El Cuchillo
Fotos de Alonso Molina

La Plazita

Valoración: 1.5/5 cuchillos

Durante mucho tiempo, tanto para locales como para visitantes, Lima tuvo fama de ser una ciudad donde, por norma, se comía bien y a precios económicos. Lo primero, en general, sigue siendo verdad, quizá algo menos de lo que los limeños nos decimos a nosotros mismos –no tenemos, por ejemplo, una oferta atractiva y variada de restaurantes de cocina extranjera—, mientras que lo segundo es cada vez menos defendible. En los últimos años, los tickets promedios en la ciudad se han disparado. No me refiero a los restaurantes de alta cocina, donde es cierto que los precios se han elevado: basta echar un vistazo al costo de los menú degustación de los mejores restaurantes de la ciudad. Pero esos locales ofrecen una experiencia en muchos casos única e irrepetible, y operan bajo una lógica más de espectáculo –es decir, constituyen una atracción que va más allá de lo que comemos, equiparable a la de asistir al teatro, a la ópera o a un buen partido de fútbol— que de mera casa de comidas. La vara para medirlos es otra.

Me refiero más bien a los restaurantes que podríamos considerar la clase media. Fuera de los locales que ofrecen menús de mediodía y otros locales modestos, en Lima se ha hecho difícil sentarse a comer con cierta comodidad y bebiendo un par de cervezas por menos de setenta u ochenta soles. Un ejemplo de esta clase media con precios un tanto elevados es La Plazita, en Miraflores. Para esta crítica acudí en dos ocasiones, en ninguna de las cuales mi acompañante y yo bebimos otra cosa que agua o cerveza, y ambas veces la cuenta se elevó fácilmente por encima de los ciento cincuenta soles. Como ya he dicho en alguna crítica anterior, el cocinero o responsable del restaurante es quien decide los precios que cobra. De la misma forma, el comensal decide si lo que come en ese local justifica el precio que paga.

Así, en mi primera visita empecé con una tortilla española con chorizo, por la que pagué dieciséis soles. Eran dos rebanadas de tortilla acompañadas de una ensaladita de hojas verdes y tomate. La tortilla, aunque sabrosa y con las papas bien confitadas, se excedía en grasa. Un error habitual de quien prepara tortilla de papa es no escurrir el aceite de las papas antes de mezclarlas con los huevos. Me aventuro a pensar que eso fue lo que ocurrió en este caso, grave porque la tortilla tenía además unas láminas de chorizo español, que es ya bastante graso. A continuación llegó un tiradito apaltado –treinta y dos soles— servido con una chalaquita y granos de choclo. La persona que tuvo la idea de añadir palta al ceviche o el tiradito es un genio no reconocido. Lastimosamente aquí el limón había sido exprimido demasiado y ese amargor característico de la corteza interna agredía de tal forma a la charela que hacía imposible disfrutar del plato. Tuve más suerte con las pizzas, en concreto con la campesina: salsa de tomate, mozzarella, champiñones, aceitunas verdes, cebolla blanca, pimiento y prosciutto italiano. La masa delgada y bien horneada, aunque la calidad del prosciutto utilizado no justificaba los treinta y cuatro soles que consigna la carta.

La principal inspiración del menú de La Plazita es la cocina italiana, así que en una de mis visitas me aventuré a pedir el spaghetti a la carbonara, uno de los clásicos de trattoria normalmente maltratado en nuestros restaurantes. Su preparación es sencilla, la salsa no lleva más que huevo, tocino [en realidad guanciale o panceta salada, pero en la mayoría de lugares utilizan tocino] y queso rallado [la tradición dicta pecorino romano pero se suele utilizar parmigiano o grana padano]. Eso sí, ha de prepararse al instante, con la pasta recién cocida y mezclándolo todo rápidamente. En La Plazita le añaden lascas de espárragos, lo que en principio no es una mala idea. El problema no venía por ahí sino por la utilización de crema de leche, otro error habitual. Como resultado, lo que llega a la mesa es un plato de spaghetti ensopado en una salsa grasosa y sin la sutileza de la preparación original, donde el huevo amalgama con el tocino y el queso sin interferencia.

Estaba bastante mejor un chaufa de quinua –treinta y seis soles– con chicharrón de pescado. Podrían bien llamarlo saltado en lugar de chaufa, porque la semejanza con este es más bien vaga, pero la mezcla sencilla de espárragos, brócoli, pimiento y huevo con la quinua pasados por el wok funciona. Sin aspavientos, pero funciona. El rebozado del chicharrón se encontraba un poco grueso pero por dentro el pescado permanecía jugoso.

Uno de los platos más conocidos de La Plazita es su risotto de lomo huancaíno. Llega en una coqueta ollita y el camarero lo sirve en la mesa. El lomo saltado es irreprochable. Jugoso, tierno, con la nota justa de sillao y vinagre. No puede decirse lo mismo del risotto. El arroz ha sido cocido en exceso y con demasiado líquido, llega a la mesa hecho una pequeña sopa, y se encuentra soso. Errores difíciles de pasar por alto cuando te cobran cuarenta soles por un risotto.

En un restaurante uno no paga solo por la comida, paga también, entre otras cosas, por el local y el ambiente. Y el de La Plazita es un local agradable, decorado con buen gusto, repleto de madera y un ambiente campestre que supone un ventarrón de aire fresco en pleno Miraflores. Como comensal, yo estoy dispuesto a pagar por ello; eso sí, con los precios que manejan, me gustaría también saber que mi dinero paga además insumos de primera calidad y una o varias manos expertas en la cocina. Esto último no me resulta tan claro.

Dirección: San Fernando 380 [esquina con Vasco Núñez de Balboa], Miraflores. Contacto: 981-112-267 //www.laplazitalima.com/ Horario: Lunes 19:00 h – 00:00 h; Martes a sábado 12:30 h – 00:00 h; Domingos 12:30 h – 17:00 h Precio: Alrededor de S/. 80.00 por persona. Servicio: Informal y atento, algo distraído. Ambiente: Relajado, de terraza. Reserva: Recomendable pero no imprescindible. Valoración: 1.5/5 cuchillos