Alexia Cook

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Alonso Molina

Poco más de cuatrocientos kilómetros separa Lausana de París. La primera es una bella ciudad suiza a orillas del lago Lemán; la segunda, la famosa capital francesa considerada por muchos la cuna de la moda y del arte. Alexia Cook añora ambas ciudades. No solo por sus atractivos, sino también por lo que le tocó vivir en ellas. La joven economista de cabellos dorados y sonrisa dulce vivió en Lausana y París a diferente edad y por diferentes motivos, pero hubo algo en común en esos viajes: estuvo sola. Asumió retos sin que el miedo fuese una excusa para detenerla.

Hace dos meses, Alexia aceptó un nuevo reto: se llama Quinoa, está en San Isidro, y es un restaurante de comida saludable y nutritiva que maneja con sus dos socias. Esta mañana de cielo nublado, Alexia no esconde la felicidad de haber logrado un público leal en tan poco tiempo –en su mayoría oficinistas apresurados que buscan comida deliciosa y sana cerca del centro empresarial de San Isidro–, pero también ha conocido el estrés del negocio propio. «Tomar decisiones difíciles y rápidas puede ser caótico, y a veces me asusta», confiesa Alexia, que llevó un diplomado en Nutrición Holística en el Institute for Integrative Nutrition de Nueva York para aprender más en lo que trabajaría.

Alexia tiene miedo a fallar. Para alguien que disfruta asumir nuevos retos y no hacer siempre lo mismo, el miedo solo es la respuesta inevitable a que los planes puedan salir mal en algún momento. Nunca está de más una porción de perfeccionismo en lo que uno hace, pero a riesgo de que la caída al fracaso sea más dolorosa. Sin embargo, ella ya aprendió a manejarlo.

Alexia tenía quince años cuando sus padres le hablaron de Suiza. Un internado, un curso intensivo de francés, un mes y medio, «vas a pasarla increíble, tendrás miedo, pero nada malo sucederá», le dijeron a la quinceañera. A pesar de su temor, aceptó. Viajar no sonaba tan mal, total, lo había hecho desde los tres meses de nacida cuando sus padres visitaron Chile con ella. Un día se despidió de sus amigas del colegio San Silvestre y partió al internado en Lausana a pasar el mes y medio más largo de su entonces corta vida. El primer problema fue el idioma. Sabía un poco de francés, pero no lo suficiente, y hacer nuevos amigos se volvió difícil. Además, los suizos del internado tenían un horario y reglas más estrictos, y bastaba con que Alexia sacara el celular en plena clase para ganarse una gran reprimenda.

Cinco años después lo intentó de nuevo. Sola, se aventuró a un intercambio que ofrecía su universidad a la Escuela Superior de Comercio de París durante seis meses. Se enamoró de la ciudad: de sus paisajes, de sus lugares, de sus secretos. Descubrió, por ejemplo, que ciertos días el Museo de Louvre abre sus puertas hasta pasada la medianoche; así, ya no tenía que apresurarse en ver las obras de sus artistas favoritos. Aprendió a cocinar, a buscar ingredientes para comer algo diferente a diario, siempre alejada del acecho del fast food, la salida ideal de cualquier universitario hambriento. En sus ratos libres viajó más, y visitó desde Roma hasta Londres, pasando por Berlín, Ámsterdam, Bruselas, y más. Y sobre todo conoció a personas de distintas partes del mundo, cuyas enseñanzas son imposibles de enumerar.

Alexia lleva prisa. La economista debe regresar a su restaurante en unos minutos más, pero tiene la gracia de una modelo experimentada que resuelve rápidamente las fotos. Con la misma gracia ordena su tiempo y consigue las horas necesarias para hacer running, paddle surf, yoga y paddle yoga. Una pluralidad de deportes que calza perfecto en su espíritu renovador.

Alexia tiene un plan para este año. Lo dice con ese brillo especial de quien mira con deseo su futuro, y que luce mejor en sus ojos verdes. Quiere regresar a Europa y llevar un MBA, y aprender todo lo necesario para llevar a Quinoa a más rincones de Lima, y –por qué no– del mundo. Siempre busca algo nuevo, y el miedo ya no se asoma.

Producción: Mariana Chamot
Maquillaje: Sono Salón
Ropa: Black Cha Cha