Una vida en el teatro

O qué sucede cuando ves tu vida pasar frente a un escenario

geremias_gamboa

Recuerdo perfectamente la primera vez que entré a un teatro a ver una obra. Tenía 19 años, y como era más pobre que una rata había imaginado que jamás podría entrar a uno, al menos no en el corto o mediano plazo. Si lo hice fue porque una amiga de la universidad de aquellos años –Alexandra– había llevado el taller de actores de Roberto Ángeles a la par de nuestras clases, y terminó seleccionada para actuar en ¿QUIERES ESTAR CONMIGO?, una obra que el mismo Ángeles escribió junto con Augusto Cabada y que estrenó en 1988 con tal éxito, que ahora –digo, en esa temporada de 1994– volvía a montar en el teatro Británico. Yo le caía lo suficientemente bien a Alexandra como para que un día me invitara. Me contó que tendría que ir a la boletería del teatro y dar mi nombre, y eso era todo. Le dije que encantado. El teatro era para mí un amor completamente idealizado. De niño había ganado un concurso de actuación en mi colegio y había escrito un par de dramitas adolescentes, pero jamás había visto una obra real en mi vida. Mi experiencia se circunscribía a ver por televisión los programas de teatro de Pepe Vilar antes de que me venciera el sueño.

No recordaría ni escribiría nada de esto si no fuera porque hace poco fui a un nuevo estreno de esta obra de Ángeles, esta vez dirigida con gran sentido de la oportunidad por Sergio Llusera en el Museo de Arte de Lima. Ver la misma obra una vez más, veinte años después de aquella primera vez, me hizo entender muchas situaciones, entre ellas por qué estamos ante un auténtico clásico del teatro peruano que triunfa en cada una de sus reposiciones. Sucede que más allá de las circunstancias de la generación de la que se ocupa –la de los nacidos en los sesenta, crecidos en el colegio durante la dictadura de Velasco y lanzados al mundo académico y profesional en los ochenta de la precariedad, de la inflación y del terrorismo– no deja de abordar asuntos comunes a todas las generaciones: la ruptura de las esperanzas adolescentes, el desencuentro entre las expectativas juveniles y el saldo final que arroja la adultez, el tránsito de la transparencia de los primeros amores al barro de la pasión adulta, de la utopía al desencanto.

Pero había algo más vertiginoso en esa función de estreno en el Mali, algo así como el efecto de una estructura en abismo. Porque mientras los personajes de la obra crecían de escena en escena, se hacían hombres y mujeres y se oponían o transaban o se adaptaban a los cambios del país, a mí me era posible verme revisar mi vida desde el momento en que tuve 19 años, y me senté en esa butaca de ese teatro miraflorino lleno de sueños, esperanzas y la misma ansiedad de los personajes de la obra de Ángeles. ¿Qué había pasado en estos veinte años? En ciertos parlamentos –sobre todo los que le tocaban a Igor, el aspirante a escritor que aquella vez interpretó Carlos Carlín, y esta vez Óscar Meza– reconocía mi risa de veinte años atrás y también mis anhelos, y me pareció que en el momento final, cuando los chicos reproducen el baile de promoción, podía verme mirando el escenario aún de adolescente y reconocer a mi amiga Alexandra tras la sombra de la actriz Vera Castaño, todavía inmóvil ante un teatro lleno que aplaudía a rabiar.

Pasó mucho tiempo desde aquella noche iniciática, y todos crecimos. Con los años, tras acabar la universidad, empezaría a ver teatro: primero como bisoño periodista cultural, luego como simple espectador y después como escritor encargado de una página de reseñas teatrales. Para entonces ya era muy amigo de un dramaturgo y director de teatro, de modo que seguí muy de cerca el movimiento de un circuito que se expandía y diversificaba, que ofrecía obras espléndidas con las que me sentí conmovido y también perturbado, y que me convencieron de que no me equivoqué cuando de niño creí que el teatro era mi primer amor. Debo confesar, sin embargo, que difícilmente alguna experiencia ha alcanzado el nivel de encanto que tuvo para mí aquella función casi mágica de 1994.

A veces la vida es tan increíble como una comedia. Recuerdo que aquella noche lejana tuve que vencer mi propia timidez para entrar al camerino a saludar a mi amiga sin sospechar siquiera que una de las actrices que la habían acompañado en escena sería mi pareja y la persona con la que más teatro vería en toda mi vida; una chiquilla en su primer papel que por entonces soñaba con ser actriz, y que luego escribiría obras y también las dirigiría, y que después de esa temporada cultivaría una amistad de roble con Alexandra, y que aun ahora me hace llevar encargos para ella y para su hijo las veces que he viajado a Barcelona, donde ambos viven. Después de casi veinte años puedo decir que el teatro nos ha unido finalmente a todos.