Eduardo Cesti: elogio al retorno

Por Jesús Cuzcano / Retrato de Augusto Escribens
Luego de un largo periodo alejado de los telones, el actor Eduardo Cesti vuelve con la obra El rey de las azoteas, una adaptación del cuento Por las azoteas de Julio Ramón Ribeyro. En medio de los ensayos previos al estreno de la obra, el reconocido actor habla sobre el largo viaje que lo trajo de vuelta.

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La puerta se abre y Eduardo Cesti ingresa al escenario. Desde el otro lado del entablado se le puede observar haciendo una serie de ademanes que acompañan sus palabras. Es casi imposible no prestarle atención.

El actor de 74 años parece agotado. Hacía menos de una hora había terminado uno de sus ensayos [en el distrito de San Miguel] para su papel más reciente en la obra El rey de las azoteas, una adaptación del cuento de Julio Ramón Ribeyro.

Ahora se encuentra en un lugar diferente, al otro lado de la ciudad. Uno de los amigos que llega con él lo ayuda a movilizarse sobre el escenario del Teatro Ensamble en Barranco [hace dos años le amputaron la pierna derecha por complicaciones de la diabetes que padece]. A su alrededor, todo sigue su curso: las luces se encienden y se apagan, la utilería del teatro se mueve de un lado a otro y se escuchan diferentes sonidos que luego formarían parte de una producción.

De pronto el lugar queda en penumbras por unos segundos, el actor se encuentra frente a mí. Las luces se encienden. Desde una distancia prudente se puede observar al popular ‘Teniente Gamboa’ de la TV ochentera peruana bajo un pantone multicolor. Le lanzo la primera pregunta y me hace un ademán con ambos brazos, como si estuviera rememorando algo. El actor ha entrado a escena.
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EL VIAJE

El teatro siempre anduvo detrás de Eduardo. Cuando solo tenía tres años, allá en los cuarenta, su casa en Lince tenía siempre de visita a los actores y comediantes más populares de la época.

Eduardo, muy pequeño aún para comprender lo que era la actuación, podía solo presenciar esa suerte de espectáculos que se llevaban frente a él y a una cortina inmensa [que parecía un telón] que dividía su sala en dos ambientes, y hacía parecer como si todo ese espacio fuera parte de un pequeño teatro.

El actor guarda el recuerdo de una de aquellas escenas. «A mi hermano mayor lo pusieron como un canillita… Alguien le quería robar, y a mi padre, por ir en defensa de él, le ‘metieron’ cuchillo –dice mientras alza la mirada–. Y a mí me dio ataque –continúa entre risas–, me asusté».

Esa ficción se sumó a posteriores experiencias que también lo incitarían a formar parte del mundo de los escenarios. Por ejemplo, años después, recuerda haber visto a su padre sentado en la entrada de su casa leyendo una obra de Henrik Ibsen, el dramaturgo noruego, y recuerda también haber llegado a una de sus primeras presentaciones para una obra musical [en la escuela]. «Como me gustaba cantar, fui a una primera actuación donde cantaba una canción mexicana… y le jalaba los pelos a no sé quién», confiesa, y estalla en risas.

Pero fue 1963 el año en que Cesti comenzó su carrera como actor profesional. De la mano de Reynaldo d’Amore, el mítico fundador del Club de Teatro de Lima, el actor se encaminó a la vida en entretelones. Y solo dos años más tarde se enrumbó con el grupo del teatro en una gira por el Perú entero, llevando obras de dramaturgos como Jean Cocteau y John van Druten.

De allí en adelante solo hubo que esperar hasta los setenta para poder encender un televisor y verlo hacer su primera aparición en el programa de Pablo de Madalengoitia Usted es el juez, o encender una radio y oír su voz en una de las radionovelas de la época.

Como todos en el mundo de la actuación, Eduardo Cesti ha tenido muchos nombres. Ha sido el ‘Teniente Gamboa’ en la popular serie de televisión de los ochenta, se ha llamado también ‘Cervera’ en la serie Sally, la muñequita del pueblo, también ha dejado de tener nombre como sucedió en el filme Paloma de papel, en el que interpretó a un viejo de pueblo.

Pero ya sea sobre las tablas, frente a una cámara de televisión o proyectado en una pantalla de cine, el actor siempre ha dejado notar el temple y la versatilidad que lo caracterizan. «No hay papel pequeño, solo actores pequeños».
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EL RETORNO

«Mi amor es el teatro –dice Eduardo, y una luz del escenario se posa sobre su cabeza–. No hay como el teatro, es mágico, no muere –continúa–, y no va a morir nunca».

En 2013 se cumplían 50 años desde que el actor fue elogiado como actor por primera vez. Sin embargo, la complicación que sufrió producto de la diabetes que aún padece le impidió regresar a las tablas como él hubiera querido.

En el proceso perdió una pierna, y eso lo limitó tanto física como anímicamente. Sin embargo, como muestra de que la pasión es lo último que muere en un actor, anduvo en busca de un papel que lograra regresarlo a ese lugar al que pertenece: el escenario. Poco después lo consiguió.

Por eso hoy el actor se encuentra sentado en medio del escenario del Teatro Ensamble en el distrito de Barranco. Con una vitalidad muy particular, y acompañando sus palabras con una serie de ademanes, observa el escenario en el que estrenará la obra El rey de las azoteas el 31 de enero. Eduardo suelta una frase: «Amo a todos mis personajes».

En uno de los pasajes de Por las azoteas [cuento de Ribeyro que inspiró la obra] se lee lo siguiente: «Yo soy como ese hombre que después de diez años resucitó y regresó a su casa».

Hoy es imposible no ver a aquel actor y pensar que antes de empezar su actuación ya ha generado una conexión con aquel personaje, tal y como lo ha hecho a lo largo de toda su carrera.

En sus palabras: «Tienes que vivir la vida de otro. Siempre es algo nuevo –se sonríe–, es buscar el alma».

Su acto principal recién empieza… El actor ha vuelto a casa.

Datos de la obra:
La obra se lleva a cabo en el Teatro Ensamble en el distrito de Barranco – Calle Bolognesi 497.
Las funciones van del 31 de enero al 12 de febrero y se llevan a cabo los sábados y domingos a las 4 pm.