El invierno en Lisboa

O de pasar la estación más fría en la cálida ciudad de tus sueños

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«Aquí acaba el mar y empieza la tierra. Llueve sobre la ciudad pálida, las aguas del río corren turbias de barro, están inundadas las arboledas de la orilla». Así se inicia EL AÑO DE LA MUERTE de Ricardo Reis, la soberbia novela de José Saramago inspirada en la vida y la obra del poeta portugués Fernando Pessoa. Parado en la Plaza de Comercio, mirando las aguas revueltas del río Tajo esta tarde tibia de fines de julio bajo la sensación de ser un extranjero a quien nadie conoce, me pongo a pensar en todos los hombres que habrán hecho lo mismo que yo. En la novela de Saramago, Ricardo Reis –uno de los famosos escritores ficticios que Pessoa inventó– llega a este mismo sitio una tarde de lluvia oblicua y mira el mismo río. Si lo hizo él lo hizo Pessoa, y también Saramago, y esta vez yo, que no dejo de pensar en todos nosotros como si fuésemos por un instante la misma persona y a la vez no fuésemos nada. «Cada uno es mucha gente», ha escrito Pessoa en un poema. «Hay más yos que yo mismo». Sí, de pronto todo se vuelve irreal o todos somos fantasmas. Es un momento muy Pessoa, pienso, y luego me sonrío: estoy en Lisboa. Qué otra cosa podía esperar.

Justo un par de meses antes de este viaje, Sabrina Duque, una periodista ecuatoriana que vive hace algunos años en esta ciudad portuguesa, publicó una crónica en Etiqueta Negra que revelaba la obsesión de Lisboa por el mayor de todos sus poetas y que se materializa en polos, souvenirs, muñecos, separadores de libros, grafitis en la calle… Apenas me recibió en el aeropuerto, me llevó a pasear al barrio del Chiado, donde el espléndido monumento a Camoens –el mismo al que Reis regresa una y otra vez erráticamente en la novela de Saramago– observa desde una altura enorme la escultura más baja de su coetáneo António Ribeiro, llamado Chiado como el barrio en que vivió. Si uno voltea la vista hacia donde Chiado parece dirigir uno de sus dedos, se encontrará con la imagen bastante discreta de Fernando Pessoa, una escultura sin pedestal sentada en una banca a la espera de la gente que hace cola para tomarse una foto con él frente al mítico café La Brasileira. La poesía en Portugal parece un asunto de multitudes. Sabrina conversó con más de un centenar de personas para su artículo y comprobó que no todos en esta ciudad han leído al poeta que escribió a través de cien autores diferentes, pero que todos lo aman.

«Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo», ha escrito Ricardo Reis en una de sus odas por voluntad de Pessoa. En la calle Garret, a solo unos metros de la magnífica constelación de poetas lisboetas, la librería Bertrand, la más antigua del mundo [no cierra desde 1732], mantiene sus puertas abiertas. A ella venía Pessoa junto a todos sus autores imaginarios y también Saramago y a ella entramos nosotros también. En toda la ciudad el espectáculo del que habla Reis parece haberse detenido: las calles de nombres tan sugerentes son las mismas, así como los tejados rojos de las casas, los empedrados en el piso, las cerámicas en las paredes, los tranvías que recorren la ciudad y las colinas en las que se fatiga agónicamente aquel Pereira de la maravillosa SOSTIENE PEREIRA, de Antonio Tabucchi, o la misma lluvia impertinente bajo la que moja Reis o se despide la pareja que protagoniza EL INVIERNO EN LISBOA, de Antonio Muñoz Molina. En esta ciudad los espectros de la literatura parecen palpitar más que la gente misma.

Supongo que estoy sugestionado. Vine a Lisboa con la intención de caminarla, de comparar su realidad con la de las novelas y los poemas que he leído de ella y de los fados que he escuchado y con el propósito de corregir las pruebas finales de un libro mío que está solo a dos meses de ser lanzado. En la historia que he narrado, mi protagonista y una chica se enamoran hablando de esta ciudad, cuyo nombre coincide con el apellido de él, un apellido que suena tan extraño en Lima como su propio origen, que es impreciso y de ningún lugar. Desde que supe que viajaría a España para asistir a un Festival y que tendría que dejar las pruebas finales de mi libro en ese país supe que lo corregiría aquí, en Lisboa, y que poner los pies por primera vez en este sitio cerraría completamente el ciclo de la imaginación y la fantasía de todos estos años. Ha sido así. Cuando el último día Sabrina y su esposo Luis Claudio me lleven a desayunar a La plaza de las Flores antes de ir al aeropuerto no tendré dudas de que algo se ha terminado de resolver para siempre. Durante estos días he visto el imposible apellido de mi protagonista proyectado en enormes carteles por toda una ciudad, en folletos y en libros, sobre las paredes de los más variados espacios públicos, y entonces he sentido que los términos de la realidad se han trastocado. Que lo exótico es ahora lo familiar y que lo que ha ocurrido aquí es la verdad y que quizás el invierno de Lima, con su aire gélido y su cielo gris, es lo ficticio. Porque muchas veces la materia de sueños como estos es más concreta de que la de supuesta realidad.