Dejarlo todo para ser profesor en el Perú

En un país donde la educación es la última rueda del coche, ¿ser maestro de escuela puede enseñarte a ser feliz?

Escribe: Miguel Ángel Farfán / Ilustración: Omar Xiancas
Un periodista tenía esto: catorce sueldos al año en el diario más importante del país, viajes al extranjero cada seis meses y contrato asegurado hasta fines de 2013. Digamos, estabilidad laboral. Pero no era feliz. Entonces renunció a todo. Quería convertirse en profesor. En un país donde la educación es la última rueda del coche, ¿ser maestro de escuela puede enseñarte a ser feliz?

profes

De visita a un colegio, diciembre de 2012

Una vez más, mire a donde mire solo encuentro arena. Arena y más arena. Llevo más de una hora y media sentado en este bus grande y viejo y en mi cabeza crece una sola idea: dentro de algo más de 3 meses, 75 días si mis matemáticas son buenas, perteneceré este lugar. Ventanilla: esteras de colores en las colinas tenues, perros escuálidos, hombres en uniforme haciendo colas, esperando que las plantas de refinaría y fábricas de maquinaria pesada donde trabajan se los traguen. Escolares que corren. Señoras que caminan con sus hijos en brazos. El segmento E de la economía despertando.

Son las siete y cuarenta de la mañana, dentro de poco llegaré a mi destino: el colegio Fe y Alegría 33. Allí, esta mañana de fines de diciembre la profesora Ángela Bravo tomará un examen y se despedirá de sus alumnos porque su ciclo como maestra ha terminado. Habrá lágrimas y abrazos y aplausos y mucho agradecimiento. Ella pertenece a Enseña Perú, una ONG que compromete a profesionales de alto desempeño de diversas carreras y universidades para que por dos años enseñen en colegios públicos y en ese lapso reduzcan la brecha que hay en la calidad educativa entre colegios de zonas marginales como Ventanilla y zonas pudientes como San Isidro, donde tomé el bus. Dentro de dos años yo también me despediré de mis futuros alumnos. Tengo veintiseís años. Hace un mes que ingresé a Enseña Perú.

Seré profesor. Seré profesor. Seré profesor.

Esa idea resuena como un mantra en mi cabeza.

Las palabras del padre, finales de 1999

Papá es un buen hombre. Aún así, aquella vez, a finales de los noventa, dijo que la tía estaba desperdiciando su vida al cambiar la Ingeniería Química por la Educación. Yo tenía trece años y no sabía qué estudiar. El Periodismo era una posibilidad más. La docencia, en cambio, no estaba en mis planes, ni en los de mis padres. Incluso daba crédito a las palabras de papá. ¿Quién querría ser profesor de colegio? ¿Para qué gastar cinco años de tu vida en una universidad si luego tendrías un empleo casi decadente y con pocas posibilidades de ascenso? ¿Por qué abocar tus esfuerzos a uno de los trabajos peor pagados del país? En Finlandia pertenecer al sector educativo es un privilegio que solo los más calificados logran. En Corea del Sur, al profesor se le llama transformador de la nación. En Perú el estereotipo de un profesor de colegio estatal es alguien que hace huelgas, que no busca la excelencia en sus alumnos y que llegó a esa carrera porque no pudo conseguir otra. Hay excepciones. Siempre las hay. Pero eso es en líneas generales. Lo mismo pensó mi tía antes de egresar, nunca ejerció la docencia. Nadie en mi familia lo ha hecho. Seré el primero.

Dentro del colegio, diciembre de 2012

Tengo miedo. Es ese tipo de miedo que uno siente ante una ola gigante que se va acercando, amenazante, dura, tan fuerte y definitiva como la acción de despertar. El bus se ha detenido en el paradero Arequipa, en Mi Perú. Bajo del vehículo y camino sin prisa –aquí nadie parece tenerla– hacia un mototaxi. Lo abordo. Es la cuarta vez que hago esta ruta en mi vida. Pasan cincuenta segundos y llegó al colegio Fe y Alegría 33. Pago un sol. Llamo por teléfono a Ángela. Ella responde y dice que tiene malas noticias. ¿Qué pasó? Ya te diré, espera, dice. Cuando llega me cuenta algo que no entiendo bien. Tiene sesión con los alumnos del 3ro D, pero se ha programado un examen de Religión a esa hora. Es raro porque ella enseña Comunicación. Pero el profesor que tiene las pruebas no llega. Me quedo en el patio. Unos niños se divierten con taps, esos discos de plástico que tienen figuritas, en el piso. Otros juegan fútbol con una botella en el patio. De pronto, llega el profesor de los exámenes y veo a una de las alumnas de Ángela, una chica brillante que conocí la primera vez que vine a este colegio [en octubre]. Ella, cuerpo menudo y cola en el pelo, grita: «Oh por Dios, llegó el profesor». No sé si tenga miedo por la prueba. Pero yo sí siento miedo, preocupación.

