Emilia Drago

La belleza vulnerable de una chica famosa

Escribe: Sergio Llerena / Fotos: Ronald Martínez
Como figura favorita en El Gran Show y tras su éxito en ¡Asu mare!, la pelicula peruana más taquillera de la historia, la actriz Emilia Drago puede estar en su momento cumbre o a puertas de un despegue violento al estrellato. Esta chica parece tenerlo todo: carisma, talento, belleza, una familia unida y un novio que muere por ella. ¿Podría pasar algo que quiebre su felicidad? A futuro no sabemos, pero ahí están las marcas en su piel, cicatrices imperceptibles que, cada cuanto, le recuerdan en qué tristezas ha habitado.
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A Emilia Drago todos los pronósticos le juegan a favor, todos menos los que calcula en su cabeza. «Yo aún sigo sin creerlo mucho. Todo el mundo me dice vas a ganar, vas a ganar, y yo me quedo pensando ¡pero cómo! No creo que sea como ellos dicen», admite sobre su participación en El Gran Show, el concurso de baile más sintonizado de las noches de los sábados peruanos. Y es que hay algo tímido en la forma como Emilia atropella sus palabras que nos hace creer en su modestia. Pero luego la ves en televisión sábado a sábado, con el cuerpo ondulante –55 kilos, 1.70 de estatura– al ritmo de una salsa de Oscar D’León, y esa belleza vulnerable parece una gran trampa. ¿Puede una mujer tan luminosa no reparar en su propio brillo?

Emilia Drago es guapa, todas las opiniones coinciden en eso y todas las inquisiciones bobas que le llueven desde los medios buscan saber si ella es consciente de lo bonita que es. ¿Hay chica más linda que tú?, le pregunta un entrevistador atrevido; ¿de quién sacaste esos ojos celestes tan preciosos?, indaga, sin vergüenza, otro. Y la actriz de veinticuatro años sabe sortear ese tipo de preguntas porque, primero, le causan gracia; y segundo, porque siente que tampoco es para tanto.

Ella es normal nomás, dice.

Nadie le cree. Yo tampoco.

Bueno pues, ¿de dónde saliste, Emilia? Ya sabemos que más de 3 millones de peruanos te vieron en la pantalla grande como la novia de Carlos Alcántara en ¡Asu Mare!, la película peruana más taquillera de la historia. También que ahora te llaman de todos lados: para actuar aquí, para hacer un casting por allá, mientras terminas Comunicación Audiovisual en la universidad. Que tienes más de 80 mil seguidores en Twitter, y siguen en aumento. Que ahora todos quieren un pedazo de ti, Emilia, y no lo terminas de creer. ¿Pero qué hubo antes? Parece que anduviste perdida en ese mar de rostros repetidos que es la farándula limeña, en el que cuesta volverse un rostro conocido. ¿Estuviste en Habacilar, Emilia? ¿Y antes en Besos Robados, aquella telenovela adolescente, junto a Stephanie Cayo? ¿Y también en algún programa infantil que duró nada? Ya casi no te acuerdas, dices. Solo sabes que hasta hace uno meses pasabas desapercibida. «Es que el año pasado tuve un año flojo, porque me accidenté y eso me tuvo medio aislada». Entonces recuerdas la euforia de una fiesta cualquiera, brincando sobre un tabladillo que de pronto cede ante el peso de tanta alegría encima. La mano cortada, un tajo profundo que llegó al tendón. «La verdad es que pude morir», cuentas, abriendo los ojos, desde el jardín de tu casa. «Terminé con varios cortes en el cuerpo, pero lo que más me traumó fue el shock psicológico de estar en una fiesta y, a las dos horas, estar sangrando internada en una clínica».

Una cicatriz. Emilia Drago lleva una cicatriz en la parte baja de su espalda, la marca que le recuerda lo cerca que estuvo del fracaso: el corte de una operación por una hernia que tuvo a los dieciséis, que la obligó a abandonar el baile por varios años y a pensar en otras opciones histriónicas como la actuación o el modelaje, a las que felizmente les agarró el gusto. Pero esa no fue su primera marca, cuenta. A los once años tuvo una lesión en el pie. La tuvieron que operar. «Así que estoy medio acostumbrada a las clínicas», se ríe, consciente de que su cuerpo colecciona cicatrices como pruebas de su naturaleza inquieta y de sus temores: alguna vez Emilia Drago dijo que su pesadilla recurrente es caerse y perder algunos dientes en el golpe. Eso aún no ha sucedido, pero cosas semejantes ha visto despierta. A la muerte, eso sí, no le tiene tanto miedo.

—Me da más miedo sufrir que morirme —admite—. Si me diera cáncer, a eso le tendría miedo. Pero la muerte va a llegar sí o sí, eso no me preocupa tanto, más me asusta no saber qué hay después, o el miedo de que no haya nada después de la muerte.

—Pero Emilia, tú sabes que nunca vas a estar muerta, ¿no?

—¿Cómo que nunca voy a estar muerta?

—Claro, porque cuando la muerte llegue tú no vas a estar, y cuando tú estés, es porque la muerte no ha llegado aún. Así que muerta nunca vas a estar.

—Sí, ¿no? Tienes razón —responde con risa algo avergonzada.

—No creas que eso lo he dicho yo, se lo leí a un filósofo.

—Qué interesante —dice, mientras se acomoda el pelo detrás de las orejas amplias y finas, como las de una hobbit encantadora—. A mí me gusta que la gente no te recrimine si no sabes algo, si no que te explique las cosas. Si yo no sé quién es Aristóteles, por ejemplo, no me gusta que me digan: «¡Cómo es posible que no sepas quién es Aristóteles!» Sino que me cuenten quién es.

