El hogar donde la música es una sana adicción

Especial Educación

Por César Ochoa / Fotos de Augusto Escribens
Jazz Jaus es una escuela de música para aficionados dirigida por una saxofonista extrovertida. Carolina Aráoz ha sabido sacar adelante un proyecto cuyo fin es descubrir la música para ser más felices. Acaba de iniciar sus talleres de verano, donde se encontrarán niños que quieren ser famosos y hasta ejecutivos con dotes musicales que solo a través de este proyecto logran darse el gusto de sus vidas al tocar por primera vez en una banda.
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Esta tarde Carolina Aráoz tiene jaqueca. Quizá se deba al calor del verano y a lo agitado de su jornada, pero se necesitaría más que eso para que se detenga. En pocos días empezarán los talleres de verano en Jazz Jaus, la escuela de música para aficionados que dirige desde hace siete años, y es natural que esté con mil cosas en la cabeza: en lo que va del día ha resuelto asuntos sobre contratación de profesores, ha concedido una entrevista en una radio local y más tarde revisará los temas que se dictarán en las próximas clases. «No concibo mi vida sin Jazz Jaus», asegura Carolina, sentada en un salón de ensayos del segundo piso de la casona de Miraflores donde funciona la escuela. «No ha sido fácil ¿sabes?, pero siento que estamos tocados por algo: aquí pasan cosas alucinantes», dice mientras entra un aire fresco por una ventana que da a la calle.

Toda reunión de músicos es una familia, y Jazz Jaus es una fuera de lo común. Un lugar al mando de una saxofonista que solo transformándose en una hábil emprendedora puede sacar adelante un proyecto que tiene por fin que la gente sea más feliz a través de la música. Un espacio donde niños, jóvenes, adultos y hasta ancianos llevan talleres de tres meses de canto, batería, bajo, guitarra, teclado o saxofón, los que terminan en ovacionados conciertos de big bands en diversos auditorios de Lima. Una suerte de refugio donde acuden desde pequeños que sueñan con ser famosos hasta ejecutivos a quienes siempre les gustó la guitarra o batería, pero que solo aquí encuentran una oportunidad de tocar en vivo junto con una agrupación. Y los alumnos lo disfrutan: «Jazz Jaus es una hermandad», dice Paulo García, un adolescente que toca la batería. «La música es una adicción positiva. Me hace sentir bien», refiere Santo Rojas, un joven timbalero.

Carolina Aráoz, que esta tarde viste una falda de colores, blusa blanca y una pashmina celeste, sabe que entregarse a la música es aceptar que se va a vivir a contracorriente. «Pero este es mi sueño, y creo en él», dice. Ha conseguido aliados y reconocimiento por el espíritu social de Jazz Jaus. En Huánuco, Huancayo, Trujillo y Manchay, por ejemplo, capacita a los profesores que dirigen las big bands en Sinfonía por el Perú, la red de orquestas juveniles que propicia el tenor Juan Diego Flores en todo el país. También ha brindado talleres de música en zonas de riesgo y bajos recursos de Comas, San Juan de Lurigancho y Cajamarca.

«Lo que se vive en esas experiencias es maravilloso», dice. «Pero ¿cómo costeas más talleres de ese tipo? ¿Con qué recursos llevas la idea a otros lugares?» Carolina sabe que solo haciendo de Jazz Jaus un proyecto cada día más sostenible podrá concentrarse en ese aspecto. «Pero es increíble. En medio de todo el trabajo que significa mantener Jazz Jaus se presentan como retribuciones a todo el esfuerzo». Se refiere al programa Momentum de la Fundación BBVA. Gracias a esta iniciativa, Carolina ha ingresado a un curso para desarrollar un plan de negocios con relación a Jazz Jaus en el Centro de Innovación y Desarrollo Emprendedor de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Para esta oportunidad postularon doscientos emprendedores sociales del país, pero solo seleccionaron a seis. Lo más importante está en que hacia fines de marzo, al terminar el curso, ellos podrán aspirar, tras una evaluación, a un importante financiamiento con el que podrán costear, por ejemplo, el pago a los profesionales que se requieran para que el plan se implemente.

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Música para todos

Carolina ahora se traslada a su oficina, donde hay un espejo con una inscripción a mano que dice ‘Music is my life’. Desde allí organiza sus planes para este año. «No paro de tocar puertas, pero más que dinero, quiero dar servicios», dice mientras coloca sus manos en el escritorio donde hay una pequeña escultura de un saxofonista elaborada con alambres y tuercas. Sucede que Jazz Jaus también es hoy una organización que brinda consultoría musical a empresas. Una conocida cadena de supermercados, por ejemplo, se atrevió a llevar la experiencia que ofrece Jazz Jaus. Sesenta trabajadores, durante catorce sábados, bajo la instrucción de diez profesores, consiguieron armar una gran orquesta con la que tocaron Oye cómo va, esa famosa canción de Tito Puente. «¿Qué mejor experiencia para mejorar el trabajo en equipo puede haber?», dice. Desde luego hay programas para gerentes, e incluso aquellos cuyo objetivo es armar una banda solo con instrumentos de cosas recicladas. «Sé que la grabación de mi disco, por ejemplo, está en stand by por todo el trabajo que tengo, pero la verdad vale la pena». Lo dice alguien que sueña con formar una banda en una cárcel de mujeres del país. Después de todo –asegura– el saxofón es un instrumento para extrovertidos, para gente que no puede parar, como ella.