Naturalmente en armonía

Rodrigo Alomía
Cuando está en la playa, practicar yoga se transforma en un placer inigualable. A sus 25 años, es profesora de esta disciplina que enrumbó su vida y la hizo libre como el mar.

Hace un año y medio, Arena Martínez estaba buscando respuestas a las dudas que se aglomeraban en su vida. En la universidad había desistido de estudiar ciencias de la comunicación; luego, sucedió lo mismo con el diseño de modas, que no la convenció del todo. Buscando su lugar en el mundo, viajó hasta el norte del Perú para encontrarse con una amiga que le dictó su primera clase de yoga. La conexión fue instantánea. Después de meses de práctica, se convenció de que esa disciplina, además de beneficiosa para ella, era la vía perfecta para calar en la vida de otras personas.

¿Por qué ninguna de las dos carreras universitarias que seguiste funcionaron?
En comunicaciones había cursos que sí me gustaban, pero no sentí que era algo que quería hacer para toda la vida. Y sobre el diseño de modas, a mí me gusta el arte y pintar, pero vi que todos los ideales apuntaban a la alta costura, mientras que yo solo pensaba en poner una tienda en el norte [risas].

No soportas Lima.
La ciudad a veces me aturde, así que el norte del país me ayuda a equilibrarme cuando estoy mucho tiempo acá. Me encanta la playa y el contacto con la naturaleza, y qué mejor naturaleza que el mar. Suelo ir a Máncora y a Lobitos.

¿Cómo conjugas tu gusto por viajar con las clases de yoga que dictas?
Disfruto la libertad de mi trabajo y no puedo quedarme a enseñar en un solo lugar. Siempre estoy viajando y regresando. El yoga puedes dictarlo en cualquier lugar, porque el que quiere aprender te busca.

Pero las sensaciones que te embargan cuando lo practicas y dictas deben ser diferentes.

Cuando veo a mis alumnos echados y relajados siento que están transmitiendo ese estado en el que uno está cuando lo practica. El yoga es estar en el aquí y el ahora, consciente de ti mismo y tranquilo; cada vez que lo practico en las mañanas hago lo que mi cuerpo siente, demore el tiempo que demore.

¿Qué hay sobre el yoga en la oficina, qué postura recomiendas?
Cuando estás trabajando en la oficina debes tomarte un tiempo, de por lo menos 10 minutos, para estirarte y hacer la pose que mejor se te acomode. En este caso la que te estira todo el cuerpo, desde los pies hasta las manos, es el perro boca abajo [una pose en la que las manos y los pies tocan el suelo y el cuerpo imita la forma de una ‘v’ invertida].
¿Has pensado unir el yoga con otra disciplina?
Quiero enseñar yoga con artes marciales. Es más, estoy enseñando un poco de eso en la escuela Vida Yoga, pero estoy pensando abrir en algún momento un lugar para las personas que hacen artes marciales. Les va a hacer bien, sentirán que su práctica mejorará.

Tu nombre es poco común.
Tengo una amiga que también se llama Arena [risas]. Pero sí, no es común. Les pregunté a mis padres varias veces por qué me pusieron así, pero no se acuerdan. Nunca lo sabré.

Hace un año y medio, Arena Martínez estaba buscando respuestas a las dudas que se aglomeraban en su vida. En la universidad había desistido de estudiar ciencias de la comunicación; luego, sucedió lo mismo con el diseño de modas, que no la convenció del todo. Buscando su lugar en el mundo, viajó hasta el norte del Perú para encontrarse con una amiga que le dictó su primera clase de yoga. La conexión fue instantánea. Después de meses de práctica, se convenció de que esa disciplina, además de beneficiosa para ella, era la vía perfecta para calar en la vida de otras personas.

¿Por qué ninguna de las dos carreras universitarias que seguiste funcionaron?
En comunicaciones había cursos que sí me gustaban, pero no sentí que era algo que quería hacer para toda la vida. Y sobre el diseño de modas, a mí me gusta el arte y pintar, pero vi que todos los ideales apuntaban a la alta costura, mientras que yo solo pensaba en poner una tienda en el norte [risas].

No soportas Lima.
La ciudad a veces me aturde, así que el norte del país me ayuda a equilibrarme cuando estoy mucho tiempo acá. Me encanta la playa y el contacto con la naturaleza, y qué mejor naturaleza que el mar. Suelo ir a Máncora y a Lobitos.

¿Cómo conjugas tu gusto por viajar con las clases de yoga que dictas?
Disfruto la libertad de mi trabajo y no puedo quedarme a enseñar en un solo lugar. Siempre estoy viajando y regresando. El yoga puedes dictarlo en cualquier lugar, porque el que quiere aprender te busca.

Pero las sensaciones que te embargan cuando lo practicas y dictas deben ser diferentes.

Cuando veo a mis alumnos echados y relajados siento que están transmitiendo ese estado en el que uno está cuando lo practica. El yoga es estar en el aquí y el ahora, consciente de ti mismo y tranquilo; cada vez que lo practico en las mañanas hago lo que mi cuerpo siente, demore el tiempo que demore.

¿Qué hay sobre el yoga en la oficina, qué postura recomiendas?
Cuando estás trabajando en la oficina debes tomarte un tiempo, de por lo menos 10 minutos, para estirarte y hacer la pose que mejor se te acomode. En este caso la que te estira todo el cuerpo, desde los pies hasta las manos, es el perro boca abajo [una pose en la que las manos y los pies tocan el suelo y el cuerpo imita la forma de una ‘v’ invertida].
¿Has pensado unir el yoga con otra disciplina?
Quiero enseñar yoga con artes marciales. Es más, estoy enseñando un poco de eso en la escuela Vida Yoga, pero estoy pensando abrir en algún momento un lugar para las personas que hacen artes marciales. Les va a hacer bien, sentirán que su práctica mejorará.

Tu nombre es poco común.
Tengo una amiga que también se llama Arena [risas]. Pero sí, no es común. Les pregunté a mis padres varias veces por qué me pusieron así, pero no se acuerdan. Nunca lo sabré.

Fotografía: Jorge Anaya

Producción y dirección de arte: Paula Ramírez
Maquillaje y peinado: Sono Salón
Agradecimientos: The Hanger: BCBG, Fiu Fiu, Sophie Crown, Almudena Miliani,Cuando Calienta El Sol