Micaela Gálvez

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Santiago Barco

Micaela Gálvez cruza la pista. Ha visto un jardín desde el otro lado de la acera y quiere sentarse en el pasto a conversar. Detrás de ella, el Terminal Pesquero de Chorrillos se mueve tan a prisa como Agua Dulce, la playa que lo rodea: los pescadores que aún quedan se apresuran a cerrar sus puestos, los pelícanos aletean inquietos para volar de una roca a otra y varios grupos de bañistas emprenden el regreso a sus casas hasta que sus siluetas se pierden por el malecón.

La modelo se sienta bajo la sombra de un árbol. Cerca de allí, una familia de más de seis personas termina de almorzar, mientras sus dos niñas pequeñas juegan, a pocos centímetros, con un balón rosado a espaldas de Micaela.

—¿Estás cómoda?

—Sí —sonríe—, puedo estar cómoda sentada en un jardín frente a la playa como este o en un sofá. No me hago problemas con eso.

Esta tarde la brisa que corre es igual de fresca y reconfortante que la actitud de Micaela, actitud que no muchos creerían que caracteriza a una mujer del mundo de las pasarelas. Empezó a modelar a los diecisiete años, y desde entonces sabe que varios estereotipos acechan a esta profesión, acusada a veces de ser frívola y superficial. «Puede haber modelos que sí representan esa imagen de tonta o creída, pero también están las que no. Es importante conocer un poco más a las personas, ver más allá de lo superficial», dice Micaela, que ha modelado para diseñadores peruanos, como Sergio Dávila, Sitka Semsch y Ani Álvarez Calderón.

Cuerpo esbelto, cabello castaño rojizo, piel tersa y blanca, y una pantera adornada con flores tatuada en su brazo izquierdo. Esa es Micaela, la de afuera. De su interior, de los pasajes de su vida, podría empezar por decirse que desde los seis años soñaba con ser diseñadora, y que descubrió el modelaje, de casualidad, años después.

Cuando Micaela Gálvez era niña, llevaba clases de tejido y bordado en su colegio. Le encantaba crear cosas con esos dos palitos de coser, y podía tejer medias, mitones o chalinas. «Tenía complejo de ancianita», recuerda, y ríe la modelo que desfiló en el Oslo Fashion Week del 2012 frente a un público importante encabezado por la princesa Marta Luisa de Noruega.

Así aprendió a hacer las ropas para sus muñecas: reunía retazos de diferentes telas, las cortaba con paciencia y luego las amoldaba a esos pequeños cuerpos de plástico. « De niña siempre supe que quería ser diseñadora –dice Micaela–; lo tenía claro. Creo que uno nace sabiendo lo que hará de grande».

La niña creció, y, aunque siendo adolescente quería algo más que crear ropa para muñecas, su camino se inclinaría hacia las pasarelas. En el 2004, mientras comenzaba a estudiar Diseño de Modas en Mod’Art de Lima, un amigo le avisó de un casting que hacía una famosa marca de gaseosas. Ella se presentó e intentó probar suerte sin tener mayor expectativa. La marca la escogió.

Luego seguirían más fotos publicitarias, más fotógrafos que hablaban de su nombre, el que no tardó en llegar a oídos de diseñadores de modas y directores de arte. Micaela estaba en boca de todos. En el 2008, mientras era elegida la mejor modelo del año por El Comercio, la colección con la que se graduó del Mod’Art fue escogida por una famosa revista limeña para una editorial de moda que salió en portada.

Pero nunca perdió su sencillez: aquella con la que ahora confiesa que hace pocos días salió a la calle con dos sandalias diferentes porque es un poco distraída, aquella con la que dice que su hombre perfecto es aquel que no ronque mucho y la haga reír, y aquella con la que reconoce que ya se acostumbró a su característica voz nasal, que antes le avergonzaba un poco.

Micaela Gálvez sube a un auto que la llevará a la playa La Herradura, donde le tomarán fotos. Sus ojos pardos lucen como si fueran verdes por la luz tibia de la tarde que le salpica en el rostro. La modelo, imagen de las marcas argentinas Prüne y Jazmín Chebar, tiene un plan para este año: quiere que su marca de accesorios Metric, que se vende en las tiendas Lama y Andrea Llosa, siga creciendo y que a futuro también abarque la producción de carteras, adornos para la casa y ropa. Es cuestión de tiempo, dice, para que eso suceda.

Producción: Mariana Chamot
Asistente de producción: Luciana Gamio
Maquillaje: Liz de Sono Salon