¿Cómo haré para que algún día mis estudiantes sientan alegría y no temor por estudiar? ¿Cómo cambiar el enfoque tradicional de la enseñanza? Por estos días leo un manual que Enseña Perú me entregó. Hay ejemplos interesantes y retadores, como el de Yérica García, quien ingresó al colegio San Vicente de Coprodeli, en el asentamiento humano Sarita Colonia, en el Callao, en 2010. Ella recibió un salón de primero de primaria donde el 90% de los alumnos no sabía escribir las vocales ni reconocer los números. La gente le decía que no podría hacer nada, que la situación de pobreza predisponía el fracaso académico de sus estudiantes. Pero Yérica trabajó incansablemente con sus chicos, comprometió a los padres y al final logró que al pasar a segundo de primaria sus alumnos sean bien calificados en la evaluación censal nacional y que, ahora, exijan y exijan por aprender más cada vez que están en el aula. O la historia de Stephanie Scott, de Teach for America, parte de la red Teach for All, a la que pertenece Enseña Perú, que al llegar al colegio en el sur de Louisiana donde enseñaría letras descubrió que no había una biblioteca, espacio de aprendizaje que ella consideraba indispensable para alcanzar sus metas de enseñanza. Hizo una campaña y logró recolectar setecientos libros y comprometió a sus alumnos para que hicieran clases de reforzamiento los fines de semana. Al pensar en los ejemplos siento la ola acercándose y tengo miedo. Pero es un miedo excitante, retador.

La decisión de enseñar, junio de 2012

Hasta hace poco trabajé como periodista para el diario más importante del país. Estaba en la sección de economía y tenía un contrato asegurado hasta noviembre de 2013. Vivía tranquilo, sin problemas y solo, en un departamento de un distrito de clase media. Podía viajar al extranjero dos veces al año. Salir todos los fines de semana. Pasarla bien. Sin embargo, no era feliz.

En mayo de 2012, en la revista Orsai leí sobre Evan Henshaw-Plath, uno de los creadores de Twitter. Un día, Evan se fue a Uruguay, conoció a una chica, se enamoró y mandó a rodar a los capitalistas de Silicon Valley. En 2012, cuando Twitter valía miles de millones de dólares, él vivía en una casa sin lujos con su nueva familia. Su mayor bien era una camioneta vieja. Y era feliz.

Al leer la historia yo estaba por ir a Uruguay de vacaciones. Entre mis planes estaba buscar a Evan y preguntarle por el secreto de su alegre rebeldía. Pero no lo encontré. Lo que sí encontré fue la respuesta a mi búsqueda personal. Desde hace mucho que había querido hacer algo por los demás, necesitaba sentirme útil más allá de publicar historias en el periódico. Necesitaba acción. Conocía Enseña Perú por declaraciones y conferencias del fundador, Álvaro Henzler, y por videos donde se veían las historias de los integrantes. Además, mi ex novia había trabajado allí y una amiga [la maestra Ángela Bravo] estaba dentro del programa y me contaba sobre su trabajo. Yo lo sentía arduo, pero fascinante. Tan necesario como exigente. Indispensable en este país con uno de los sistemas educativos de peor desempeño del mundo.

Pero sentía que a los veintiséis años ya no estaba para ese tipo de riesgos. Mis amigos estaban teniendo hijos y se compraban autos. Algunos ya se habían casado y hablaban de hipotecas. Otros de maestrías. Y así: cosas de adultos. Ingresar a Enseña Perú requiere renunciar a todo, trabajar a tiempo completo en un colegio y tener el salario de un maestro. Incluso supone mudarse [al Callao o a zonas rurales de Arequipa y Cajamarca], si es que se quiere tener un contacto más cercano con los estudiantes y su comunidad. Con esos cuestionamientos llegué a Punta del Diablo, un balneario al sureste de Uruguay. No conocía a nadie en ese lugar y me perdí en medio de una carretera. Mientras caminaba al costado de la vía, intentando hacer tirar dedo, vi a un hombre, un hippie que construía una casa preciosa con restos de madera. Me pregunté dónde habría aprendido a hacer algo así. ¿Dónde uno aprende las cosas? Y pensé en los colegios, y en Enseña Perú, y en la misión de esa ONG de mejorar la educación para que todos tengan acceso a las oportunidades que buscan, y en mí, y en cómo durante el colegio habían muerto muchas pasiones y nacido otras, y en mi edad, y en mi destino y en mi rol en este mundo, si es que tengo algún rol, y en aquella célebre conferencia titulada «Las escuelas matan la creatividad», de Ken Robinson, y en la historia que contó el inglés sobre esa niña que todos pensaban que era mala estudiante pero que en realidad escondía un enorme talento para bailar, talento que un profesor descubrió y que potenció para convertirla en una de las mejores coreógrafas del mundo [Gillian Lynne, autora de Cats y de El fantasma de la ópera]. Y dije sí, quiero hacer eso. Quiero trabajar por la educación. Quiero que las personas, en especial las de bajos ingresos, tengan la posibilidad de construir sus vidas, sus destinos, sus casitas de madera, sus propios pasos de baile. Su lugar en el mundo.

