El regalo prohibido

Por Gonzalo Coloma
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Sábado 11 a.m. Estoy en Renaud-Bray, una librería canadiense. Como en toda librería moderna, aquí no solo venden libros. Yo he venido a buscar una tarjeta para obsequiarla a una amiga junto con su regalo de matrimonio, pero debo reconocer que no suele gustarme ir de compras, y mucho menos ir a comprar regalos.

De chicos fantaseamos con los regalos que vamos a recibir. Me acuerdo de las navidades, de la ilusión por volver a casa para ver qué nos había dejado Papá Noel, de los buenos que eran mis papás para sorprenderme con sus regalos de cumpleaños. Cada año hacían algo diferente, pero siempre me jugaban una broma, y ¡era mostro!

Me acuerdo de un cumpleaños en especial. El día en que cumplí seis años me desperté y fui al cuarto de mis papás, y allí encontré una carpa construida con sábanas. Me dijeron que la habían hecho para mí, por mi santo, y que me metiera a jugar en ella. Entonces corrí hasta la puerta de la carpa y me abalancé adentro, pero no logré entrar a ningún lado porque en realidad no era una carpa, sino la envoltura de mi verdadero regalo: una bicicleta.

Llegado un punto, esa ilusión cándida por los regalos se desvanece. En Navidad ya no te sorprende recibir un obsequio; al contrario, esperas recibirlo. En cierta manera aprendemos a interpretar cuánto nos quiere la gente según lo que nos regala, y el hecho de regalar en sí pasa a convertirse en una obligación, como dejar propina al mozo en el restaurante.
Ahora que estoy inmerso en una librería buscando el regalo perfecto, lo único que puedo pensar es: ¿por qué tenemos que regalar? ¿Por qué en este momento estoy obligado a pasearme por la ciudad para encontrar un regalo para alguien?

No es que no me guste hacer regalos. De hecho disfruto comprarlos cuando menos lo espero; cuando estoy paseando por una ciudad y veo algo que calza con una persona que conozco, o un objeto que me hace pensar en alguien. Regalar, para mí, es parte de un acto espontáneo. En cambio me estresa tener que regalar algo sabiendo que en la mayoría de los casos eso que regalo no será usado nunca ni satisfará la necesidad o el deseo de quien lo recibe. Por último, ¡mi plata se irá a la basura!

Así que ya saben, para mi próximo cumpleaños, si no encuentran algo con lo que me identifiquen o que les provoque realmente regalarme, no me den nada. De todos modos, al final del día los seguiré queriendo. Pero si insisten, una buena botella de whisky siempre hará el trabajo.