El valor de la verdad

Por Juliana Oxenford

JOxenford
Crecí en medio de un ambiente de gente que habla claro, discute y, sobre todo, dice la verdad. Si algún recuerdo de mi niñez goza de claridad, es la imagen de mi madre y de mis tres hermanos mayores debatiendo sobre cualquier tema. Siempre lo hacían alrededor de una vieja mesa redonda, que durante años fue la protagonista de un comedor improvisado en el garaje de nuestra casa. Ahora mismo regresan a mi memoria las voces de toda la familia queriendo hablar a la vez; dividiéndonos para formar dos o tres trincheras y polemizar, a veces riéndonos a carcajadas y otras, mandándonos al mismísimo carajo.

Hoy me remonto a esos días y me invade una nostalgia repentina y fría. Nada que ver con lo que sentía cuando apenas tenía nueve o diez años y obviamente era la última en ser consultada para opinar sobre el asunto en cuestión. Ser la menor del clan me colocaba en una posición de seria desventaja frente al resto de ponentes. Ahora entiendo que esa necesidad de ser escuchada me llevó finalmente a correr en busca de un micrófono para convertirme en reportera de investigación, y que esas acaloradas tertulias me enseñaron el valor de la honestidad.

Durante mucho tiempo me dediqué a desnudar, analizar, querer y odiar a cada uno de los integrantes de aquellas charlas en el comedor. Comparaba mi historia con la del resto del mundo y no podía entender cómo nosotros podíamos ser tan diferentes. Debieron transcurrir los años, y tuve que sentarme infinitas veces frente a un psicoanalista para descubrir lo que ahora tanto valoro y espero algún día enseñar a mi hija: a decir la verdad.

Soy absolutamente consciente de que mentir es un ejercicio mucho más sencillo, que es más fácil construir una falacia que admitir una realidad, que a veces se logra más engañando… pero sé también que si existe algo capaz de permitirnos dormir tranquilos, es la maravillosa sensación de que al terminar el día podemos aún mirarnos al espejo y no sentir vergüenza de nosotros mismos.

¿Que la verdad duele? Pues sí, y mucho. Sin embargo es mejor apostar por la claridad que subsistir bajo la sombra gris de una mentira. No se puede trazar un camino en tinieblas sin perderse en algún punto del trayecto.

Hoy sé que la honestidad te coloca en dos posiciones extremas: una en que la gente te quiere y respeta, y otra en que te señalan y odian por tener la capacidad de alzar la voz y mirar al resto de mortales de frente a la cara. Entre la verdad y la mentira solo existe la diplomacia: una forma para muchos agradable de disfrazar un sentimiento real por otro que no termina siendo apócrifo, pero sí poco simpático. Algo así como una salida hipócrita para no meterse en problemas, para salir siempre airoso, para quedar bien con todos, menos con nuestra propia consciencia.

Regresando a mi familia, nunca nos hemos esforzado por caer bien. Nos hemos acostumbrado a debatir y a poner sobre el mantel cualquier tipo de conversación sin importar a dónde pueda llevarnos, y si en algo coincidimos es que la verdad –esa que a veces llega en forma de látigo y traspasa la piel hasta el corazón– nos sigue manteniendo unidos. Siempre juntos, aunque ya no alrededor de la mesa que a falta de comedor se instaló en el garaje. Un lugar que, a falta de coche, se ofrecía complaciente a fungir de comedor.