Experiencias en el aula, diciembre de 2012

El examen de Religión terminó. Desde hace una hora, estoy por cuarta vez en el salón del 3ro D del colegio Fe y Alegría 33, y ahora veo cómo el alumno más alto y desenfadado del salón se para y pide al resto que guarde silencio. De pronto, entiendo el mecanismo del lugar: él es como el líder, el muchacho que puede activar el botón de mute en sus compañeros y que en unos segundos me lanzará la pregunta que más he escuchado en los últimos meses. Se llama Julio, es moreno y tan alto y delgado como un espagueti con uniforme. Demora en pronunciar las palabras y se tambalea para que el resto se dé cuenta de que es relajado y que tiene el control de la situación. Cuando lo vi por primera vez, en octubre de este año, me sorprendió al decirme que quería hacer un reportaje sobre por qué los hijos de las violaciones provenían de Dios. Yo había llegado al salón para indicarles algunas técnicas de escritura e investigación, a pedido de Ángela. En aquel momento me desubiqué, no podía creer lo que estaba escuchando. Hubo risas de los alumnos. Pero la maestra dijo: «A ver, a ver, silencio. Julio ha tocado un tema complejo, dejemos que lo explique». Y lo explicó: unos días antes había visto el debate entre los candidatos a la presidencia de Estados Unidos. Allí, uno de los candidatos mencionó aquella afirmación. Quizá otros chicos hubieran dejado pasar la noticia, se hubieran burlado, pero Julio, curioso y dueño de una inteligencia rebelde, cuestionó el hecho. Cuestionó, verbo que ya pocos estudiantes practican. Al verlo pensé en cuántos niños como Julio deben existir. Pienso también en Mo Yan, ganador del último Premio Nobel, quien en su libro Cambios narra cómo él era un alumno problema para los profesores y que lo reprimían por decir las cosas «inusuales» que pensaba. ¿Cuántos chicos brillantes no llegan a explotar su potencial por no tener un guía, alguien que se preocupe por encontrar su talento? Ahora Julio le agradece a Ángela porque fue la única maestra que no lo botó del salón y porque le enseñó a ser un mejor estudiante [empezó el año con una calificación de 04 y terminó con 18]. Hay aplausos de sus compañeros. Pero él sigue en pie. Otra vez pide silencio porque dice que también debe agradecer al profesor, o sea a mí.

—Usted va a ser profesor, ¿no? —me pregunta, con las manos en los bolsillos, la quijada levantada y los ojos en contrapicado.
—Sí —respondo.
—Lo hará bien, tiene futuro —dice Julio.
—Ustedes tienen más futuro, todo lo que vi de ustedes fue perfecto.

Voy a ser profesor, junio de 2012

Hasta el 23 de junio de 2012, postular a Enseña Perú era mi secreto. Pero ese día decidí que era hora de decirlo a los demás. Y se los dije a mi ex novia y a mi mamá. Ambas reaccionaron con incredulidad. Sé que pensaban que en algún momento declinaría mi decisión. Desde los diecinueve años no había trabajado en otra cosa que no fuera Periodismo y casi todas mis metas tenían como inicio y final mi bienestar personal. Pero la decisión ya estaba tomada. Sé de casos donde los padres se opusieron a la decisión de sus hijos por ingresar a Enseña Perú bajo el argumento que debían buscar un empleo en reconocidas empresas y asegurarse un sueldo alto. También he escuchado historias de jóvenes que tuvieron todo el apoyo de sus padres. Hay de todo.

Hoy el movimiento sigue creciendo, año tras año. Hasta el momento son cuatro promociones del programa. Se espera que en un par de años se alcance a más de cuatrocientas personas trabajando por la educación. No solo desde las aulas sino desde otros puestos de trabajo. La idea es que luego de conocer cómo funciona el sistema, cada persona, de acuerdo a su carrera, trate de resolver la crisis educativa del país. Hay un objetivo común que nació por motivos personales. Ángela Bravo decidió ser maestra porque tuvo una experiencia represiva en el colegio de monjas donde estudió y quiere que nadie viva algo así. Yérica García se enamoró de la educación en la adolescencia porque participó de un voluntariado de enseñanza a niños con habilidades especiales. El año pasado fundó la ONG Inspírate Perú para trabajar por la educación inclusiva en el país. Yo enseñaré porque me preocupa el acceso a oportunidades y porque estoy seguro de que cada persona tiene un talento que solo debe despertar. Y Enseña Perú me parece el mejor camino para empezar a trabajar por eso.

El ingreso no fue sencillo. Empezaron la postulación más de 3 mil personas y la terminaron alrededor de 1.100. De ellos, solo 61 fueron seleccionados. Es una organización exigente, tan exigente como la meta que se ha planteado resolver: la crisis educativa del país. Serán dos años en las aulas. Pero el objetivo es mayor: en 2032, el movimiento espera que ocho de cada diez niños del país accedan a una educación de calidad. Y yo formo parte de ese reto.