El bar skater de un chico punk

Escribe: Alonso Mesía / Fotos: Fernando Criollo
Lucho Miranda es un cachivachero underground que ha mudado parte de su colección a un bar frecuentado por skaters e hijos de la noche. El Hensley, el primer y único bar de skaters de Latinomérica, ha llegado para teñir de colores la escena gris, y a veces predescible, de los bares limeños

ABRIDORA2
Una noche, cuando Lucho Miranda regresó a su departamento del centro de Boston, notó que alguien había estado en él durante su ausencia: la ventana había sido forzada. Cuando llegaron los policías y vieron todas sus cosas desparramadas por el piso, dijeron algo así como «vaya, aquí han saqueado todo». Pero no: en realidad el delincuente no se había llevado nada, probablemente porque nada le había interesado. Lucho Miranda se ríe cuando cuenta esta anécdota. El tremendo desorden que sorprendió a los agentes no era fruto de la invasión, sino de su vida cotidiana. Más que la casa de un coleccionista underground, era la de un cachivachero punk, alguien que vivía entre la maleza de vinilos, libros, tablas de skate y latas vacías de cerveza.

Hace un par de años, este hombre de un metro ochenta y más de cien kilos de peso, tuvo la buena idea de montar un bar en Lima decorado con algunos de sus objetos de colección punk. El recinto recibió el nombre de Hensley y hoy ostenta la fama de ser el primer y único bar de skaters de Latinoamérica. Lucho Miranda sabe que no ha descubierto la pólvora, pero ha creado en medio de la noche desértica de Surco un lugar en el que se mezclan, sin estorbarse, skaters y artistas urbanos, músicos, oficinistas y desvelados de cualquier clase.
skatebar (8)
Los rumores sobre un tipo que estaba a punto de abrir un bar con una rampa en la trastienda habían sacudido los peinados de una tribu grande de skaters que empezaron a inventar leyendas sobre el lugar antes de que abriera. Lo cierto es que dicha leyenda urbana se convirtió en una ruidosa realidad en la cuadra 13 de la avenida Primavera.

DSC_4876


Fui a ver a Lucho una tarde en la que no parecía que iba a llegar gente. Vestía un pantalón oscuro y un polo negro que se le estiraba casi diez centímetros a la altura de la barriga. Lucho Miranda es gordo y no le gusta caminar, pero la agilidad con la que monta una tabla de skate hace pensar que tiene algodón blando en el cuerpo en vez de grasa y músculos. Es un tipo ruidoso también: siempre le acompaña un sonido como de cascabel, porque un llavero en el que junta las llaves de toda su vida le cuelga del pantalón. Julai Cadenillas, un dentista skater que se ha convertido en uno de sus amigos más cercanos, dice que Lucho llega sonando. Parece que esta es la mejor descripción de un tipo que ha dedicado la mitad de su vida a coleccionar sonidos. Antes de ir al bar, habíamos estado en su casa, donde está una parte de su colección de Boston, viendo sus colecciones. Lo mejor: el disco debut de los Sex Pistols y un vinilo de edición limitada de la legendaria banda Crass. Ambos deben de costar ahora cien veces más del precio al que los adquirió.

Todavía hacía calor. Un ventilador detrás de la barra le daba el aire en el rostro y el flequillo de cabello que usa a lo Morrissey le estorbaba entre los ojos. Él estaba en el ángulo más oscuro del bar, lejos del resto de la iluminación que se reparte en varias esferas amarillas en los extremos de las paredes rojas. En las noches de verano, cuando el Hensley está hasta el tope de gente, debe ser el lugar en Lima que más se asemeja a una sucursal del infierno: paredes rojas, grafitis, cómics, revistas, discos, posters de música, gente montando skate, gente ebria. Toda esa mezcla impacta. Hombres y mujeres que llegaron miércoles cualquiera han vuelto mes tras mes, semana tras semana. Pero todo aquel que llega para quedarse no debe olvidar dos cosas: no te metas con nadie y, sobre todo, no te creas eso de que el cliente siempre tiene la razón.


Lucho Miranda cree que está en un bar casi todo el tiempo. Incluso cuando está en algunos restaurantes o cafés se refiere a ellos como «a este bar de mierda». Todas las mañanas desayuna en un local frente al Parque Kennedy. Más de una persona le ha visto ahí con pancakes y cerveza. De hecho, antes de fundar su bar, Lucho Miranda imagino que el Hensley también funcionara como un café. Pero hasta hoy no se ha servido una sola bebida caliente allí.

El Hensley es también una embajada, aunque serlo no fue la razón legítima de su creación. De hecho, las motivaciones de Lucho no son tan nobles. A fines de este año, trasladará todos los cachivaches de su casa a un nuevo local y por una razón sencilla: «Tengo un bar porque me gusta tomar», admite. En realidad, lo que administra este peruano de 36 años, entre jarras de ron y cerveza, es un templo subte. Al menos una vez al mes llega un extranjero para alojarse en su casa o para visitar su bar. Mucho más seguido, mantiene conversaciones casi diplomáticas con algunos miembros del movimiento punk o skater alrededor del mundo. El mismo Matt Hensley, músico y patinador legendario que inspiró el nombre del bar, le mandó una tabla autografiada y buenos deseos cuando Lucho inauguró el local en Lima. Al bar han llegado a tomarse una cerveza las bandas argentinas Boom Boom Kid y 2 minutos, la grafitera colombiana Bastardilla, la legendaria agrupación estadounidense Los Crudos, y muchos más.

Mientras los medios que le han hecho notas periodísticas le bajan el tono a sus declaraciones, él insiste en que nadie se ha atrevido todavía a retratarlo como un punk. Poco ha pesado en esas entrevistas que se haya ido de gira casi diez años con las más furiosas bandas del género y que haya escrito para la revista Maximum Rock N’ Roll, La biblia del punk. Por ahora las ilusiones más recurrentes para este acumulador con visión de galerista son decorar otro bar en un barrio más céntrico y recuperar el dominio del skateboarding en el grado más amable que se lo permita su físico. Y es lógico. Uno no se imagina a este tipo detrás del mostrador de una juguería.