¿Cómo instalar a un artista en su espacio?

la instalación multimediática del escultor ceramista Carlos Runcie Tanaka

Escribe. Manolo Bonilla / Foto. Marco Garro
Si una instalación es efímera no debe entenderse como un lenguaje ajeno. Es casi como poner la mesa, dice Carlos Runcie Tanaka, el escultor ceramista que empleó la instalación multimediática como soporte de sus creaciones. Las mismas que beben de su ascendencia japonesa, el zen y sus estudios de Filosofía y de sus años como aprendiz de un maestro ceramista en Japón. La fundación Wiese convocó al curador Jorge Villacorta para componer una publicación homenaje que desentraña el quehacer del artista que tarda hasta cuarenta minutos en hacer un cangrejo con origami. Dice que los cangrejos son como una filosofía costera: no pueden vivir lejos de la arena y el mar.

Un artista y un crítico de arte pocas veces se llevan bien. Este no es el caso. Carlos Runcie Tanaka (bigote ralo, lentes menudos) y Jorge Villacorta (anteojos de carey, barba de apóstol) son amigos desde que estaban en el colegio y tenían siete años. Antes, cantaban, estudiaron japonés a los doce años y leían con pasión ficciones. Runcie Tanaka leía haikus y componía canciones muy en la onda de Cat Stevens. Ya tenían interés por la ciencia, la biología, la arquitectura. Villacorta se fue a Londres y Runcie Tanaka, a Japón. Su abuelo materno era un japonés que llegó al Perú en 1924 y se encargó de confeccionar un vivero que ya no existe en el segundo óvalo de la avenida Pardo que era conocido como el Jardín Tanaka. Son amigos y sin embargo, el crítico tuvo que distanciarse y ser riguroso en el libro homenaje a la obra de Runcie Tanaka. Como lo fue durante las inauguraciones de sus exposiciones en los últimos treinta y cinco años.

La labor del artista puede ser entendida sin la del crítico, que no es más que una persona, con referentes, que lee un trabajo y lo acompaña. En este libro dedicado a la memoria de Bernhard Lotterer, ex gerente general de Integra, que fue un empresario comprometido, mecenas, socio estratégico del MALI y promotor del arte en el país ̶ , hay una investigación, un intento por hilvanar procesos al interior del trabajo de Runcie Tanaka. Para ello, el curador que también es el director editorial lo ha dividido en momentos claves que tienen que ver con decisiones y conversaciones personales del artista.

Primero, su interés por el paisaje y la geografía; luego, la cerámica; y más tarde, su mirada (política) sobre el espacio social desde 1997. Por ejemplo, en Tiempo Detenido concibió la metáfora de un ejército antropomorfo, inamovible, que fue expuesta dos meses después del fin de la crisis de los rehenes en la embajada de Japón en Lima, donde Runcie fue también secuestrado. Sus cambios en el quehacer artístico también tienen que ver con los cambios de ánimo que tienen que ver con un corazón que sufre: hace cuatro años, Runcie sufrió una serie de intervenciones quirúrgicas en el corazón. Villacorta toma el pulso, como buen médico, y agrupa obras para responder una pregunta: ¿cómo se inserta el trabajo de un ceramista instalador?


Dos ideas aparentemente contradictorias. Runcie Tanaka es un artista que hace cerámica –entendido como un oficio ancestral– y también diseña instalaciones –entendido como un lenguaje contemporáneo–. Pero él encuentra ridícula esa contradicción. «Es imposible. Porque todo el tiempo estamos ubicándonos en el espacio, tienes que sentarte, que andar en una ciudad, que habitar un espacio. La instalación no es tan distinta», dice en su casa taller invadido por sus creaciones y objetos artísticos (los soldados sin boca de Tiempo Detenido, las esferas recicladas de vidrio, las estelas líticas que parecen dioses paganos de otros tiempos). Es una edificación grande, de doble altura, de jardín interior que parece un espacio de meditación japonés con cactus cultivados para que parezcan una geografía de otro planeta, y un horno de fundición al fondo, donde cocinan la arcilla a temperaturas altísimas.

