Dime qué lees

Tres personajes. Tres bibliotecas. Tres historias.

Escribe: Manolo Bonilla y Carlos Fuller/ Foto: Fernando Criollo

La biblioteca de Goster

José Antonio Mesones y dos regalos: un libro gordo del diario la prensa de 1930 y un volumen de la enciclopedia comercial de la cámara de comercio británica

Cuando Goster se separó supo que tenía muchos libros. Y claro, también discos. El diseñador vive en un departamento antiguo, de doble y hasta triple altura, en Miraflores. Su biblioteca está allí, elevada y unitaria porque solotiene un pasadizo para revisar los libros. Cuando llegó, estaba tal cual: el mismo librero que aparece suspendido sobre la sala de televisión, al lado de su cuarto. Entonces solo tuvo que acomodar sus libros y revistas. Porque Goster, al que uno imaginaría –erradamente– ojeando algún vademécum de diseño para hacer su librero, es más que nada un revistero.

Hay algunos libros sobre la mesa, otros tirados, en la sala, en su cuarto. Tiene un perro, casi un tímido lector, que solo muerde los bordes de los libros que encuentra fuera de la biblioteca. Se dice que antes de los cincuenta años, uno no ha terminado de leer el 60% de su biblioteca y que en la vejez esa misma persona emprende un proyecto titánico: terminar de leerlos. «El 80% de mis libros es más para ver que para leer», dice Goster, un maniático de las revistas que conserva bajo su propio –y arcano– orden. Le fascinan los títulos de una editorial alemana, llamada Gestalten, que colecciona en un mismo estante. Volúmenes de arquitectura, arte y diseño que Goster conoció durante un viaje a Nueva York, un año antes de la caída de las torres.Entonces se volvió un fanático. «Eran cosas diferentes a las que solía consumir. En esa época compraba más libros gringos que europeos», dice Goster, que antes viajaba para comprar libros. Después se colgó de Amazon, hasta que abrieron la librería Mediática donde podía conseguir esos libros y compendios de diseño que antes solo conseguía en la librería Época.

De la gran biblioteca de su padre, un abogado que ahora usa iPad y Kindle, no heredó casi nada. Salvo un ejemplar de la Enciclopedia Comercial de la Cámara de Comercio Británica para Latinoamérica, un paquidermo de 1679 páginas y cuñas en el lomo para distinguir las secciones alfabéticamente. Libros como ese conviven en sus anaqueles con un grueso volumen rojo del diario La Prensa de 1930, material incombustible para leer noticias surreales en las tertulias con amigos y matarse de risa. Están por ahí también Sex, de Madonna –que compró en Época–, Terrorismo Gráfico–un regalo de su amigo Óscar Malca–, las ediciones completas de una revista de los setenta que diseñó Pepe Bracamonte–, Polaroid Book, The push pin graphic de Seymour Chwast, Great T-Shirts Graphics, un libro autografiado de Stefan Sagmeister, Pachanga de Belén Mena –un compendio de los diseños naturales de las alas de las mariposas– y La Grabadora. The sound of periferia (2006), un falso documental que diseñó junto a dos amigos sobre una supuesta movida musical durante la dictadura militar. «Era una farsa. Pero hubo gente que se la creyó».