Chávez Alcorta

Lima, 1987

Artista plástico

En el 2004, antes de terminar el colegio, Andrés Chávez Alcorta participó en un concurso que la escuela de arte Corriente Alterna tenía para escolares. Chávez Alcorta se llevó el premio y con ello una beca para estudiar Artes Plásticas. «De no ser por esa beca quizá me hubiera dedicado a otra cosa; esta es una carrera cara y poco segura». En el 2007 ganó el XVII Concurso Nacional de Artistas Jóvenes con el lienzo Peace is Our Profession, que retrataba a un joven soldado con el torso desnudo y una bola de discoteca por casco. Una mirada irónica sobre el mundo bélico. En el 2009, Chávez Alcorta se graduó con dos medallas de Oro a la Excelencia, el primer puesto de su promoción y una oferta para convertirse en profesor de la escuela. Desde entonces combina su trabajo en el taller con la enseñanza, tanto en Corriente Alterna como en el Instituto MOD’ART. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas y trabaja en una serie titulada Cadáver exquisito, en la que reinterpreta en cráneos la simbología de gorros o sombreros con marcadas connotaciones políticas: «El gorro del Ku Klux Klan, la corona de un rey, un casco o una boina nazi. Son gorros que tienen un significado, que transmiten además una particularidad, una personalidad, una forma de pensar a quien los porta. Es un juego entre la deformación del cráneo y la deformación mental, de pensamiento». En diez años, Chávez Alcorta se imagina en Lima, luego de haber recorrido y explorado otras culturas, trabajando en una obra que no sabe si seguirá siendo pintura o escultura, o quizá video. Eso sí, una obra «que llegue a la gente, que los impacte no solo estéticamente sino también haciéndolos pensar».

Kaori de la Flor

Lima, 1996

Modelo

Kaori de la Flor aún no acaba la secundaria, pero ya es una de las modelos peruanas con mayor proyección internacional. Lejos de la pasarela tiene la risa fresca y vacilante de una adolescente tímida, pero ataviada para desfilar camina con el paso firme de quien sabe que va a comerse el mundo a bocados. A estas alturas, Kaori ya no es solo la niña más alta de la clase, sino también la única que ha desfilado en Shanghái y Nueva York. Antes de ser modelo, de niña, Kaori soñaba con ser bailarina, e incluso a los nueve años llegó a participar en el Concurso Nacional de Marinera que se celebra año a año en Trujillo. No ganó pero el sueño le duró unos años más, hasta que descubrió el modelaje. Cuando tenía catorce años, su madre la inscribió en la escuela de Mónica Chacón, donde llevó cursos de pasarela, foto y expresión. La inversión no tardó en rendir sus frutos. Al año siguiente, en el 2011, Kaori ganó el concurso Elite Model Look Perú. Y con ello un viaje a Shanghái, para la edición internacional, el mismo concurso donde alguna vez fueron descubiertas modelos como Cindy Crawford, Esther Cañadas, Alessandra Ambrosio o Giselle Bündchen. En febrero de este año, el diseñador Sergio Dávila convocó a Kaori para presentar su colección en la New York Fashion Week. Una vez en la capital mundial de la moda, los ofertas no se hicieron esperar. La escala siguiente sería Milán, con la promesa de pasar medio año en la ciudad italiana. Pero Europa tendrá que esperar. Ahora, para Kaori, el reto pasa por terminar la secundaria y decidir cuál es el siguiente paso a dar. «Quiero ir a la universidad, no sé si a estudiar Arquitectura o Comunicaciones. Espero compatibilizarlo con el modelaje». Hace diez años, Kaori de la Flor terminaba primero de primaria. En diez años –quién sabe– puede haberse ya convertido en la primera top model peruana.

Gonzalo Benavente Secco

Lima, 1982

Director de cine

Gonzalo Benavente Secco no recuerda la primera vez que fue al cine, pero sí recuerda tres películas que marcaron su vida. Está seguro de que si no tiene el récord de visionados de El imperio contraataca debe andar cerca del top cinco. Durante su infancia, en los ochenta, las tardes de los sábados no eran tales sin una nueva repetición de la primera trilogía de George Lucas en Función Estelar de Canal 2. Benavente Secco recuerda que en 1993, después de capturado Abimael Guzmán, los limeños empezaron a volver a los cines y sus padres lo llevaron a ver Jurassic Park, la epopeya prehistórica de Spielberg. Pero sobre todo recuerda que en 1995, al poco de aterrizar Blockbuster en el Perú, su madre alquiló Pulp Fiction, el clásico instantáneo de Quentin Tarantino, y se sentó a verla con ella: «Probablemente no entendí nada, pero me voló la cabeza». Su primera película, Rocanrol 68, estrenada en octubre, está llena de referencias a Tarantino. Antes del cine escribió y dirigió dos obras de teatro, la segunda de las cuales, Una noche con Groucho, era un nostálgico canto de amor al sétimo arte: «Siempre quise hacer cine, pero fue en la universidad donde descubrí el placer de estar en un rodaje, y por curioso que parezca llegué al cine a través del teatro». En la actualidad dirige el programa de televisión Historias de papel, conducido por Jimena Lindo, que recrea obras clásicas de la literatura universal. Diez años atrás, Benavente Secco había cambiado el Derecho por Comunicaciones y Periodismo, mientras todavía cursaba Estudios Generales en la Universidad Católica. No se imagina dónde estará dentro de diez años, pero por el momento trabaja en su siguiente película, que estará ambientada en los setenta, años de la dictadura del general Velasco, y será narrada a ritmo de salsa.