La otra idea contradictoria es una dualidad enfrentada: ¿artesano o artista? «Un trabajo como el que hago tiene todavía ese espacio de reparo en esa distinción», dice Runcie, a quien no le molesta que digan que él llevó la cerámica a los estándares sofisticados de la escultura. «Es un halago, cuando en una reunión de artistas me presentan como un escultor-ceramista. Abrazo el oficio de ceramista como una necesidad de relacionarme con el Perú». El artista también recorrió, siendo joven, el interior del país participando en talleres y encuentros de ceramistas regionales y maestros artesanos. Hoy, uno de sus asistentes, el que se encarga de vigilar el horno, es Mauro, ceramista de Quinua. Esa es una relación viva con el arte popular. Así se defiende la dualidad: tengo un plato de Carlos Runcie Tanaka y también he asistido a una de sus instalaciones. Sí, es cierto. Sus piezas cerámicas –por ejemplo, una suerte de cofre con forma de huevo rugoso–son tan funcionales que han sido llevadas a la mesa del menú degustación de Astrid&Gastón. «Tenemos que alimentarnos pero esa función también puede ser estética.

No todo ceramista debe hacer texturas como Carlos Runcie. Yo decidí emplear el uso y la función como elementos importantes para comprender un oficio milenario que me hace sentir que cada vez que uno repite una forma y la tiene que renovar y hacerla suya, uno tiene que ser uno más de una tradición que avanza y sigue para adelante». El tazón que pueda elaborar con rasgos orientales, o peruanos, contribuye a una tradición mucho más amplia. Hay gente que piensa que solo es un plato, que tiene que ser solo funcional.


«¿Cómo hago que el espacio sea mío? ¿O que pueda intervenirlo? No es tan distinto que cuando coloco y ocupo una mesa. Cruzo información desde un oficio, como el del ceramista, la repetición, el uso y el ritual de un objeto, que me lleva a encontrar que la mesa puede ser el desierto del Perú para ocuparlo con objetos». En su primera etapa, Runcie Tanaka expuso las fotografías que Javier Silva había hecho de su instalación: paisajes del desierto incrustados con una suerte de monolitos de cerámica, que parecen la escenografía de una película de Ingmar Bergman. La muestra se llevó a la galería Trilce, en otro formato, pero la ventana, la imagen, trasladaba al espectador hacia el paisaje. «Así se puede transgredir ese espacio arquitectónico. Una sensación como la de un cuerpo recorriendo una ola en el mar también puede sentirse en el arte».

Hay algo debajo de la punta del iceberg que vemos en el trabajo de Runcie: sus años estudiando Filosofía en la Universidad Católica. Adivino cierta influencia zen. Además, ese periplo personal en Japón durante dos años a inicios de la década de 1980, cuando fue asistente de grandes maestros japoneses como Tsukimura Masahiko.

No ha expuesto en Japón. Es un espacio al que quisiera llegar. Ha tenido dos viajes importantes durante su periodo formativo fuera del país: Italia y Japón. En Florencia, sí expuso. A los 24 años, con una individual. «Pude regresar y devolver lo aprendido», dice Runcie, que solo estuvo en Nagoya en una pequeño exposición junto a Venancio Shinki y Eduardo Tokeshi en 1999, dos años después de la operación Chavín de Huántar. «Me gustaría llevar una muestra como la de Sumballein (2006), una basada en fragmentos. Es la constante dentro de toda mi labor como ceramista. Esa es mi respuesta al Japón. De ellos, aprendí mi pasión por el fuego, que abrasa y logra darle vida al material, lo transforma. El arte entonces es el acto de sobrevivir a ese fuego. Se conservan las grietas y rasgaduras como un testimonio de la acción del fuego, de esa estética que no puedes controlar una vez que cierras el horno porque el fuego no hace concesiones». Entonces Runcie coge esas piezas rotas, que se quiebran, no las bota, sino que las vuelve a cocinar en el horno. «Mi maestro me exigía romper sus piezas y yo no podía». Hasta que luego de sucesivas cocciones, logra darles nueva vida. Es casi una terquedad por no dejar ir a los objetos. «Es no querer morir, de alguna manera. Yo casi me voy. Tengo un corazón zurcido desde el 2008. Solo espero que lo hayan hecho tan bien como yo sueldo mi cerámica».