Ellos (no) son los chicos malos del Rock

Uno de los secretos mejor guardados del rock peruano actual

Escribe: María Jesús Zevallos / Foto: César Campos
Son uno de los secretos mejor guardados del rock peruano actual. Se llaman Redhouse, y su música ha circulado con éxito por países lejanos como Japón, Inglaterra y Australia. Son cuatro músicos jóvenes que hacen rock en inglés y que no les interesa mucho más. Para ellos, el rock n’ roll es un estilo de música, no un estilo de vida.
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Son una de esas bandas extrañas en su especie que llegan temprano a todas sus presentaciones, que visten con sobriedad y cuyo único vicio –para la mitad de los integrantes– es el ocasional cigarrillo. Tienen claro que no son y nunca serán la banda emblema del sexo, drogas y rock n’ roll. De estos tres, ellos sólo se quedan con la última parte. «Yo creo que si uno de nosotros alguna vez se sube al escenario a tocar borracho, habrían consecuencias fuertes», explica Rodrigo Alvarez, guitarrista de la banda peruana Redhouse.

«Pero cuántos músicos suben al escenario así, queriendo transmitir más una esencia del rockstar, en vez de transmitir lo que está tocando». Ellos son rockeros atípicos, divertidos, pero cautelosos, cuidadores de la música en la que vienen trabajando desde que estaban en el colegio. Veteranos de veinticinco años, con nueve de trayectoria, que buscan un sonido perfecto y que trabajan con un profesionalismo extraño en el mundo en el que los excesos se justifican con la creatividad.

Redhouse se prepara para regresar al estudio. Ha pasado año y medio desde el lanzamiento de su disco Blame the Flying Monkeys; y casi un año desde que el video de su primer single, The Closure, llegara a circular en MTV Latinoamérica, VH1 y en las pantallas de países como Hungría, Japón, Inglaterra y Australia. «Estamos tramitando mandar el segundo video, When the sun dies», me cuenta Diego Alvarez, el bajista.

Pero eso no es todo. Este año, Redhouse se prepara para grabar un EP. Lajos Kossuth, vocalista de la banda, comenta que el disco se está haciendo con desilusión comercial, pero con más ilusión musical. «Estamos haciendo cosas mucho más maduras, pero de lo otro –la parte comercial– ya es algo que tenemos que afrontar». A estas alturas, explica el vocalista, no se pueden desilusionar de algo que saben que va a pasar.

Los integrantes de Redhouse están sentados en círculo. Todos visten de negro y jeans. Responden las preguntas corrigiéndose uno al otro cada vez que alguno se equivoca en los detalles de las anécdotas. Les gusta que las cosas salgan bien. «Lo que siempre hemos querido es que el sonido sea profesional, que la música suene bien, y que no sea nada pomposo ni forzado», dice Lajos. Esto tiene que ver con la música que les sirvió de inspiración para formar la banda, el común denominador de los cuatro integrantes: el amor colectivo del economista, los dos abogados y el ingeniero industrial: el grunge. «Lo que me gusta a mí del grunge es que no había pose», continúa Lajos. «Era un mundo muy real; los músicos vestían como se les daba la gana, vivían como querían, todo era genuino».

Redhouse entiende, entre lamentos, que la frase «el Perú no es un país rockero» es un cliché que encierra muchas verdades que ellos, en un principio, no pensaron que tendrían que afrontar.
—¿Qué ha sido lo más complicado para ustedes en su carrera?
—Una de las cosas más difíciles para nosotros ha sido, por ejemplo, el hacer las sesiones de fotos —dice Diego, y sus ojos caídos de pronto se abren enormes—. Nos decían que usemos ropa que no iban para nada con nosotros. Entonces, nos reusábamos a usarla. Ha sido complicado. El vendernos como «rockeritos» ha sido lo más difícil para nosotros porque no nos queremos vender así. Somos rockeros porque hacemos rock, no tenemos por qué comprobarlo con nuestra apariencia, sólo con nuestra música.
Lajos, con el ceño fruncido, lo interrumpe.
—Acá si quieres hacer plata de tu arte, tienes que ceder —dice el vocalista de Redhouse—. Este debe ser el país donde más se cede en cuestión de música. Tienes que cambiar tu estilo, o cambiar de apariencia, o cambiar de sonido. Nosotros queremos hacer nuestra música, y queremos hacerla bien.

