Escritora peruana en París

Escribe: Manolo Bonilla/ Foto: Fernando Criollo
Difícil evitar el cliché. Aunque Grecia Cáceres, la autora de La Colección, trata de combatirlo en esta entrevista

Cliché uno. Durante la década de los 60, los aspirantes a escritores tenían que vivir en una buhardilla parisina para convertirse en escritores. Grecia Cáceres vive desde hace veinte años en París, cuando ella tenía apenas una veintena de años y había salido de la universidad. Claro, ahora no existen buhardillas, pero se hizo escritora de otra manera. Porque uno no se hace escritor en París. No hay nada en el ambiente, en la comida, o en el Sena. Ya no es un trampolín hacia nada. Las historias, como dice Cáceres, están dentro de uno. Para ella, la distancia fue su detonante. Y la ausencia de sus referentes familiares incentivó la recreación ficcional. «Tenemos una suerte de inconsciencia al momento de la escritura. Porque es un proceso largo, arduo y solitario. Uno se imagina aislado, como un creador, sin la seguridad de saber si alguien va a comprar su libro o ver su obra. Es la gratuidad del arte. Yo soy una autora que escribe en castellano en un país que habla francés. Es mi isla lingüística. A veces pienso en mi lector francés y en mi lector español», dice la escritora que vive junto a sus cuatro hijas y esposo en una casa parisina.

¿Puedes distinguir esos dos gustos en tus lectores?

La lectura va a ser distinta. Algunos me ven más exótica. Pero a veces me molesta que me consideren así allá. Y acá, no me queda otra tampoco. Como que ando fuera de contexto. No creo que haya un escritor que piensa en la finalidad de su obra.

No escribes desde la contemporaneidad, sino más bien de tus recuerdos.

Necesito una distancia temporal para que la ficción opere y pueda escribir. Lo que es muy cercano no tiene ese espesor para inspirarme. Quizás es parte de mi personalidad. Me inclino por ciertos momentos históricos, aunque no sea una decisión racional. No me remito a la historia, sino a la iconografía. En mi novela La vida violeta, por ejemplo, me interesaba el primer gobierno de Belaúnde como si fuera una rareza.

En La Colección, el contexto temporal pasa a ser parte de la narración también como un personaje central.

Está presente el espacio físico limeño, la costa y el mar dentro de las idas y venidas del personaje, que es un coleccionista. Tenía que situarse en una época en que las grandes colecciones privadas aún no se formalizaban, en los años veinte, treinta. Es una Lima de una dimensión no tan inconmensurable como hoy. Un tanto desnaturalizada.

¿Regresar a Lima es siempre una terapia?

Paso de ser madre de cuatro hijos y administradora de la vida familiar a ser hija aquí. Tengo la suerte de que mis padres estén vivos. Ese tiempo pasado antes de irme de Lima puede revivir. Es rica esa vuelta, es como una sensibilidad prelingüística. Los primeros años en París escribía cartas a mis amigos, a mis padres, tratando de cubrir ese vacío. Luego, llegaron las tecnologías.

Formaste parte de una antología de narradoras jóvenes pero ¿te sientes parte de una generación?

Tenemos también la literatura femenina y ya es una doble etiqueta. La generación me conviene más que me molesta. Quiero ser incluida en la escena literaria peruana. Cuando me fui, desaparecí. «Poeta de los noventa» me da un anclaje.