El hijo pródigo

Por Gabriela Ramos
Desde que pisó por primera vez el Mercedes-Benz New York Fashion Week, hace siete años, Sergio Dávila no ha dejado esa pasarela. Sus colecciones le han valido elogios de medios especializados como collezzioni, women’s wear daily, the expert, entre otros. En su retorno de los grandes desfiles, se prepara para dar altura al Perú Moda con su nueva línea M.bö by Sergio Dávila. Esta es la historia del hombre que triunfó en el extranjero y decidió volver a casa.

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Bryant Park en Manhattan. Invierno de 2008. Es el tercer día del Mercedes-Benz New York Fashion Week Fall Winter y Carolina Herrera acaba de terminar su presentación. Es el turno de la colección de un joven diseñador peruano que, por un momento, acapara la atención de la élite ‘fashionista’ a nivel mundial. Luego de dejar el backstage, Sergio Dávila se acerca a su padre, que había observado el desfile, y el primer comentario que oyó fue: «¡Wow!, acabo de ver pasar tu departamento en diez minutos».

No lo dijo con mala onda. Sergio admite que su padre fue uno de los mayores impulsores para que siguiera el camino que ahora transita, pero tomar la decisión de vender un departamento en Punta Hermosa para costear un show de modas le parecía descabellado. Sin embargo, el tiempo daría la razón a Sergio: la apuesta de ir a estudiar Diseño de Modas al Academy of Arts University en San Francisco a los 25 años se convirtió en el gran acierto de su vida.

El calor agobiante del verano no se siente en la tienda de Sergio Dávila en el Urban Hall del Centro Histórico de Lima. La decoración vintage, y una colección de ropa moderna y masculina te traslada desde el ambiente caótico del jirón Carabaya hacia una pasarela neoyorquina. Afuera de la tienda, una pequeña pizarra indica, con tiza amarilla, que están celebrando su quinto aniversario. Sergio espera sentado en el café de enfrente, mientras toma un jugo de frutas y ojea la revista DETAILS, una de sus favoritas, además de GQ. Saluda con una sonrisa y, luego de explicarme las virtudes de la publicación que tiene en sus manos, inicia esta entrevista.
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¿Quién es Sergio Dávila fuera del mundo de la moda?
¿Quién soy? –se cuestiona a sí mismo, aunque de inmediato da con la respuesta–. Soy un chico de su casa, de familia. Me encanta pasar el tiempo con mis padres y con mis hermanos.

¿Qué se siente ser el hijo del medio?
¡Al del medio nunca lo toman en consideración! –reclama–. Mi hermana Ada fue la hija mayor, luego mi hermano Mauricio fue el primer hijo varón, después estuve yo, y al final mi hermano Gonzalo. Siempre te sientes un poco relegado, pero al final el amor de los padres es igual… se supone. ¡Ja, ja, ja! Yo soy el hijo pródigo.

¿En verdad te sientes así?
Sí, soy el único que se fue lejos por varios años y bastante joven. Volvía solamente a ver mi producción. Nunca pensé en regresar a vivir part time al Perú porque ya tenía mi vida hecha en Estados Unidos, y ahora mírame… Todos vuelven.

Sergio Dávila nació en Lima a principios de los setenta; sin embargo, jamás vivió en esta ciudad. Su infancia, adolescencia y juventud se dividieron entre Chaclacayo y Punta Hermosa. Y, aunque era un buen candidato a estudiante de Arquitectura, su padre terminó por sugerirle que estudiara Ingeniería Civil. «Era bueno con la geometría descriptiva, pero en los otros cursos era bastante malo. Solo aguanté tres años», recuerda.

Durante esos años, Sergio tenía una afición que lo ayudaba a no dejar pasar su lado creativo: organizaba fiestas temáticas para sus amigos. «Me encantaba armar fiestas de Halloween; era mi festividad favorita. En esa época tenía mi máquina de coser y me hacía yo mismo los disfraces. Un año fui un robot, al siguiente fui Homero de los Locos Adams», dice entre risas.
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Sin embargo, hace ya bastante tiempo no toca una máquina de coser. La producción de su marca se ha industrializado y la posta de la confección la han tomado las fábricas. «Crear es un lujo. Me gustaría también tener tiempo para volver a coser, pintar cuadros o más cosas ligadas al arte, pero no sé si podré», admite con cierta pena.

Precisamente tiempo es lo que más escasea cuando se tiene que hacer malabares para manejar con éxito dos tiendas en Lima y un showroom en Nueva York. Pero parece que el diseñador que algún día estaba ilusionado con tener una sola tienda ha traspasado por mucho la barrera de sus sueños. A mediados de abril, el stock de tiendas que llevan su nombre se ampliará. A partir del quince de abril, la marca local M.bö tendrá una línea by Sergio Dávila, con lo que el diseñador alcanzará al fin una de las metas que plantea desde hace mucho: tener una presencia masiva en centros comerciales. En un principio planeó seguir este camino en Estados Unidos, pero paradójicamente fue en el Perú donde se le abrieron las puertas.