Las voces se alzan y las miradas se vuelven más fijas mientras los músicos recuerdan los estragos de poder vender una canción bien producida en vez de vender una cara, una imagen y un estilo. «Hay un tema que salió desde el principio», comenta Diego. «Para salir en programas de televisión, teníamos que hacer playback, y ninguno de nosotros pensaba hacer eso». La solución que encontraron fue la de enviar a Rodrigo con su guitarra y a Lajos con su voz, y a tocar sets acústicos. «Pero no queríamos hacer playback, no nos habíamos matado produciendo para terminar haciendo algo así». Diego dice que han perdido muchas oportunidades por eso.

Una de las primeras presentaciones en vivo, recuerda la banda, fue en un concurso durante la Semana Universitaria, una sucesión de eventos culturales en la Universidad de Lima, donde estudiaron Diego y Rodrigo. «No había mucha gente, pero la gente que estaba ahí –habrían sido unas veinte personas que no conocíamos– nos apoyaba», cuenta el bajista. Al momento de la premiación, los estudiantes gritaban el nombre de la banda. «¡Redhouse! ¡Redhouse!», se escuchaba hacia el escenario, y el presentador dijo hacia el micrófono y con gran osadía: «No esos no, eso suena a copia de Pearl Jam». Los músicos recuerdan que esa fue la última vez que participaron en un concurso de bandas. Esa comparación, irónicamente con una de las bandas favoritas de los músicos –especialmente de Diego– fue, en las palabras de Lajos, banal, inútil, despectiva y sin ningún fundamento más allá de, tal vez, las camisas de franela que usaban cuatro universitarios desalineados. «Mucha gente metida en esos concursos no sabe de qué está hablando, y es un riesgo que juzgue de música gente que no tiene idea de sonido», interviene Rodolfo Lozano, el baterista. Pero no se fueron de ese escenario sin desquitarse. «Rodrigo le tiró un botellazo», recuerda Lajos, entre carcajadas. Fue un momento bastante rockstar en su vida.

En esa época, los músicos tenían dieciocho años, comenzaban lo que serían cinco años de trabajo arduo para hacer su primer disco. Cinco años de muy pocas salidas con los amigos y con las novias para poder ahorrar dinero; de jornadas pre-producción y de grabación de tres horas durante la madrugada era el único momento que tenían, ya que Diego y Rodrigo hacían sus prácticas pre-profesionales hasta la media noche por casi dos años; de viajes al extranjero para trabajar como empleados, limpiando baños y arreglando cuartos de hotel durante el verano para poder comprar buenos instrumentos musicales y poder grabar un sonido de calidad. «Toda nuestra vida universitaria se dedicó a hacer y pagar el disco», recuerda Lajos. Y no se lamenta.

Por la música
La frustración de los músicos se revela entre risas y cigarrillos. Los chicos son ingeniosos, elocuentes y muy entretenidos, pero entre esas risas colectivas, yace la resignación de que el esfuerzo de sacar un disco bien producido y que costó tanto tiempo y dinero en que salga a la luz, no de frutos. Pero ellos están tranquilos con sus decisiones y contentos con su sonido. «Al final, nuestra meta con la música es que nos escuche», comenta Diego. «Si estás en un lugar donde sabes que no vas a vender, no vas a ganar plata, al menos que te escuchen». Ha sido por esto que la banda decidió subir el disco para descargarse gratis desde su página web [www.redhouse.pe].

«Teníamos la posibilidad de entrar a una discotienda y vender nuestro disco a 45 soles o que nosotros mismos lo pongamos para descargar con buena calidad, y decidimos hacer eso», comenta Diego. Hasta la fecha, esta estrategia parece haber dado resultados.
Desde que se lanzó en disco, en setiembre de 2011, las descargas han sido más de 7 mil. Todos los días al menos una o dos personas se bajan el Blame de Flying Monkeys, nombre que salió de una de las camisetas favoritas de Rodrigo que se refiere, por supuesto, a la película El Mago de Oz.

Redhouse seguirá haciendo todo por la calidad de su música. Seguirá llegando temprano a las presentaciones y entrevistas y seguirá amaneciéndose para que el sonido quede perfecto. Como lo resume muy bien Diego: «Hace un tiempo leí algo que dijo Chad Kroeger, el vocalista de Nickelback: ‘yo sé que hemos grabado pura mierda y hemos decidido grabar mierda, porque sabemos que así podemos vender más’. Ese no es el sentido. Nosotros no queremos hacer mierda, queremos hacer música».