Una rompecabezas bajo la lluvia

Cosas que aprendes jugando en un mercado de pulgas.

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Desperté un sábado en la mañana en Sao Paulo. El plan era salir a buscar botones y vinilos a un mercado de pulgas cerca de Villa Magdalena. Llegué un poco tarde por el tráfico propio de la ciudad, pero con tiempo suficiente para ver todo lo que ofrecían: muebles antiguos, botones, vinilos, artesanía, serigrafías, máscaras y cuanta manualidad uno pueda imaginar. Pensé que el día no sería suficiente para alcanzar a ver todo, y curioseé las cosas detenidamente, puesto por puesto. Unas nubes negras anunciaban una fuerte tormenta tropical, pero no pensé que llegaría tan pronto ni que sería tan fuerte. Al parecer los vendedores del mercado estaban habituados a la lluvia, y sin ningún esfuerzo cubrieron sus puestitos con unos plásticos para seguir vendiendo como si nada.

Yo no tenía paraguas. En cambio toda la gente a mi alrededor tenía uno o una capucha impermeable que le permitía hacer sus compras sin problemas. Entonces decidí saltar de toldo en toldo para no mojarme demasiado, pero fue inútil. La lluvia se hizo más y más fuerte y no me quedó mayor remedio que correr hasta el puesto con el toldo más grande. Estaba empapada, comenzaba a tener frío y a pensar que había sido una pésima idea entregarme a la lluvia para seguir curioseando chucherías. Pero ya no tenía mayor remedio: tuve que esperar allí hasta que aquel diluvio se detuviera.

De pronto escuché una voz en portugués que me decía algo que no entendí. Cuando volteé, vi a un señor de unos setenta años que tenía un aparato de metal en las manos, y me invitaba a mirar sus cosas. Como no tenía nada mejor que hacer en ese momento accedí a su invitación y me acerqué a su puesto para tomar con las manos el objeto de metal que me ofrecía. Cuando lo tomé, me di cuenta de que se trataba de algo complicado. El señor –que ya había notado que yo no hablaba portugués– me dice en inglés masticado: «Es un rompecabezas de metal. Esas dos piezas están aparentemente enredadas, pero hay una forma de desencadenarlas, y tú la tienes que descubrir».

El señor no sabía en lo que me acababa de meter. Soy bastante obsesiva con las cosas en general, y me obsesionan aún más las que no tienen solución. Así que en medio de la tormenta, con el señor a mi lado, me puse a pelear con aquel rompecabezas de metal. Probé una forma, luego de otra y de otra. Intenté abrir las piezas de metal a la fuerza con las manos y luego con los dientes. Lo intentaba una y otra vez sin éxito hasta que, después de veinte minutos, comencé a desesperarme cuando vi que un miniobjeto de metal me estaba derrotando.

A mi lado, el dueño de aquella tienda me miraba con una sonrisa de oreja a oreja. «Estás probando todas las formas racionales. Hay una forma de resolverlo por instinto», me decía. «Si no piensas tanto, si buscas la solución natural y solo te entregas, puede que lo resuelvas más rápido. La solución es mucho más pacífica de lo que crees». Durante unos segundos pensé que me estaba tomando el pelo. Si no fuera por la tormenta, tal vez le habría tirado por la cabeza su rompecabezas, pero, ante la incesante tormenta, decidí dar una oportunidad a su consejo.

Le pedí prestada su banquita y me senté. Respiré profundamente y comencé a mover las piezas por instinto, intentando que el problema se resuelva por sí mismo, dejando que los metales se desenreden solos: después de todo estaban hechos para complicarse pero también para resolverse. Ahí estaba yo con los ojos cerrados moviendo las piezas en un modo más delicado cuando escuché al dueño decir: «You did it». Abrí los ojos y noté que tenía una pieza en cada mano. Entonces una reconfortante sensación de paz me invadió de pronto. Lo que me había sucedido bajo esa tormenta, en el mercado de pulgas, con el rompecabezas de metal de aquel pacífico señor, era una importante lección de vida. Así, de regreso al hotel, me entregué a la lluvia. Y aunque me empapaba, comencé a disfrutarla.