Carmen Rivera-Schreiber

Escribe: Carlos Fuller / Fotos: Ronald Martínez

Hay muchas cosas que Carmen Rivera-Schreiber le podrá contar a su hija. Se las podrá contar una mañana, como la de ahora, que la maquillan en su apartamento de Miraflores para esta sesión de fotos. Sentada en su comedor, vestida de ropa deportiva, con el pelo castaño oscuro aún mojado, mientras el sol de las once de la mañana entra por su ventana.
Le podrá contar a su hija, por ejemplo, que hubo una casa en La Molina, cerca de Cieneguilla, en la que ella corrió durante toda su infancia. Una casa repleta de animales: seis perros, bandadas de loros, monos, conejos, pollos. Y no pollos en un corral, sino pollos a los que podía tratar como sus mascotas y que la saludaban al llegar a casa. Le podrá contar que ella se levantaba todos los días antes de las seis de la mañana para poder llegar a tiempo al colegio San Silvestre, que ella odiaba. Carmen era la típica chica que los últimos tres años, antes de graduarse, se encerraba en su cuarto porque no quería ir a clases. Y odiaba el colegio porque desde los catorce ya estaba modelando para marcas de ropa locales. Poco le interesaban los cursos del colegio cuando ya tenía amigos mayores que estaban ganando dinero y fama trabajando en el mundo del modelaje.
No sabemos si Carmen se atreverá a contarle a su hija que alguna vez llegó a ser modelo del programa de concursos Erre con erre, conducido por el animador Raúl Romero. Que el mismo Romero la hizo cantar en vivo cuando descubrió que Carmen era la vocalista de una banda de rock. Aunque quizá eso sí le cuente. Porque la banda que lideró, Basement, es uno de los mejores recuerdos que tiene de su adolescencia.

Aún recuerda los conciertos y las kermeses de los colegios a los que llegaba como líder de su banda para cantar canciones de amor ante cientos de personas.

Carmen Rivera-Schreiber podrá contarle a su hija que a los diecinueve años se hartó de Lima y partió hacia Australia a estudiar y continuar con su carrera de modelo. Que pensaba quedarse por un breve tiempo pero terminó quedándose siete años. Que se matriculó en la University of Queensland para estudiar Biología Marina y dedicarse a la conservación del tiburón blanco. Su padre solía mostrarle cientos de documentales y desde niña sintió fascinación por aquella bestia de seis metros y mandíbula de infinitos dientes. Pero luego de hacer cálculos, se dio cuenta de que no valía la pena dedicar casi diez años de su vida para luego ser voluntaria en una ONG. Así que lo dejó.

Entonces, Carmen podrá contarle a su hija que se matriculó en el Australian Institute of Fitness para estudiar Personal Traning. Esto por su larga afición a las artes marciales como el Muay Thai y el Jiu Jitsu, y por pasar horas en el gimnasio haciendo spinning. Podrá contarle que, durante los años que vivió en Australia repartió su tiempo entre su trabajo como Personal Training y el modelaje. Que cada año volvía a Lima por tres meses para hacer fotos para catálogos o desfilar en pasarela. Podrá contarle que en una de esas estadías conocería al que ahora es su padre y que andarían de viaje en viaje por mucho tiempo.

Hasta aquel 2011, año en que, finalmente, Carmen se decidiría volver a Lima para quedarse. Para formar una familia, para tenerla a ella –a su hija–, para pasear por las calles de Miraflores con su panza enorme a la espera de que llegase el año 2012, año en que Kiana nació.

Kiana. Así se llama la hija de Carmen Rivera-Schreiber. ‘Princesa de la luna’ es el significado de su nombre. La princesa de la luna está ahora durmiendo en su cuarto porque más tarde tiene una fiesta de cumpleaños y su madre la llevará. Son muchas las cosas que Carmen podría decirle a su hija en este momento. Pero Kiana, con solo siete meses de edad, no las entendería. Por eso le canta. Carmen Rivera-Schreiber le canta a su hija, cuando ambas están solas en el cuarto, canciones de amor como las que cantaba sobre un escenario ante cientos de personas. Como cuando lideraba una banda de rock que tocaba en las kermeses de los colegios. La única diferencia es que ahora su audiencia se ha reducido a un solo espectador. Una sola es la que escucha su voz; una sola la que oye sus letras y quizá no las entienda. Pero ese único espectador es el más importante.
Es la princesa de la luna.

Producción & Styling: Daniela Pereira
Asistente de producción: Micaela Payet
Make up & Hair: Chiara Traverso
Asistente de Fotografía: Galia Gorriti
Ropa: DAG, ROT, Camote Soup, Lama en la Tienda La Pulga Berlín 290 – 3, Miraflores / FB: Pulga la tienda Perú