El niño de gafas

Un recuerdo que llega cuando empieza abril

Escribe Joseph Zárate EDITOR GENERAL

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En algún momento, no se sabe exactamente cuándo, el niño de gafas sintió que no encajaba en el mundo. Al menos, no del todo. ¿Por qué era el más pequeño de su clase? ¿Por qué lucía tan indefenso en comparación a sus compañeros claramente más altos y mayores que él? ¿No se trataba quizá de una equivocación en la matrícula? El niño de gafas piensa en todo eso mientras mira el salón grande y vacío de paredes verdes, carpetas de madera verdes y pizarra también verde de aquel pequeño colegio de Miraflores.

Lima, 1993. Abril apenas empieza y el comienzo de clases con él. Un año antes, las noticias de la tele repetían a cada hora la palabra sendero, autogolpe, algo sobre un Fujishock y que habían –que hay todavía– soldados, protestas y coches bomba explotando en las calles.

El niño de gafas sabe –y entiende– muy poco de lo que pasa. Después de todo, claro, solo tiene seis años: cuarto de primaria, camisa blanca, pelo lacio peinado con gel, pantalones grises con parches de cuero en las rodillas para cubrir los agujeros que tenía de tanto jugar en el piso. El niño de gafas ha llegado temprano a clase. A las 7:33 am. para ser exactos. Es su segundo día de escuela y le sudan las manos y se siente raro y quisiera irse a casa. Quizá, piensa, estaría mejor en tercer año o en segundo, con chicos de su edad. El niño de gafas piensa de nuevo que hubo un gran error en la matrícula. O peor: que tal vez sus padres le mintieron a la directora diciendo que era lo suficientemente mayor para estar en cuarto grado, con los chicos de nueve y diez años. El chico de gafas no sabe que lo que su caso es parecido al de William Miller, el protagonista de Almost Famous, un chico inteligentísimo que aprendió a leer a los tres años, que se saltó dos grados de la primaria y que a los quince persigue a una banda de rock en una gira para escribir sobre ella. Él niño de gafas, por supuesto, no ha visto la película todavía [la verá muchos años después, ya que en este momento aún no se ha filmado] pero, al igual que Miller, también le gusta el rock clásico [un gusto algo raro para un chico de su edad] y también escribir, así que no sería descabellado que cuando sea grande se dedique a eso. Mientras lo otros niños escuchan Salserín y juegan al fútbol con destreza, el niño con gafas prefiere dibujar o escuchar los discos de rock de su papá que fabrica muebles para vivir. Ser una estrella de rock que escribe. No es una mala idea, piensa el niño de gafas y dibuja algo en su cuaderno Loro rayado de cien paginas.

7:45 am. Van llegando más niños al aula. Todos llegan con sus padres o sus madres o sus tías o sus nanas. El niño de gafas ha llegado solo. Su madre no vive con él. Su padre sale muy temprano a trabajar. Su hermano menor está en el kínder y llora por casi todo y juega con él a los ninjas y a que viajan como Marty McFly en una máquina del tiempo. Sí: al niño de gafas y pelo engominado le gustaría viajar en el tiempo. Saber que sucederá en veinte años cuando sea grande y tenga barba. Que pasará cuando por fin sus padres puedan hablar sin gritarse y pueda ver más seguido a su mamá y no solo los fines de semana para salir al parque. El niño con gafas tiene la esperanza de que, en el futuro, pueda encajar más en el mundo, de poder ser como los otros chicos de su clase, digamos, ser más normal. El niño de gafas, de hecho, está considerando la idea de aprender a jugar al fútbol. Para algo debe servir patear una maldita pelota después de todo.