Estefanía Cox

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Alonso Molina

¿Qué hacía Estefanía Cox de pie sobre ese escenario, en medio de una presentación de beat box en Jesús María, frente a un público varonil de amantes del hip hop? ¿Acaso pensó en tirar la toalla cuando algunos empezaron a silbarla? «No, el hip hop es arte, el arte es mi mundo y en mi mundo eso es imposible», dice. Desde niña supo que el hip hop ocuparía un lugar importante en su vida.

A los once años, Estefanía Cox disfrutaba de buscar canciones en la radio para bailar. Le encantaba sacudir su menudo cuerpo de lado a lado con cualquier ritmo, y si una canción de salsa salía por los parlantes, podía bailarla durante horas. Un día, mientras cambiaba de dial la radio, escuchó unas voces que cantaban rápidamente al ritmo de un marcado beat como fondo musical. «No presté atención a las letras porque el sonido me atrapó y empecé a bailar rápidamente», recuerda Estefanía, mientras acomoda sus cabellos castaños esta tarde.

Ella aún no sabía que esas voces masculinas, que parecían expulsar sus molestias en cada palabra, estaban rapeando sobre temas como la vida en los barrios marginales y los problemas sociales que los afectaban. Tampoco sabía sus nombres, pero escuchó que unos se hacían llamar Tiro de Gracia y otros Snoop Dogg o The Notorius B.I.G. Todo comenzó allí; y al acabar el colegio, mientras sus amigas escuchaban los últimos éxitos de latin pop, Estefanía estaba fascinada con la cultura del hip hop y sus canciones.

Luego seguiría la universidad, en el 2008, cuando conoció a un grupo de chicos que rapeaban y se hizo amiga de ellos. Sus nuevos amigos la impresionaron con el beatbox, esa forma de percusión vocal en la que los labios, la lengua y la voz intentan imitar el sonido que solo consigue la consola de un DJ en el rap. Le fascinó y empezó a practicarlo hasta el cansancio.

Y entonces allí estaba Estefanía Cox en Jesús María. Con diecisiete años, descubriendo el mundo de las movidas del rap en Lima como ella quería hacerlo, y atreviéndose a cantar ante hombres que pensaban que lo de ella era una pose, un gusto exagerado por el rap sin un sustento fuerte. Estefanía tenía diez minutos para demostrar lo que mejor sabía hacer en el beatbox. Y cuando comenzó, los silbidos se ahogaron y cedieron ante el asombro. Estefanía, la estudiante de diseño gráfico, la chica que recién había empezado a modelar luego de que un fotógrafo la viera en una boda, la que disfrutaba de pintar desde los dos años, sabía beatboxear.

Es un lunes de verano y Estefanía Cox dice que recién está recuperándose de una gripe. Es difícil creerle. Luce igual de radiante que en las fotos publicitarias que ha hecho para marcas famosas y que han adornado las principales avenidas de Lima: con la dermis eternamente bronceada, el cuerpo esbelto y erguido, y sus ojos castaños que parecen vidriosos tal vez por la emoción con que habla de lo su pasión: la música. Lo otro, la fama que muchos le adjudican por ser modelo y aparecer en revistas, paneles y vallas, no le interesa. Ella es así: sencilla, apasionada e incansable.

Una noche de setiembre del año pasado, Estefanía estaba de pie en el estrado de una discoteca de Barranco. La Mala Rodríguez —una famosa rapera española—, se presentaba y Menores de Edad, la banda de rap en la que cantaba Cox desde hacia tres años, abriría su concierto frente a más de quinientas personas. Los últimos meses, Estefanía había divido hasta el segundo más preciado de sus días entre cantar, modelar y estudiar en la universidad. Era la última presentación en vivo de Estefanía con el grupo antes de dejarlo: quería emprender proyectos personales y disponer más de su tiempo. Esa noche, Menores de Edad acabó su presentación de la misma forma en que Estefanía se despidió del escenario en esa movida de hip hop en Jesús María años atrás: entre aplausos y una emoción desbordante.

«La música —dice Estefanía— es para compartir y liberar. Mientras más arte se pueda compartir en la humanidad, siento que será positivo para educar a más personas». Ahora su tiempo lo ocupa entre presentaciones en fiestas o eventos para rapear, en posar frente a una cámara para campañas, en pintar y ser profesora de arte para niños en un proyecto social en los límites de Barranco y Surco, y en vivir. Vivir con tranquilidad, como lo hace ahora, al ritmo de lo que manda su pasión.

Producción: Mariana Chamot
Asistente de produccion: Luciana Gamio
Direccion de arte y styling: Boris Ponce
Maquillaje: Paola Chiarella y el equipo de Sono Salón