Lucía Ginocchio

Lucía Ginocchio suelta una risa porque nunca antes la habían maquillado tanto como para la sesión de fotos de hoy. «Ni siquiera para cuando me tocaba bailar», sonríe. Sucede que más allá de cualquier vestuario, accesorio o maquillaje en el mundo de la danza contemporánea lo trascendental es el movimiento, el uso del propio cuerpo para transmitir una idea, un mensaje, una emoción. «Se trata más de una creación que de pasos de baile. La idea es buscar un lenguaje para, en determinado momento, transmitir el concepto que deseas», agrega.

Hace doce años, Lucía Ginocchio creyó que quería pasar su vida bailando. Por entonces se dedicaba intensamente a las tres clases semanales de ballet clásico que había decidido llevar por las tardes, después del colegio, en la escuela de danza Terpsicore. Y aunque lo usual es que las niñas empiecen desde los cinco o seis años en la disciplina del ballet, para ella no era tarde porque sabía realmente que quería bailar.

Cuando acabó el colegio, Lucía pensaba en viajar a España o Brasil para matricularse en alguna academia de danza de alto nivel. Tenía diecisiete años y acababa de ingresar a una universidad privada, porque había sentido la necesidad de seguir una carrera hasta que llegase ese día en que pudiera tomar el primer avión para formarse y bailar afuera. Así, se decidió por la carrera de Psicología: casi de casualidad, como quien lanza una moneda al aire y la entrega al azar. La buena noticia era que su universidad tenía una escuela de danza contemporánea, Andanzas –dirigida por la reconocida actriz y bailarina Mirela Carbone–, a la que Lucía postuló y luego fue aceptada, por lo que tuvo que dividir sus horas entre el baile y las aulas
de clase.

«Los primeros años de estudios generales solo quería bailar y estar en la escuela de danza porque sentía que era mucho mejor bailarina de lo que era como estudiante», recuerda. Y a pesar de que bailaba casi seis horas diarias y el tiempo restante lo dedicaba a estudiar, no sintió que su horario fuese el problema. Por el contrario, fueron sus ansias y sus deseos de emigrar los que la convencieron, justo cuando había acabado sus estudios generales, de que era importante ir al extranjero. Un día le dijo a su madre que era el momento, que ya no quería seguir con la universidad y que había averiguado sobre algunas escuelas de danza en Brasil. Su madre la trató de convencer para que viaje a Londres, donde, además de academias de danza, «Los primeros años de estudios generales solo quería bailar y estar en la escuela de danza porque sentía que era mucho mejor bailarina de lo que era como estudiante», recuerda. Y a pesar de que bailaba casi seis horas diarias y el tiempo restante lo dedicaba a estudiar, no sintió que su horario fuese el problema. Por el contrario, fueron sus ansias y sus deseos de emigrar los que la convencieron, justo cuando había acabado sus estudios generales, de que era importante ir al extranjero. Un día le dijo a su madre que era el momento, que ya no quería seguir con la universidad y que había averiguado sobre algunas escuelas de danza en Brasil. Su madre la trató de convencer para que viaje a Londres, donde, además de academias de danza, también vivía un familiar cercano que podía guiarla en la ciudad. Lucía aceptó.

«Allá me di cuenta de que las cosas no eran tan fáciles como pensaba», recuerda. Entró a un curso de inglés y cuidaba a niños, por lo que ya no le quedaba tiempo para bailar. Después de seis meses en Londres, Lucía regresó al Perú, segura de querer acabar su carrera, segura de continuar bailando. Y fue ahí, sin esperarlo, que descubrió los cursos de Psicología Educacional que llamaron su atención. A ella siempre le había interesado la educación y optó por la Psicología Educacional; terminó por enamorarse de sus procesos, de cómo trabaja con la población para su desarrollo y de buscar específicamente la mejora en sus aprendizajes. Pensó, entonces, que unir ambas vocaciones podría tener sentido. No fue casualidad que, para graduarse de la escuela de danza, Lucía haya creado, dirigido y bailado una pieza que trabajaba el tema psicológico del apego entre dos personas, para lo que usó textos de psicología clínica, además de algunos pasajes de El túnel, de Ernesto Sábato.
«Me gustaría que hubiera espacios en Lima para investigar desde una mirada académica la danza, y abrir ese vínculo entre las dos cosas que hago», dice Lucía sobre su ideal de unir la danza con la Psicología Educacional.

Hoy ella está dedicada a su labor en el Instituto de Estudios Peruanos, donde trabaja en proyectos que supervisan e investigan la educación urbana y rural en Lima, y otras provincias. Si bien Lucía no ha pisado un escenario desde agosto del año pasado –cuando participó en la obra Repertorios absurdos, de la bailarina Cory Cruz–, en las siguientes semanas presentará, junto con un grupo de amigos, una pieza de danza en una casa abandonada, que está a punto de ser demolida. Solo es cuestión de tiempo para volver a ver danzar a esta bailarina que sucumbe con la misma entrega a las dos carreras de su vida.

Fotos: Rene Funk
Dirección de arte y Styling: Nicole Bazo
Producción: Mariana Chamot
Maquillaje y Peinado: Beauty bar
Agradecimientos: Balkanica, Coco Jolie, Ariana Santillana, Bo´hem