Déjame que te cuente, limeño

Por Pamela Rodríguez
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Esta semana tuve el placer inmenso de recibir en mi casa a uno de los mejores amigos que la vida me ha dado: el cantautor mexicano Juan Manuel Torreblanca, líder de la banda que lleva su apellido. Juan es una de las personas más interesantes y peculiares que he conocido, un hombre lleno de curiosidad y mundo, de inquietudes e información de todo tipo. Un amigo que además tiene un caudal emocional e intelectual inmenso con el que procesa las cosas de una forma muy original y hermosa.

Juan nunca había venido a Lima, a pesar de ser amigos hace varios años. Siempre nos hemos encontrado en el DF o Nueva York, pero nunca en Lima. Me tomó todo este tiempo convencerlo de que venga, y aunque él diga que no venía por motivos de agenda, yo sé que no creía que Lima fuera una ciudad con una “ondaza”.

Resulta que ayer, mientras caminábamos por Barranco, hablábamos de una amiga peruana que tenemos en común y que se mudó recientemente a Lima con su esposo neoyorquino. Lo cito con palabras exactas: “Pame, pensé que el venir a vivir a Lima era un mega sacrificio de Phillip. Pero luego de unos días acá, pienso completamente lo contrario. ¡Lima es increíble! Quiero venir a quedarme unos meses para poder explorarla más, incluso quiero ver la forma de traer a toda la banda y tocar acá.”

Juan ya está en el proceso de tramitar una residencia con la embajada de su país para venir unos meses a conocer mejor la ciudad y también a trabajar. Esperemos que sea así.

Mientras pensaba en Juan y su romance con nuestra ciudad, recordé que el domingo pasado se fueron de Lima, después de haber pasado aquí diez días, unos queridos amigos argentinos: Mariana y Matías. Son una pareja joven y tienen una hija muy linda y querida llamada Ana. Matías es un reconocido productor musical y Mariana una fotógrafa exquisita, y los dos han vivido temporadas largas entre en Madrid y Buenos Aires construyendo carreras muy exitosas en ambas ciudades. Curiosamente, ninguno de los dos quería regresar a Buenos Aires, no porque tuvieran algo en contra de la ciudad donde residen, sino porque los dos encontraban que Lima es una ciudad efervescente y llena de cosas buenas para ofrecer. Cuando Mariana y Matías comentaban esto frente a un grupo de amigos limeños, no faltaba esa voz que decía «quédense y seguro en tres meses esta sería una ciudad que odiarían». Yo salté de inmediato a defender a mi ciudad. Y no por chauvinista, ni romántica, ni patriota; sino porque yo he regresado aquí hace un año, luego de trece años de vivir en el extranjero, y me he encontrado con una ciudad maravillosa, con una calidad de vida especial.

Eso me decía Juan en el malecón de Barranco mientras respiraba la brisa marina frente a esos coloridos atardeceres de verano: «Esto es calidad de vida. Con este mar y esta vista a la cual cualquiera puede acceder sin costo alguno».

No me gusta escuchar a las personas quejarse de Lima. Me altera más leerlas en Facebook, quejándose de cosas a veces comprensibles y otras veces ridículas. No sé por qué los limeños somos tan mezquinos con nuestras cosas, siempre viendo las cosas negativas, el vaso medio vacío.

Creo que Lima tiene muchas cosas buenas. Cuenta con mucha gente talentosa y creativa, gente que propone cosas con menos miedo del que dirán. Gente que quiere crear e innovar; y también gente que quiere vivir en una sociedad más civilizada y tolerante. No digo que no haya cosas por lograr aún; sin embargo veo muchas buenas semillas alrededor, muy buena energía y actitud.

También debo reconocer que yo suelo tener una visión muy parcializada y particular de las cosas. Quizá sea una de las ventajas y desventajas de vivir tan encerrada en mi mundo, pero me gusta cuando vienen mis amigos talentosos y queridos para ver lo mismo que veo yo.