La actriz sabe de la crueldad de la gente que entiende la belleza como la némesis de la inteligencia. «Muchas personas me han querido hacer sentir tonta porque existe el cliché de la rubiecita sin cerebro, pero yo me he sentido siempre firme en eso y no me he sentido tonta nunca». Dicho esto, a Emilia Drago dan ganas de protegerla de un peligro que no sabes cuál es, pero que calculas fatal. ¿Dime quién te ha hecho eso para ir a pegarle ahorita?, le bromeo y me dice no, no se pueden decir los nombres. Pero sí: ella ha tenido, como todos, algunas experiencias feas en la vida.

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Emilia Drago vive en la casa de sus padres, una residencia con jardín trasero, en La Molina, libre de la violencia sonora de los autos. En su interior, de tanto en tanto, aparecen retratos familiares que son como souvenirs de la felicidad. No es difícil proyectar entonces una vida plena de cariño con la pequeña Emilia –la menor de cinco hermanos: tres hombres, dos mujeres– siendo protegida por los mayores de la casa, pero sucede que el blindaje no ha sido tan efectivo. Emilia habla de las alegrías que experimenta cuando actúa o baila, le cuesta poner en palabras algo que ella define como un hormigueo, sobre todo cuando se mueve al ritmo de una marinera norteña o un landó –a Emilia le fascina el folclore, sobre todo la música negra– pero a ratos también se detiene en cosas tristes. «He tenido problemas fuertes de autoestima, he ido al psicólogo incluso, y no creo que la baja autoestima pase por si uno es tal o cual cosa, sino porque hubo gente que te hizo creer que tú eres algo que no eres», admite Emilia, insistiendo en no soltar nombres ni culpables.

—¿Pero qué tipo de cosas te han hecho creer?

—No te las puedo decir. Son experiencias feas que una ha tenido con parejas.

—Mujer, pero a los veinticuatro años, ¿con cuántos canallas te has podido cruzar?

Emilia Drago responde arrugando la nariz y deja la respuesta abierta, como no queriendo escarbar más en el tema sino dando a entender que, más allá de lo que piensen los demás, cada uno tiene sus propios canallas que no son de más nadie, y si el daño es poco o grande, eso poco importa porque es el daño de uno y eso nadie lo entiende ni comparte.

Sobre todo ahora, que Emilia está feliz, pues ha aparecido un hombre que la quiere bien. Al menos, eso jura. El tipo es Diego Lombardi, actor e hijo del cineasta y expresidente del Sporting Cristal, Francisco Lombardi. Emilia, por su lado, es hija del exfutbolista Roberto “Titín” Drago, nieta del exdelantero del Deportivo Municipal, Roberto Drago; y su hermano Ignacio es arquero profesional. Parece entonces que los hombres de su vida algo tienen que ver siempre con el cine, el teatro o el fútbol. ¿Coincidencia? «Yo también me lo he preguntado y se lo he dicho a mi psicólogo. No lo sé, quizá sea porque una busca siempre a alguien que tenga que ver con la familia, y yo siento que Diego es como de mi familia. Tengo una familia bien sólida, con sus problemas, pero sólida».

Cuando Emilia Drago baila, parece que su figura despegara del suelo. No por los brincos que da sino porque hay algo en ella que la eleva sobre el resto. ¿Carisma? Puede ser. Emilia Drago dice que Karen Schwarz –conductora de TV, cinco años mayor– también es linda, qué ocurrencia, ella no es la única; y en el mundo de la televisión parece que ambas contraponen su ángel a un medio habitado por demonios. Emilia Drago lo sabe: «La tele es un medio difícil, a veces puede ser un medio sucio pero no por cosas que me hayan pasado, sino por cosas que he visto. Yo ni bien salí del colegio entré a la tele, así que estoy acostumbrada a ella y no me molesta. Yo trato de llevarme bien con todos», dice, diplomática. Porque si hay algo de malo en Emilia, debemos ser todos nosotros que miramos con sospecha su verdad. Y su verdad es muy simple y pequeña como el ensayo de las grandes felicidades: «Yo quiero casarme y tener hijos. Si pudiera casarme dentro de un año, a los veinticinco, lo haría siempre que sea con la persona ideal. Mis amigas pueden pensar que estoy loca, que debo esperar más, pero a mí no me importa». Para la actriz, esta es una declaración de insólita rebeldía.

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Emilia Drago sabe que está en El Gran Show por el éxito de ¡Asu mare!, que su carrera puede despegar si consigue ganar el concurso de baile. Si le preguntas por su futuro, dirá que quiere convertirse en una estupenda actriz, que si es en el Perú, bien; que si es a nivel internacional, mejor, y que planea conseguirlo «hasta volverse viejita». Si puede incursionar en la conducción de algún programa, estaría contenta; si puede tener su academia de baile, también. Las formas de su felicidad parecen multiplicarse mientras más piensa en todo lo que resta por hacer si apenas tiene veinticuatro años. «Aún no saco la cuenta de cuántas entrevistas he dado en el último mes, pero han sido bastantes», dice como quien busca una cifra con la cual medir su gran momento y cargando encima las cicatrices de las canalladas y las caídas, poca cosa para opacar su brillo, su natural condena a la alegría.

Dirección de Arte & Styling: Talia Lopez de Romaña
Producción: Micaela Payet y Daniela Pereira
Maquillaje y peinado: Oz Salón & Spa.
Av. Benavides 4300, Surco
Teléfono: 273-7073 / consultas@ozsalonyspa.com.pe
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Fotos Making Of: César Campos
Agradecimientos: MNG / Tienda La Pulga /
Kidsmadehere / Beso de Sal