Escribo

Por Bruno Ascenzo
BrunoAscenzo

Escribo porque me aburro. Porque me da risa. Porque me da cólera. Porque es lo que me gusta. Porque me burlo. Porque me emociona. Porque transcribo lo que pasa por mi cabeza y le doy sentido a lo que por mucho rato permanece en la nebulosa.

Escribo porque no entiendo. Porque sé que no entiendo. Porque quiero entender y hacerme entender. Porque nunca sé de qué voy a escribir y me llama el vacío. La angustia de no saber qué saldrá de mi cabeza me da un cierto placer culposo. Porque soy masoquista. Porque apuesto por el peligro. El ridículo peligro de estar echado frente a una computadora. El mismo atemorizante peligro que traen consigo las palabras cargadas de verdades.

Lo hago porque me alucino traductor de pensamientos. Para hacer de cuenta que los sentimientos se pueden palpar. Para reírme. Para llorar. Porque quiero verbalizar el miedo. Poder leer la felicidad. Hacer tangibles las lágrimas.

Escribo porque no veo tu cara cuando lees.

Lo hago cuando tengo miedo. Cuando estoy deprimido. Cuando reniego. Cuando en el carro escucho alguna canción empalagosa. Cuando no sé hacia dónde ir. Ahí es cuando escribo con las ganas que normalmente me faltan. Cuando necesito vomitar. Cuando estoy lleno de náuseas. Cuando no me soporto ni a mí mismo o cuando el espejo me intenta golpear.

También lo hago cuando estoy feliz. Pero no medianamente feliz. Escribo cuando estoy convencidamente feliz.
Escribo a mano cuando siento que es importante que mis dedos plasmen lo que mi cabeza imagina. Para hacerlo incluso más verdadero. Para convencerme de que no todo es mentira. De que no estoy loco.

Escribo porque admiro a los que escriben. A los chistosos y a los dramáticos. A los profundos y los superficiales. A quienes juegan al suspenso. A los independientes y a los comerciales. A los que inventan ficciones. A los que retratan la realidad. A quienes ficcionan la vida. Escribo porque de repente, si mis pensamientos se ordenan bien, aparece alguna frase que ayude a alguien. O que me ayude a mí.

Escribo porque necesito desahogarme. Porque el papel no juzga y lo soporta todo. Porque no sé hacer nada más. Para adivinarme.

Porque es algo que puedo hacer solo. Porque no dependo de nadie. Porque quiero vivir en la playa y eso me da la excusa perfecta para algún día hacerlo realidad. Porque el sonido de una oración bien armada me entusiasma más que cualquier endiosada canción. Porque no he escrito lo suficiente ni leído lo necesario. Porque los días me resultan insuficientes. Porque quiero vivir más y no me alcanza el tiempo. Porque me sorprendo con quien pone tildes y usa mayúsculas en los mails. Porque mi cabeza puede volar. Porque juego a ser Dios y creo mundos y personajes, y esos mundos y personajes funcionan como yo quiero que funcionen.

Por egocéntrico.

Porque no entiendo de qué se trata todo esto. Porque nadie me explica para qué ando dando vueltas por el mundo. Porque no soy católico ni budista ni cristiano ni marxista ni pianista. Porque no me creo artista.

Escribo, básicamente, porque mi mamá me dice que escribo bien.

Porque cuando se me viene a la cabeza una idea, o una frase, o siquiera una palabra rebuscada, me emociono como tú te emocionarías con un gol peruano en la final del mundial. Porque no creo en nada. Porque no espero nada. Porque no recuerdo mucho. Tal vez escribo porque luego estas letras que cargan significados me ayuden a recordar. Ahora no lo sé. De repente en algún momento lo sepa.

Porque aguardo el día en el que tenga la suerte de olvidarme de algo que alguna vez escribí y pueda estremecerme con mis antiguas palabras. Con mis antiguas formas. Con lo que fui y dejé de ser.

Escribo porque creo que eso es lo que tengo que hacer. Porque el lenguaje sabe unir. Y sanar. Por que nada es una verdad absoluta ni una mentira completa. Porque todo es relativo.

Escribo porque al poner punto final me queda una sensación de haber logrado algo. Y eso me hace sentir feliz. Porque el punto seguido no me colma y los suspensivos me parecen cobardes. Las comas me prestan los respiros necesarios. Sólo un texto terminado me hace sentir feliz. Por eso escribo. Porque ahorita, por ejemplo, estoy a punto de ser feliz.