Sebastián Monteghirfo

Lima, 1986

Actor

Hasta los quince años estaba convencido de que iba a ser futbolista, pero un día se peleó con sus entrenadores del Inmaculada Fútbol Club y se marchó. Nunca volvió a mirar atrás. Acabó el colegio decidido a estudiar Comunicaciones en el IPP, igual que su hermano mayor, pero la situación económica familiar lo obligaba a esperar a que su hermano terminara. Para no perder el tiempo decidió apuntarse en un curso de teatro. Llamó a un amigo de su abuelo, el publicista Toribio Alayza, que le recomendó que se matriculara con Paul Gastelo. Fue amor a primera vista. Después de ese taller siguieron varios, hasta que llegó a donde Roberto Ángeles, padre artístico de los mejores intérpretes de la escena local. El taller de Ángeles consta de cuatro niveles, al último de los cuales se accede cuando él mismo convoca al tallerista para que tome parte en un montaje. En el caso de Monteghirfo, la puesta de largo llegó con guion de Eduardo Adrianzén, dirección de Ángeles y compartiendo tablas con Leonardo Torres Vilar. «Cuando termina la temporada, Roberto me llama para un conversatorio grabado, en el que él te hace preguntas». La última pregunta –cuenta Monteghirfo– fue la más difícil de su vida: «¿Te consideras actor profesional?». Corría el 2008, Monteghirfo había aparecido en alguna serie de televisión, algunas obras de teatro amateur; pero esa obra bajo las órdenes de su maestro había sido otra cosa, las ligas mayores, teatro de verdad. Pese a ello respondió dubitativo: «Esa respuesta solo me la puedes dar tú». Ángeles dijo: «Por supuesto que lo eres». Desde entonces Monteghirfo ha trabajado con Mariana de Althaus en El sistema solar, Edgar Saba en La ciudad y los perros y en el éxito cinematográfico de la temporada, El evangelio de la carne. En diez años Monteghirfo se imagina actuando, con una sólida carrera a la espalda y varios largometrajes a cuesta. Quizá en Hollywood, quién sabe.

Cristóbal de Col

Lima, 1993

Tablista

Hace tiempo ya que en nuestro país el surf dejó de ser un deporte de niños ricos para convertirse en una afición nacional. La culpable de eso, con casi toda seguridad, fue la campeona recién retirada Sofía Mulanovich. Caída la reina, tenemos nuevo rey. La nueva sensación de la tabla peruana se llama Cristóbal de Col. A poco del nacimiento de Cristóbal, la familia De Col se mudó a la playa de Los Órganos en Talara, y «el mar se convirtió en mi jardín». Hijo del bicampeón nacional de surf Titi de Col, Cristóbal no se recuerda lejos de la playa. Todo –dice– se lo ha dado el mar. En el 2010, De Col se convirtió en campeón nacional. En el 2011 ganó el Mundial Juvenil ISA celebrado en Lima y en el 2013 quedó tercero en el Mundial ISA que tuvo lugar en Panamá. Pero la competencia –explica– no es todo en el surf. «Lo que más me cuesta es intentar hacerle entender a la gente que los torneos, ser campeón, es solo una parte de esto». Porque la tabla es, en realidad, una forma de conexión con el mar. Y el mar, en la concepción de De Col, es el gran maestro, una enorme fuente de sabiduría. «El mar te enseña a respetar la naturaleza, a respetar al prójimo y reconocer tus límites, tus carencias y fortalezas». Cuando tenía catorce años, Cristóbal de Col vivió una crisis, fruto de la presión que los campeonatos ponían sobre sus hombros. Desde entonces es un entusiasta practicante del chi kung, una disciplina oriental que aúna artes marciales, técnicas de respiración y meditación. Es esa filosofía de vida la que le ha enseñado a no pensar demasiado en el futuro, a vivir el presente, a agarrarse a él con todas sus fuerzas. Lo único que sabe es que, pase lo que pase, el mar estará de por medio.

Musuk Nolte

Ciudad de México, 1988

Fotógrafo

Musuk Nolte nació en México, de padre mexicano y madre peruana. Al año de nacer ya había cambiado de residencia y de nacionalidad. Con esa misma celeridad, dieciocho años después, cambió la música por un trabajo como fotógrafo en El Comercio. Nolte había soñado siempre con ser músico, pero cuando a los dieciséis postuló al Conservatorio y no ingresó, decidió marcharse a estudiar al extranjero ni bien cumpliera la mayoría de edad. Mientras tanto –se dijo– tenía que estudiar algo y se matriculó en el Centro de la Fotografía. Poco tiempo antes de graduarse –la carrera duraba tres años, pero Nolte la hizo en dos y medio tomando cursos en verano–, un amigo lo llevó a hacer prácticas a El Comercio. Ni bien las terminó le ofrecieron un contrato. «A partir de ahí ya no vi la música como una opción profesional. Tuve mucha suerte, tenía diecinueve años, un sueldo y un trabajo estable». La fotografía no era, pese a todo, un camino demasiado lejano. Su madre, la antropóloga Josefa Nolte, había sido fotógrafa del Partido Comunista en su época universitaria. En el 2010, Nolte ganó el Concurso Nacional de Fotografía Eugene Courret y en el 2011 el Premio de Fotografía Humanitaria Juan Bartolomé en España. En octubre Nolte presentó el libro y exposición Piruw en el MATE de Mario Testino. Hace diez años, Nolte estaba por postular al Conservatorio, siguiendo el que creía era el sueño de su vida, hoy es uno de los fotógrafos más reconocidos de la escena local y ha encontrado una nueva pasión: «He disfrutado mucho haciendo este libro, quizá sea algo que me gustaría hacer: editar libros de otros, tener una pequeña editorial de libros fotográficos. Eso es algo que me veo haciendo en diez años».