Tal vez el panorama actual sería distinto si en 2009 su relacionista público no le hubiera puesto las cosas en claro. Sergio había saltado de San Francisco a Nueva York con una facilidad increíble. Había organizado comentados desfiles en museos, iglesias, canchas de básquet. En su primera participación en el Mercedes-Benz Fashion Week su colección fue la favorita de Patrick McDonald, ‘el dandi de la moda’, y alcanzó muy buenas críticas en prensa especializada. Sus clientes empezaron a buscarlo en su tienda del West Village, el barrio donde ha vivido por más de diez años. En resumen tenía todo lo que siempre había querido. «Ese era mi lugar, me sentía cómodo. Aunque era una gran ciudad, busqué mi zona de confort y la encontré». Pero eso no era suficiente.

«¿Quieres ser el diseñador del West Village o un nombre internacional», le preguntó su PR, cuando vio la comodidad de su representado. Ella le advirtió que para ser grande en lo que hacía necesitaba que una tribu lo siguiera, y qué mejor que todo un país. «Yo le dije que hasta había salido en Luces de el comercio, pero ella me dijo que no era suficiente, que debía volver a hacerme conocido en mi propio país». Por eso Sergio volvió. Empezó a conocer a los textileros, a las figuras de la moda, a los deportistas. Se convirtió en embajador de Marca Perú y se presentó en Perú Moda. Poco a poco abrió las dos tiendas que aún maneja y tomó, como principio básico, tener las mismas concepciones fashionistas para Nueva York y para Lima. En este mundo globalizado, un peruano y un estadounidense se visten igual. Esa fue y sigue siendo la fórmula de su éxito.
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Entonces primero lograste el éxito en el extranjero y luego aquí. ¿Crees que de haber sido al revés tendrías el mismo éxito?
Yo creo que cada uno hace su suerte. No es necesario viajar a Nueva York para conocer gente que te ayude a crecer. En todos lados puedes encontrarla. Sí creo que he hecho cosas para mi carrera bien pensadas, aunque la gente decía que era extraño arriesgarse por algo así.

¿Consideras que en nuestro país se vive un boom de la moda?
Creo que tenemos muy buena mano de obra. Ser peruano es ser creativo, y eso ayuda. Si tuviera que aconsejar a la gente joven, yo haría tres años de moda en cualquier escuela de Lima. Luego me iría a hacer un máster a una ciudad tranquila, San Francisco, por ejemplo; y luego un internship en Nueva York.

Pero ese es el camino inverso al que tomaste…
¿Sí, no? –responde con el atisbo de culpabilidad de quien acaba de descubrir contradicciones en sus propias palabras–. Es que en el año 97, cuando yo empecé, acá nadie estudiaba moda. Yo la estaba descubriendo afuera.
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Tercera semana de febrero de 2015. El martes Sergio celebra una fiesta por su cumpleaños número 43. El jueves presenta su colección otoño/invierno en el Fashion Week y asiste a una cena para festejarlo. Y más tarde visita otra fiesta donde está invitado. Así está la vida del diseñador desde que volvió de Nueva York. Él jamás falta a ningún compromiso ni ha dejado de salir un día de semana. «¿Cuál es el secreto?», preguntamos. «Es que a mí no me gustan los excesos… Nunca he tomado café, nunca he fumado un cigarro, nunca he consumido drogas. Si tú me llamas para salir un martes, yo voy y al día siguiente me levanto normal y voy a trabajar».

Toda esa vorágine de actividades nunca le dejó mucho tiempo para extrañar su país natal. Incluso, cuando estaba en San Francisco y la vida era mucho menos agitada, había poco que echar de menos. «Yo siempre les decía a mis amigos que San Francisco era un Chaclacayo con un opera house. ¡Era igual de tranquilo!», se acuerda sonriente. «Además cada seis meses viajaba a Los Ángeles y la playa me hacía sentir como si estuviera en la Costa Verde». Ahora que está en Lima, aunque está lleno de actividades, el ritmo más lento le permite extrañar. Pero aun así aprendió a amar a esta ciudad tanto como a Nueva York.

Son las 5:30 de la tarde y, desde hace media hora, lo están esperando dos amigos que acaban de llegar de Nueva York para que Sergio les dé un pequeño tour por el centro de Lima. Antes de irse confiesa una última cosa. «Una de las cosas que más me gusta de Estados Unidos es que su gente es un poco naive; te lo creen todo».

¿Cómo es eso de que te creen todo?
¡Ja, ja, ja! Es que ellos no tienen mucha historia. Cuando yo llegué, me hacían mil preguntas porque me veían como algo exótico. Me preguntaban si Lima era antigua y de dónde venían mis antepasados… yo les explicaba todo, pero puede que haya exagerado un poquito.

Sin embargo puede que los relatos de Sergio no hayan sido tan lejanos a la realidad. Cuando uno de sus amigos llegó a Punta Hermosa –infaltable en sus historias–, le dijo que esa localidad era un cofre de tesoros que se abría ante el mundo, como su trabajo.
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Fotográfia de portada: Jorge Anaya
Producción: Paula Ramirez
Maquillaje: Sandy Frydman
Asistente de fotografía: Diego Villagra
Agradecimientos: Mbö por Sergio Dávila, telas Vichy, Bruno Ferrini, , Al lado del mar, Relojes Perrelet y telas Vichy.
Otras fotos: Archivo Sergio Dávila.