Un pequeño deseo de Año Nuevo

Por la C.A.C.A. [Conducta Adecuada Ciudad Aseada] de Barranco

columna_pamela148

Unos días antes de la noche de Año Nuevo saldré de casa a buscar materiales para realizar cuanto ritual de buena suerte se me pueda ocurrir. Espero tener una lista larga que me acompañe primero a la avenida Larco en busca de mi calzón amarillo. Si encuentro unas medias y un sostén también los compraré con la esperanza de potenciar mi suerte. Hace poco una amiga mística me dijo que compre doce velas blancas, que las coloque en fila india y que a cada una le pida mis deseos para el 2014 cuando den las doce. Me dijo también que si salpico agua de rosas en el ambiente me irá mejor, y que si consigo pétalos de rosas blancas para adornar la mesa, mi suerte será infalible. Así que iré en busca de todo el kit para ver si así doy con un golpe de suerte exponencial.

Por supuesto luego iré a la Bioferia en busca de las uvas para agregar otra cábala a mi lista. Pero no vayan a creer que voy a pedir muchos deseos y que por eso estoy armándome de una gran artillería contra la mala fortuna. No, solo quiero intentar reunir toda la fuerza mística y cósmica de los rituales de Año Nuevo para que se cumpla un gran sueño en este 2014. Un sueño que no solo favorecerá mi propia vida y la de mi familia, sino también la de todos los vecinos de Barranco: que desaparezca la caca de perro de los jardines, veredas y pistas.

El otro día paseaba por el malecón cuando vi a una prima de lo más enérgica tomando sus clases de boxeo en el jardín. La observaba a lo lejos cuando el entrenador le pidió que se eche en el pasto para hacer estiramientos. Hubieran visto cómo se levantó de allí. No pudo ni siquiera saludarme con el beso y el abrazo de siempre. Parecía que la había revolcado un tsunami de guano; el hedor que emanaba su ropa podía olerse a varias cuadras de distancia. Hace poco vi a una amiga que jugaba con su hijo, también por los parques del malecón. La vi desde lejos, y mientras me acercaba noté algo extraño. Ella estaba agachada limpiando con mucha fuerza las manos y la boca al niño. Pensé que exageraba un poco al limpiarlo de esa manera tan tosca, pero cuando me acerqué a saludarla me di cuenta de que no era tierra o chocolate lo que limpiaba con desesperación: era la famosa caca de perro del malecón.

Yo también fui víctima de las cacas barranquinas. No, perdón, no fui yo la víctima, sino mi hija hace cuatro años cuando pasamos una temporada larga en Lima y el parque también estaba sucio. Ella, que en ese entonces tenía solo un año, aprendió a caminar en los jardines del malecón durante tres meses de visitas diarias al parque, que terminaron en una hospitalización muy grave por una infección de amebas, que a la vez estaba acompañada de otros dos parásitos y bacterias de nombres difíciles de recordar. Cuando la doctora revisó los exámenes de mi bebe, me preguntó si vivíamos rodeada de perros o gatos, y le dije que no. Me dijo que no podía ser posible, que un cóctel de parásitos y bacterias de ese calibre solo podía darse en un ambiente plagado de heces animales. De pronto recordé el sucio malecón barranquino y entonces todo tuvo sentido.

Por eso ahora, que he regresado a Lima y tengo ganas de disfrutar con mi familia y vecinos del hermoso malecón, no me queda más que recurrir a los rituales de buena suerte –la ropa interior amarilla, las velas blancas, los pétalos, el spray de agua de rosas– para rogar que algo cambie en la municipalidad, donde al parecer el urbanismo no es el fuerte de sus políticas. Al escuchar las campanadas y mientras me atragante con las doce uvas, repetiré mi deseo más fuerte para el 2014: «Que desaparezca la caca de Barranco». No pediré que alguien la limpie, porque está claro que nadie lo va a hacer.