Viajar para contarla

coloma

Ayer en Toronto, hoy en Ottawa, la semana pasada en Dubái, la próxima en Montreal. Los aviones los conozco. Los viajes los prefiero largos, así tengo tiempo para relajarme, tomarme unas cervezas y dormir un poco. Ayuda mucho con el jet lag. Los aeropuertos son como mi segundo hogar, en realidad mi tercer hogar.

Me llamo Gonzalo y me conocen como Locoma. En mi otra vida fui ingeniero industrial. Hace doce años me mudé a Canadá con un sueño: volverme artista de circo y viajar por el mundo haciendo mi arte. Después de muchos años de sacrificio, vivir en una sociedad completamente nueva y aprender un nuevo idioma, el francés, pasar por dos escuelas de circo entrenando entre ocho y diez horas al día puedo contarles hoy que he viajado a 41 países.

Durante una etapa formé parte del elenco de una ‘pequeña’ compañía de circo de Canadá, el Cirque du Soleil, y desde hace tres años trabajo únicamente en dos proyectos personales: los espectáculos The Lol Brothers y Les Parfaits Inconnus. En ellos me divierto mucho en el escenario, pero también soy feliz en los aviones, los buses de gira, los hoteles, los teatros, los restaurantes y los huecos.

El primer viaje de la historia y tal vez el culpable de mi adicción a lo desconocido fue a Caracas. Tenía cuatro años, y mis papás decidieron que ya era lo suficientemente grande para subirme a un avión y disfrutar en tierras lejanas. De eso no me acuerdo mucho. Muchos viajes siguieron: al principio Sudamérica fue un descubrimiento para mí; años más tarde manejé por la costa este y oeste de Estados Unidos en repetidas ocasiones, hasta que llegó el gran día de cruzar el charco. El primer destino fue Londres. El viaje duró tres semanas viajando por Inglaterra, Alemania, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Tres semanas que me marcaron para siempre.

No es casualidad que cuando decidí irme a hacer mi máster en circo haya escogido Inglaterra como destino, al que nunca llegué por culpa de un amigo que me dijo que en Montreal la gente malabareaba en los parques al ritmo de tambores africanos. La idea de ver a malabaristas en los parques y a la vez caer en la cuenta de la reputación cultural que la ciudad tenía determinaron que hiciera una escala que ha durado 12 años. Los canadienses viven un invierno muy frío y con mucha nieve, por eso cuando el verano llega –corto y caluroso–, la alegría de la gente hace de la ciudad una fiesta eterna.

Una gran fiesta que incluye el Festival Internacional de Jazz de Montreal, uno de los festivales de jazz más importantes del mundo. Las calles del centro de la ciudad se convierten en teatros callejeros que reciben a grupos de todo tipo de música que tocan conciertos gratis desde el mediodía hasta la medianoche durante diez días. Imposible perderse eso. La Fórmula 1, ese gran circo que se muda por el mundo entero, llega todos los años a Montreal en junio. Ese circo también era un must en mi lista de actividades. Para terminar, el gran torneo Copa Rogers de la ATP se volvió parte de mi vida durante varios años, mientras viví a cinco cuadras de los estadios; esos años tuve la suerte de ver jugar a Agassi, Sampras, Federer u Horna, y, para sorpresa mía, a un chiquito Nadal que le hacía de sparring a un Moya en apogeo.

Una profesión como la mía tiene muchos contrastes. Un día puedes estar actuando en el espectáculo de clausura de unas olimpiadas y al día siguiente en una calle desierta. Un día durmiendo en un lindo hotel y al día siguiente compartiendo cuarto con quince artistas que no conoces. Un día estás con mucho trabajo y tal vez los próximos meses no actúes para nadie. Paso mi vida preguntándome: ¿Hasta cuándo podré hacer esto? ¿Qué haré después? Solo para darme cuenta de que después es hoy y hoy tengo que salir de viaje. Otra vez.